Etiquetas

, , , , , ,

Eugen Drewermann, nació en 1940 en Bergkamen (Alemania). Hasta 1991 fue catedrático de Teología sistemática en la Facultad de Filosofía y Teología de Paderborn. Es también un conocido activista pacifista.

En 1991, tras la publicación y el enorme éxito de su libro Clérigos (Trotta, 2005), es expulsado de su cátedra y posteriormente se le impide ejercer el ministerio sacerdotal. Este libro, calificado de «libro bomba» por Le Monde, es una amplia y profunda crítica de la institución de la «Iglesia» desde el punto de vista psicoanalítico. El autor analiza la dialéctica existente entre las rígidas estructuras de una Iglesia autoritaria, de una fe administrada desde arriba, y las estructuras psíquicas de ese grupo de personas, que por autodefinición pretende representar de modo especial a la «Iglesia de Cristo», es decir, los clérigos, los religiosos y religiosas, los mismos administradores de la fe que el autor también llama «funcionarios». Drewermann no busca la polémica, la acusación: su intención es demostrar y desvelar las interrelaciones, los trasfondos y las motivaciones que determinan una realidad oculta tras la fachada. Su diagnóstico es demoledor: la Iglesia aparece como un sistema patógeno que requiere y genera estructuras neuróticas en los individuos, modificando el verdadero mensaje cristiano, humanitario y liberador.

Pero el autor no se dirige solamente a los clérigos: el libro es un extraordinario análisis de la misma existencia humana, es decir, de la psicología de los hombres dentro del actual sistema político y social. Así cada lector, creyente o no creyente, puede descubrir en él fragmentos de su propia historia y, desde las perspectivas que ofrece, encontrar la posibilidad de emprender un camino nuevo, «pensar, hablar, sentir y actuar en libertad e independencia», encontrar o recuperar su propia dignidad humana.

Estas son algunas porciones escogidas de su libro Dios Inmediato (Trotta, 1997). Algunas de sus posiciones teológicas son sin duda controvertidas, y podrán ser compartidas o no. Yo mismo no comparto algunas de ellas; sin embargo, se anima al lector a que fije atentamente su atención en todo lo que Drewermann dice sobre el autoritarismo como impulsor del miedo, por si reconociera algo de ese espíritu en su propia religión.

“Quien actúa como Jesús terminará como él… Cuando me di cuenta de que la sentencia de mi condena estaba dictada de antemano, abandoné todo sentimiento de responsabilidad y de culpabilidad hacia los obispos. Me sentí aliviado al caer en la cuenta de que solo tenía responsabilidad ante mi propia conciencia. No niego sin embargo, que puede ser desconcertante pasar por esta experiencia de expulsión y constatar que continúa vigente en la práctica de esta iglesia, en la que el muro de silencio no cesa de crecer.

“La iglesia tiende a encapsularse cada vez más. ¿Por qué iba a ser yo una excepción? Esta situación conduce al sinsentido. Por ejemplo, margina a las editoriales que publican mis libros… Según el presidente de los libreros y editores católicos, basta con que un editor imprima a Drewermann para que la iglesia le retire toda su consideración. No cejan de presionar a los libreros católicos.

“Un indicio, entre muchos otros, de cuánto desconfía la iglesia de sus propios creyentes. En vez de ser una comunidad basada en la confianza, es una comunidad basada en el miedo.

“La fórmula es la siguiente: ‘No tenéis por qué tener miedo si nos obedecéis’. Por lo que a mí se refiere, creo que la institución iglesia incluso llega a tener miedo de mí por mi intento de recordar que la religión nunca es una forma de organización específica, sino una determinada forma de vivir.. Frente a una secta, es evidente que ella será siempre la más poderosa. Pero la iglesia sospecha y teme a las personas que, conscientes de su propia responsabilidad, saben que pueden responder por sí mismas, porque llegará un día en que se saldrán del rebaño.

“Y sobre todo es verdad que por parte del Papa hubo un pecado contra el contenido de la Buena Nueva porque prefirió un rebaño de ovejas dóciles a unos cristianos adultos.

“Según la concepción dogmática romana… la comunidad de los creyentes no es la portadora esencial de la fe. Ella está ahí solo para recibir el mensaje. Según este esquema, los obispos solo son realmente “cristianos” cuando sus afirmaciones están en total consonancia con los del papa, sin lo cual hay amenaza de cisma o sospecha de herejía. En esta perspectiva, ser cristiano significa en buena lógica obedecer al papa. Es decir, no escuchar la voz interior de la propia conciencia ni escuchar a los demás en la iglesia y menos todavía a los que están fuera de ella. Ni siquiera obedecer a Dios o leer la Biblia de una forma personal. Todo lo que tendríamos que aprender de la Biblia para nuestro tiempo o incluso lo que Dios quisiera hacernos entender, solo lo podríamos aprehender sin error a través del “esplendor de la verdad” (Splendor Veritates, encíclica de Juan Pablo II, publicada en octubre de 1993, sobre teología moral) del que el papa es garante y que encarna en persona. Si se toma esta teoría al pié de la letra, resultaría que solo somos cristianos por el papa. Tal forma de pensar es absolutamente monstruosa y no está fundada en absoluto en el Nuevo Testamento.

“Todos los “dogmas” son estructuralmente falsos, en la medida en que el “dogmatismo” como tal y por principio es un abuso. No se puede formular la verdad religiosa en una proposición y obligar a la gente a repetirla de una forma doctrinal y doctrinaria.

“… las sectas… Desgraciadamente, aunque aseguran que quieren proponer un remedio al miedo, a la angustia y la desorientación de la gente, la mayoría de estos nuevos grupos religiosos recurren a normas y obligaciones severas, parecidas a las que imponen las iglesias.

“Examinemos a la iglesia católica: encerrada en una estructura psíquica rígida, ¿no se ha convertido a su vez en una “secta”? Es evidente que reúne las características de toda secta: exigencia de sumisión externa, ligada a una misión de salvación universal, así como una “definición” rigurosa de las modalidades de pertenencia por medio de conceptos reguladores, como son el concepto de salvación y de pecado, y, por último, la garantía de salvación y curación divinas.

“De acuerdo con esto se puede afirmar en toda lógica que la iglesia católica es la más importante secta del momento.

“La religión debería incitar a los hombres a hablarse unos a otros, a intercambiar recíprocamente sus intimidades. Pero en vez de eso, la religión oficial establece un sistema de verdades administradas sin consideración por el hombre, que se ve privado, por decirlo de alguna manera, de su propia responsabilidad espiritual.”