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Atentado atocha 2La sentencia final relacionada con los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, España, y que causaron 191 muertos y más de 1.800 heridos y mutilados, puso de relieve la extrema maldad de un grupo terrorista y fundamentalista, pero sobre todo algo mucho más importante: el recuerdo de las víctimas inocentes.

Lo más triste de ciertas acciones humanas es el daño que producen a los que ninguna culpa tienen. Muchas de esas acciones suelen basarse en ideologías que ignoran por completo al ser humano. En ocasiones puede esgrimirse la razón de Estado, en otras la Yihad, etc; los argumentos pueden ser variados y todo parece que se puede justificar. Pero al final siempre paga el más inocente, hecho que a menudo se califica triste y eufemísticamente como un simple “daño colateral”.

Pero asesinar, por ejemplo, “en el nombre de Dios”, no es muy diferente de hacerlo en el nombre de otros conceptos excelsos, como “la patria”, “la libertad” o incluso “la democracia”. El asesinato o el terrorismo, se use el ideal que se use como pretexto, es siempre execrable y un vil atentado contra la dignidad humana.

La víctima inocente y todo su dolor es siempre la misma esté donde esté; no importa que se encuentre en las Torres Gemelas, en Afganistán, en Irak, en los bombardeos de Londres y Dresde durante la II Guerra Mundial, en Hiroshima o en un tren de cercanías. La acción contra ella es siempre inicua y de hecho un pecado abyecto contra la humanidad que no se debería politizar. La víctima inocente es la víctima inocente siempre, aquí y en Pekín, y su memoria susceptible de todos los respetos, algo que a menudo se suele olvidar. Como lo expresó José Antonio Ortega Lara (1958), funcionario de prisiones español retirado que permaneció secuestrado por la organización terrorista ETA durante 532 días entre 1996 y 1997:

Durante muchos años las víctimas del terrorismo han estado bien tratadas, pero ahora estamos asistiendo a un panorama totalmente distinto. Incluso hay quienes dicen que son los culpables de que no haya paz… Lo que sí es cierto es que queremos una paz basada en la justicia para que esa paz sea verdadera y duradera”.

No recuerdo que se publicaran en España demasiadas imágenes de aquella barbarie. Pero sí recuerdo algunas fotografías publicadas por la revista Paris Match. Eran sobrecogedoras. Recuerdo la imagen de varios cadáveres dentro de uno de los vagones. Por ejemplo el de una mujer todavía joven y elegantemente vestida. Yacía inerte, con sus ojos abiertos, pero sin vida. El collar de perlas de su garganta no hacía más que resaltar todavía más su propia dignidad. Aquella mañana se habría levantado y arreglado como siempre para afrontar un nuevo día, pero el destino quiso que todo fuera diferente. Cómo me impresionó verla así. Allí se truncó su vida, su preciosa existencia, todo un universo singular, como es el caso de toda víctima inocente esté donde esté. Y es que, como siempre, detrás de los fríos números hay personas, vidas, seres únicos, nombres y apellidos concretos, quebrados ahora por la más ciega de las barbaries.

Es inevitable que una vez más surja aquí el espíritu sensible de Walter Benjamin. A él le tocó vivir también malos tiempos y ver todo el horrible sufrimiento propiciado por un régimen como el nazi. Al final no lo soportó. Y es que aquello era demasiada barbarie junta y demasiada humanidad inocente humillada. La historia añadía una vez más el clamor de las víctimas de la violencia. Pero él nunca pudo asimilar que aquello tuviera que ser para siempre, que la memoria de los que ya no están se tuviera que desvanecer en la niebla del olvido y sin ninguna redención posible.

Su pensamiento se quedó en el límite. Él era filósofo y la razón solo le permitía afirmar que eso era todo lo que había; pero su intuición le traicionaba; siempre le costó no reconocer que no pudiera haber una redención mesiánica (él era de origen judío), un poner las cosas en su sitio para las víctimas inocentes de la historia.

Pero cruzando la línea, se siente un impulso desde lo más profundo del corazón: Señor, por favor, no te olvides de ninguna de ellas. 

Esteban López

Véase Walter Benjamin, la memoria de las víctimas

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