Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”. (Hebreos 10:24, 25, Versión Reina-Valera).

La libertad cristiana no ofrece ninguna excusa para mostrar apatía hacia otros, y vivir simplemente para uno mismo. El amor atrae a la gente entre sí. Como miembros del cuerpo de Cristo, somos “miembros que pertenecemos individualmente unos a otros” (Romanos 12:5). Entonces ¿puede decirse que este énfasis en reunirse en el texto citado pone límites a nuestra libertad cristiana, inhibe nuestra expresión de ella, o nos sujeta otra vez a la ley, a reglas? Al contrario, da mayor significado, mayor valor a nuestra libertad.

No hay nada relacionado con la rigidez o el formalismo de las obras de ley en nuestro interés personal en los demás, en mostrar afecto por ellos y por su crecimiento espiritual, en nuestro deseo de estar con ellos en reunión fraternal. Ni en la exhortación de Hebreos 10:24, 25 ni en ninguna otra parte de las Escrituras tenemos un conjunto declarado de reglas que rijan estas reuniones de compañeros creyentes (El Expositor’s New Testament (Tomo IV, página 347), al discutir Hebreos 10:25, comenta sobre el uso que hace el escritor del término más bien largo episynagoge eauton (reuniéndose juntos por sí mismos) en lugar del más simple synagoge (asamblea, congregación), diciendo que synagoge “podría haber sugerido el edificio y las reuniones formalistas, mientras que episynagoge eauton denota meramente el reunirse de los cristianos). Algunos emplean este texto como una forma de “garrote” espiritual para forzar la asistencia estricta a reuniones celebradas rutinariamente en momentos específicos, aunque el hacer eso exige que se vaya más allá de lo que contiene la exhortación. La palabra griega que se vierte “abandonar”, “dejar de” (o en términos similares), denota deserción o abandono, algo mucho más serio que una mera irregularidad o falta de frecuencia ocasional (Compare el uso que se hace de ella en Mateo 27:46 y 2 Corintios 4:9). Tampoco hay nada que muestre que los apóstoles de Jesús presentasen jamás la asistencia a esas reuniones como de mayor mérito como “adoración” que otras expresiones de amor y de fe hechas en una vida cotidiana cristiana. No encontramos esta idea en ninguno de los escritos apostólicos. Como lo expresa una obra antes citada, los cristianos aprendieron, o fueron estimulados a aprender, que:

“. . . la adoración envuelve toda la vida de uno, toda palabra y acción, y no conoce lugar o momento especial. . . . Puesto que todos los lugares y momentos se han convertido ahora en una ocasión para la adoración, Pablo no puede hablar de la asamblea cristiana en la iglesia [ekklesia] de modo distintivo para este fin. Ya están adorando a Dios, de modo aceptable o inaceptable, en cualquier cosa que estén haciendo (Paul’s Idea of Community, página 92).

Al considerar la evidencia bíblica de la comunidad cristiana primitiva, el hecho notable es que no encontramos ningún patrón para saber cómo deben ser las reuniones cristianas. Inicialmente, después del Pentecostés, los apóstoles y otros se reunían diariamente en el templo para discusión y exhortación (Hechos 2:46; 5:42). No es realista asumir que la mayoría sería capaz de hacer eso después de ese período inicial, ni hay ninguna indicación de que lo hiciera. Su compartir comidas con sus hermanos en varios hogares se lista junto con sus reuniones en el templo, y, puesto que las comidas eran a menudo la ocasión para que Cristo proveyese informalmente beneficio espiritual, parece que esto era cierto también en este caso.

En Éfeso, Pablo se reunió durante los primeros tres meses en la sinagoga, por lo tanto de modo semanal cada sábado (Hechos 19:1, 8. La evidencia señala a una asistencia similar a la sinagoga por parte de muchos cristianos inicialmente, continuando esa asistencia evidentemente hasta que la oposición la hizo desfavorable. (Hechos 18:24-26; compare con Juan 16:1, 2). Cuando dejó de ir a la sinagoga, mantuvo discusiones “cada día en la escuela de uno llamado Tiranno”, haciendo esto por un período de dos años (Hechos 19:8-10, Versión Reina-Valera) No es lógico asumir que aquellos que se reunían con él eran las mismas personas cada día, pues pocas personas podrían estar libres para pasar tiempo de este modo por un período de dos años. Sabemos que Pablo estaba allí un día tras otro; no sabemos definitivamente de nadie más que estuviese allí. Tampoco hay nada que indique que después de eso en Éfeso—o en alguna otra parte—los cristianos se reuniesen con idéntica frecuencia. En muchas ciudades del imperio romano la población esclava era muy grande, llegando a un tercio de la población de las mayores ciudades, como Roma, Éfeso, Antioquía y Corinto (The International Standard Bible Encyclopedia, Tomo V, página 544). Aunque muchos de éstos no eran meros peones, sino que tenían cargos a veces de gran responsabilidad, todavía es inverosímil que la mayoría de los esclavos fuesen libres de asistir a las reuniones a voluntad.

Aparte de estos relatos en el libro de Hechos, las Escrituras Cristianas, aunque están repletas de todo tipo de exhortaciones, simplemente no contienen nada que esboce o recomiende ningún programa específico para las reuniones cristianas, como tiempo, frecuencia o  formato. La exhortación de reunirse está ahí, siendo el amor entre compañeros la fuerza motivadora. Se afirma que el objetivo y propósito esencial es incitarse mutuamente al amor y a las obras excelentes; pero la forma y manera de hacerlo se dejan abiertas.

Este rasgo de las reuniones informales entre cristianos primitivos permitía que las personas se expresasen ellas mismas, que fuesen ellas mismas, que hablasen desde su propia mente y corazón, no que simplemente repitiesen material suministrado, participando en una sesión de preguntas y respuestas catequista, preconcebida, estrechamente controlada. Las personas llegarían a conocerse genuinamente unas a otras, a saber en realidad cómo sentían y cómo veían los asuntos los demás, no se limitarían a solamente oírles hacer declaraciones que en realidad eran representativas del pensamiento y de la opinión de otra persona más bien que del propio individuo.

En ausencia de control estrecho por una estructura de autoridad, ¿qué impide que estas reuniones degeneren en debates sobre puntos de vista discrepantes? Incluso durante el tiempo de los apóstoles, que tenían una autoridad especial divinamente asignada, no hay nada que indique que ellos o cualquier otro, individual o colectivamente, ejerciese un control rígido sobre las reuniones y las discusiones de cristianos. Quizás la más extensa, casi la única discusión sobre las reuniones, es la que se encuentra en Primera a los Corintios capítulo catorce. Y ahí, el único énfasis se coloca en el orden básico y considerado, y en intentar transmitir conocimiento.

En otras partes, por supuesto, hay exhortaciones contra el debatir, el habla antagónica, las discusiones inútilmente complicadas y prácticas negativas similares (Gálatas 1:13-15; 1 Timoteo 1:3-7; 6:4, 5; 2 Timoteo 2:14-16; Tito 3:9). Pero, más bien que ejercer algún tipo de fuerza coercitiva sobre los creyentes, los medios para combatir estas malas prácticas eran primordialmente persuasivos, enfatizando y animando las cualidades positivas.

Esta libertad, pues, representó tanto una oportunidad como una prueba. Exigió de todos los que la compartían, a demostrar que de hecho estaban reunidos juntos para edificarse mutuamente y para animarse al amor y a las obras excelentes—no meramente para hacer una exhibición de conocimiento personal, o para promover y debatir teorías personales. En lugar de eso, debían mostrar consideración por los demás, ejerciendo autocontrol para el bien de todos, manifestando humildad, deferencia, paciencia, entendimiento, empatía, compasión e interés sincero por reflejar la jefatura del Hijo de Dios (Romanos 12:3, 9, 10, 16; Colosenses 3:7, 12-17; 2 Timoteo 2:23-26; Tito 1:9, 13; Santiago 3:13-17; 1 Pedro 4:8-11; 5:2-5). Estos son los remedios auténticos contra la confusión o las disputas, y son la fuente apropiada de paz y armonía. Son el producto del Espíritu santo de Dios, y era ese Espíritu el que serviría de factor controlador, preservando el orden y asegurando la atmósfera sana y la calidad de las reuniones (Efesios 4:3; Gálatas 5:13-21). En tanto que las personas manifestasen un espíritu de respeto profundo a la jefatura de Cristo, considerándolo como que estaba “entre ellos”, los asuntos no se escaparían de las manos ni degenerarían en habla inútil, insana, contenciosa, incluso cuando su número visible fuese aparentemente tan insignificante como de dos o tres (Mateo 18:20). Lo mismo es cierto de nuestro tiempo.

Las divisiones surgen cuando las personas intentan transformar en definido, explícito y conclusivo lo que las Escrituras mismas dejan indefinido o sujeto a más de un posible entendimiento. Surgen cuando las personas hacen grandes controversias de lo que—cuando se considera el cuadro completo—no son más que puntos menores; cuando hacen reglas de lo que es un simple consejo o la afirmación general de un principio. También pueden surgir cuando las personas dejan de reconocer que, aunque tienen una relación personal con Dios y Cristo, también la tienen todos sus otros hermanos y hermanas, y que nadie tiene ninguna “línea de comunicación” especial con Dios y su Hijo que no esté disponible a todo otro miembro del cuerpo. Esto nos puede proteger contra el pensar que tenemos alguna perspicacia única o relación íntima especial que nos separa de los demás, que nos hace un “conducto” divino para ellos.

Cuando Pablo escribió a los Corintios urgiéndoles a estar “unidos en la misma mente y en la misma forma de pensar”, el contexto muestra que estaba apelando, no a una uniformidad total de entendimiento de todos y cada uno de los puntos de las Escrituras, sino más bien a apartar a un lado las actitudes divisoras que los estaban separando en facciones, de modo que pudieran ser de disposición y perspectiva unificadas (1 Corintios 1:10-17. De la palabra “mente” (en griego nous) que emplea Pablo, la obra Theological Dictionary of the New Testament (Edición abreviada), página 637, afirma: “Significa en primer lugar ‘mente’ o ‘disposición’ en el sentido de orientación interna o actitud moral”. Compare también con Romanos 15:5, 6).

La prueba de la verdadera unidad no es la uniformidad de creencia en todos los aspectos. Las cartas de Pablo muestran casi sin excepción que entre los cristianos en los diferentes lugares a donde él escribió, había quienes veían algunas cuestiones de modo diferente a otros. La unidad cristiana se prueba a sí misma auténtica cuando existen diferencias de opinión y, no obstante, las personas que mantienen esas diferencias evitan ser divididas por ellas. Y hacen esto porque reconocen que, aunque difieren en el entendimiento de ciertos puntos, son miembros de una familia espiritual que comparte una fe común basada en enseñanzas fundamentales claramente expuestas, contenidas en las buenas nuevas (Romanos 14:1-6, 13-22). No la uniformidad, y ciertamente tampoco una uniformidad impuesta humanamente, sino el amor es “el vínculo perfecto de unión” (Colosenses 3:14).

Esto también crea el clima favorable en el cual pueden crecer y profundizarse el conocimiento y el entendimiento. Las diferencias de opiniones, más bien que dividir, pueden motivar a las personas a hacer mayores esfuerzos por entenderse—tanto en lo que respecta a la opinión misma, como a la persona que la mantiene. Las diferencias pueden despertarnos a estudio y meditación aumentados, de modo que tratemos con cualquier problema que puedan presentar estas opiniones, y nos pueden impeler a hacer esfuerzos para encontrar una solución para ellas en el amor. De este modo pueden terminar por hacer evidente cuán genuino es el cristianismo de cada uno, incluso como lo indica el apóstol en 1 Corintios 11:19.

De este modo, la libertad cristiana representa un desafío para nosotros en nuestra asociación con los demás, pues nos exige demostrar que verdaderamente tenemos “la mente de Cristo” (1 Corintios 2:16; 1 Timoteo 6:3-5; Tito 3:2-7). Si nos ‘adherimos firmemente a él como nuestra cabeza’ en todas las cosas y en todos los momentos, nunca dejaremos de probar que nosotros mismos somos “miembros que pertenecemos individualmente unos a otros” armoniosamente dentro de su cuerpo de seguidores (Efesios 4:15, 16; Colosenses 2:17-19; Romanos 12:5).

– Raymond Franz, A la búsqueda de la libertad cristiana.