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partidismoSuele ser muy extraño que en la rivalidad política, un partido determinado reconozca algo positivo en la acción o ideología de otro partido diferente, sobre todo porque siempre está en juego el objetivo exclusivo de los partidos políticos: obtener el poder.

Por eso es posible que pueda llegar a sentirse un profundo hastío cuando se observa el triste espectáculo de la rivalidad política. Nada de lo que haga el contrincante político está bien. Son los adversarios, los enemigos abyectos por método. Solo es el partido al que se pertenece, sus ideales y quienes pertenecen a él los que merecen todo el respeto. Todo lo demás debe descartarse solo porque “no son de los nuestros”.

Algo parecido ocurre con muchos medios de comunicación. El código deontológico del periodismo es sobre todo el respeto a la verdad. Sin embargo, es difícil encontrar algún periódico, emisora de radio o televisión que solo se limite a informar. Muchos de ellos suelen mostrar tanto sectarismo como las ideologías que representan. Por eso tantas personas se niegan a dejarse arrastrar por ninguno de ellos, haciendo un esfuerzo ingente en recabar información que sea algo confiable.

Esa rivalidad y enfrentamiento puede observarse también en el mundo del deporte. Lo que debería ser solo un espectáculo sano para entretener, se convierte a veces en un verdadero campo de batalla donde no se ve solo al equipo contrario, sino a un adversario y enemigo al que hay que vencer y si es necesario humillar y “machacar“. Y lo más triste es cuando el deporte se politiza, cuando se trasladan rivalidades y odios políticos al campo deportivo. El espectáculo entonces es absolutamente deprimente.

Ponderar antes de emitir un juicio

La sabiduría no se logra en un abrir y cerrar de ojos. Se adquiere por la experiencia, por la constante reflexión. Saber ponderar para obtener así un cuadro amplio de lo que esté en juego. Ese es el verdadero desafío para todos nosotros. No vale aquello de “mi patria, tenga razón o no“, sino desarrollar la habilidad o la sensibilidad necesarias como para identificar el bien o el mal allí donde estén. Por ejemplo, no se puede poner el grito en el cielo, y con razón, por el abuso militar y matanza de personas inocentes en Gaza, y por otro lado mostrar fría indiferencia por el asesinato de cristianos y otras minorías religiosas en Irák. El mal es el mal allí donde esté y el sufrimiento humano es exactamente el mismo. Ninguna ideología, ninguna institución o estamento está por encima del ser humano y de su dignidad intrínseca. La tribu, la nación, las instituciones o ideologías políticas o religiosas nunca deben ser lo más importante si es el ser humano el que sufre.

De modo que es posible pensar por uno mismo y mantener una posición neutral con respecto a todo aspecto ideológico, solo si hay esfuerzo sincero de nuestra parte y procurando mantener el sentido común y el amor por la verdad. Y aquí el uso de las etiquetas fáciles sobra. No se es simplemente “de izquierdas”  porque alguien se oponga al maltrato animal; no se es tampoco “feminista” porque alguien esté a favor de que la mujer adquiera derechos que le corresponden; ni se es simplemente “católico” porque alguien se oponga en conciencia al aborto. Eso pertenece más bien a etiquetas simplistas, a una lucha histórica de rivalidades absurdas, en definitiva a ideologías divisorias que lo único que hacen es dividir más a la humanidad. Lo que debería primar en nuestro caso es el uso de nuestras facultades mentales para discernir con claridad y sin prejuicio lo que es bueno y lo que no lo es esté donde esté. Difícil es, es verdad, porque el lastre es grande, pero no tiene por qué ser imposible.

Partidismo excluyente en el campo de la religión

Pero es más difícil de comprender todavía que ese partidismo excluyente se produzca entre personas en el campo de la religión. Se supone que todos adoran a Dios pero parece que les resulta más difícil tratarse unos a otros con el debido respeto. Por ejemplo, judíos, cristianos y musulmanes adoran a un solo Dios; son las llamadas “religiones monoteístas”. Sin embargo, es bien sabido cuántos conflictos ha habido entre ellas.

En el cristianismo el problema sin duda es la división. Los cristianos conviven en sus propias iglesias con sus compañeros de fe. Pero suele ser muy raro que tengan algún trato con cristianos de otras denominaciones, permaneciendo todos en sus respectivos ‘compartimentos estancos’. Es verdad que ya no hay guerras de religión como antaño, pero sí suele encontrarse a menudo agrias críticas de unos contra otros. El Diccionario de la Real Academia de la lengua Española dice que la palabra exclusivismo es “Obstinada adhesión a una persona, una cosa o una idea, sin prestar atención a las demás que deben ser tenidas en cuenta“. Y es ese mismo exclusivismo el que hace imposible para los dirigentes de muchas instituciones religiosas el acercamiento ecuménico en un verdadero espíritu conciliador.

Pero el problema se agrava mucho más cuando se mezcla la religión y la política. Porque aunque el sentido común y el Evangelio sugieren que debería haber una estricta separación entre el cristianismo y la política, la realidad a menudo es muy otra. Solo es necesario echar un vistazo a la historia para percibir cuán nefasto ha sido eso, llegando a ser la causa de gran sufrimiento para la humanidad. Y hoy día no se entiende tampoco que ciertas iglesias coloquen banderas nacionales o independentistas en sus campanarios, que bendigan a ejércitos antes de que salgan a matar a otros, o que ciertos clérigos hagan declaraciones políticas. Sin embargo, Jesús de Nazaret dijo “Mi reino no es parte de este mundo“;  también “dad al César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios“, que la ciudadanía del cristiano pertenece “a un lugar mejor” en sentido espiritual, y que su objetivo primordial es la hermandad y salvación de todos. Su oferta de sentido correspondía a un reino espiritual que habría de hacer hermanos a los hombres, no enfrentarlos agriamente.

Y por otro lado, encontramos a aquellos que por método, no se limitan a hacer crítica constructiva de la religión, sino que usan el lenguaje del odio y del desprecio hacia todo lo que tiene que ver con el hecho religioso. Sin embargo, despotricar o despreciar a una religión determinada sin reconocer nada positivo en ella, es tan falto de perspicacia como afirmar que todo el género humano es pernicioso y que nada de positivo hay en él. Es posible que haya aspectos mejorables en todas las religiones o que necesiten alguna reforma, pero muy a menudo se olvida que la mayoría de las religiones también inculcan buenos principios y que dentro de cada una de ellas hay buenas personas que se esfuerzan por llevar vidas limpias y rectas.

El mantener firmes convicciones no tiene por qué estar reñido con la tolerancia y el respeto sincero por las creencias de otros. Un verdadero sentido de empatía y amor por todo el género humano nos hace más “ciudadanos del mundo“, entendiendo que todos tenemos las mismas necesidades humanas y afectivas, y que todos somos en realidad ciudadanos del mismo hogar terrestre donde vivimos.

Esteban López