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Emilio LledóEmilio Lledó nació en Sevilla en 1927. Estudió en Madrid y en Heidelberg, teniendo a Karl Löwith y Hans-Georg Gadamer como profesores. Fue asistente en el Philosophisches Seminar, de la universidad de Heidelberg entre los años 1956 y 1962.

Entre 1964 y 1967 fue catedrático de Filosofía en la Universidad de La Laguna, y entre 1967 y 1978, en la de Barcelona. En 1978 pasó a ser catedrático de Historia de la Filosofía en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), con sede en Madrid. Entre sus distinciones cabe citar el Premio Alexander von Humbolt, otorgado en Bonn, en 1991, y el Premio Nacional de Ensayo de 1992. Fue “Fellow” del Wissenschaftkolleg de Berlín.  Es el autor de algunos libros esenciales del pensamiento actual español como Memoria del logos, El surco del tiempo, Lenguaje e historia o Memoria de la ética. En 2014 recibió el Premio Nacional de las Letras y el 20 de mayo de 2015 el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Es también miembro de la Real Academia Española.

Emilio confiesa que ya tenía interés por los grandes temas de la existencia humana desde que era un niño. Sin saber lo que era todavía la filosofía, ya le interesaban asuntos como el no engañar, qué era la verdad, qué es el mundo y cómo se presenta. Le llamaba mucho la atención, por ejemplo, que en invierno se le cayeran las hojas a los árboles y que a la llegada de la primavera ‘el verde explotase‘. El observar y el reflexionar surgían de él de un modo natural, desde lo más profundo del alma.

La guerra civil española le cogió en Madrid todavía siendo un niño, y recuerda el impacto que causó en él todo aquel horror y sufrimiento. Un día, tuvo lugar un bombardeo mientras se encontraba en la Gran Vía y unas bombas dejaron destrozados y desparramados los cuerpos de varias personas. Quedó grabado para siempre en su joven memoria todo aquel horror y miseria ‘mezclado y encharcado todo de sangre‘, dice. Entonces Emilio se preguntaba, “Cómo podría detener esto? Porque esto es monstruoso, esto no es el bien, como ahora decimos filosóficamente, esto es muerte. Los seres humanos no pueden tener esta disposición, esta preparación para matar, esta violencia, este fanatismo, esta feroz ignorancia“.

Tanto le marcó aquel terrible sinsentido que todavía hoy día, cuando ya es mayor, no puede soportar ninguna escena de violencia, ni siquiera una película donde se exponga, por más que sepa que es no es una violencia real, sino ficticia. “Es algo superior a mí; no puedo tolerar el regodeo en la violencia ni siquiera en esa distancia que te da la pantalla, porque, aunque tú pases la mano por la pantalla y no te manche los dedos, la muerte que yo vi era una muerte viva -valga la paradoja- una muerte que mancha, que huele, que desgarra la mirada“. El sufrimiento y el dolor, en definitiva, fue lo que le acercaron a la filosofía. No es extraño, porque algunos de los mejores pensadores del siglo XX, surgieron también de los terribles dolores de la II Guerra Mundial.

También, algún tiempo después, Emilio sufre el trauma por la muerte prematura de su padre cierto día mientras estaba en el colegio. “Una vida rota a los cincuenta años… Y yo en aquellos días tuve la intuición de que la filosofía no podía ser nunca una meditación sobre la muerte, sino sobre la vida“. Pero la muerte dejaría todavía su impronta una vez más en su vida: el fallecimiento de su esposa, Montse, en Barcelona, cuando solo tenía cuarenta años, dejándole absolutamente derrotado y además con tres niños pequeños. Como dice él, “la muerte me ha marcado y me ha llevado de alguna manera a la filosofía“.

También le llevó a la filosofía el hecho de que personalmente conociera a Julián Marías. “Julián significó mucho para mí, fue muy importante y no me cansaré de hablar de aquel hombre joven, solo una docena de años mayor que yo, que habían encarcelado después de la guerra y suspendido su tesis doctoral, y que impartía clases en una academia de la calle Serrano a la que acudíamos un par de alumnos de la universidad. Julián Marías había escrito en 1941 ‘Historia de la Filosofía’ con solo veintisiete años, un libro que nos parecía distinto de todo lo que nos hacían leer en la facultad”.

Su amigo y alumno, Manuel Cruz (1951), catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona, escribe sobre él:

Fue el primero en enseñarnos que existía una filosofía del lenguaje desde un punto de vista filosófico, no meramente técnico, frente a la filosofía analítica. Me importa mucho resaltar que fue un innovador cargado de autoridad. No hablo de poder, sino de autoridad, que, en contra de lo que piensan muchos, es tremendamente democrática porque no se conquista, sino que se otorga. La gran diferencia entre autoridad y poder es que la autoridad te la atribuyen los demás“.

– “Pensar es conversar“, RBA, Barcelona, 2015.

Emilio Lledó apuesta por no relegar la filosofía a conceptos simplemente teóricos o al estudio pasivo de la filosofía clásica griega, sino a un pensar que afronte la vida real dando atención a los problemas del lenguaje, a las actitudes y comportamientos de la gente, a saber criticar las concepciones del mundo que tengamos y al uso que debería darse al conocimiento y al saber.

Algo de su pensamiento

Emilio Lledó centró sus intereses filosóficos en el problema del lenguaje, entendido como el exclusivo medio que lleva al hombre al filosofar. Defendió la teoría de que el pensar, siempre se hace a través del lenguaje, un modo de instalarse el ser humano en el mundo. Para ello, estudió profundamente la filosofía griega como fuente principal de sus planteamientos. Platón y Aristóteles por ejemplo, llegaron a ser para él muy queridos. Y sobre Epicuro, escribió:

“Fue cuando escribí mi ensayo sobre su filosofía. Ahora, de regreso a él, he querido revisarlo a fondo. Yo he cambiado mucho, pero sin embargo su pensamiento sigue intacto: indaga sobre el saber como una forma de abordar la vida en contraposición a Platón, que concibe la filosofía como una manera de afrontar la muerte. Epicuro nos quiere transmitir la existencia como sinónimo de esperanza, de futuro, de verdad, como una aventura que nos aleja del miedo a la muerte si la hemos vivido con decencia… Para mí sigue resultando válido lo que Aristóteles resaltaba como gran característica de quien se dedique a ella (la política) considerándola servicio público. Una tarea para hombres decentes,’ propugnaba el filósofo hace 24 siglos”.

El País, 21 de mayo de 2015.

“Me gustaría poder aportar algo nuevo aunque sea pequeñísimo. Los afectos no tienen una gramática como la Filología, pero eso le da fuerza y libertad. Habría que pensar en una gramática de los afectos para que el amor no se convierta en odio o la amistad en enemistad. El principio de las relaciones afectivas que tengamos empieza con la relación afectiva con nosotros mismos. Y esto te obliga a mejorarte, luchar para mirarte en el espejo y no avergonzarte”.

El País, 20 de mayo de 2015.

Lo que me indigna, es la intención de suprimir la filosofía o reducir su presencia la en los planes de estudios… La filosofía presta dinamismo a la formación de esos jóvenes, a su manera de entender el mundo, de relacionarse…

“Porque inyectar en la mente de los universitarios la idea de que están allí no para aprender sino para ganarse la vida es, como diría Walter Benjamin en un pasaje de ‘La vida de los estudiantes’, la manera más grande de perderla”.

Es un error muy común creer que la filosofía es una disciplina que está fuera de la realidad, cuando se trata precisamente de lo contrario: de comprender que la filosofía es la realidad misma, que es algo que comprendieron perfectamente los primeros que filosofaron, que no sabían ni que eran filósofos. Ellos se preguntaron ‘¿Por qué?’ para confrontar la realidad”. 

– Emilio Lledó, “Pensar es conversar“, RBA, Barcelona, 2015.

Emilio Lledó

Tengo ya una cierta edad y no he vivido una vida fácil, y nunca se me ha agotado la idea de que la fuerza del amor, de la generosidad es mucho más potente que el mal. El día que renunciemos a esa lucha de creer en estos ideales, ya no merecerá la pena vivir.

“Una sociedad obsesionada sólo por el dinero es una sociedad perdida. Por supuesto, ¿cómo vas a predicar la educación en una persona que tenga hambre. Sin embargo, yo creo, como dice Kant, que un ser humano es lo que la educación hace de él.

“¿Estos tiempos de crisis puede traernos un nuevo humanismo? 

“Aunque nos digan utópicos, creo que sí. Y esa es la ilusión que me alienta y me hace feliz. Me siento vivo”.

“La libertad de expresión no tiene sentido si no hay antes una libertad de pensamiento. La libertad de expresión no es decir todo lo que se te ocurra, sino que lo que se te ocurre tenga sentido. La libertad de expresión debe tener unos cauces humanos puestos en nuestra mente. Es una libertad de la mente.

“Decir lo que se quiera no es libertad. Justificar el insulto y la calumnia como libertad de expresión es una falsedad. Es una cosa lamentable de una sociedad donde la corrupción no ha entrado sólo en la economía, sino en la cabeza. Y es más peligrosa la corrupción mental que la económica”. 

– La corrupción mental es peor que la económica, Diario Público 27/2/2011. 

Los afectos no tienen una gramática como la Filología, pero eso le da fuerza y libertad. Habría que pensar en una gramática de los afectos para que el amor no se convierta en odio o la amistad en enemistad. El principio de las relaciones afectivas que tengamos empieza con la relación afectiva con nosotros mismos. Y esto te obliga a mejorarte, luchar para mirarte en el espejo y no avergonzarte… Por edad hay un momento en que piensas que te quedan pocos telediarios, pero eso no me entristece para nada porque pienso que soy el mismo que con una maletita de cartón que se rompió en la frontera me fui a Alemania. Me miro en el espejo y no me avergüenzo”. 

El País, 18 de noviembre de 2014.

“Partiendo de la idea genial de Kant de que el ser humano es lo que la educación hace de él, además la educación es esencial, en el sentido de que tiene que ser creadora de libertad. Esa curiosidad de los niños es frescura y esa frescura hay que seguirla dando en la escuela y no meterles en la cabeza aprendizajes absurdos, grumos mentales que les paralizan el fluir tierno y maravilloso de sus neuronas. Mi experiencia, no sólo con mis hijos, sino con mis nietos, es la posibilidad de que esas mentes progresen, y ese progreso es la libertad. Levantarles curiosidades. Enseñar a los niños a mirar los gajos de una naranja, y ver cómo están hechos; y mirar una margarita de estas que brotan de pronto, sin que nadie la siembre, en las esquinas de las calles. Con la historia de los móviles, con todos los respetos para el mundo de la digitalización, estamos convirtiéndonos en ciegos de ese prodigio. Toda esa imagen de la realidad de la naturaleza a mí me sobrecoge y me da vida. Y esa vida quisiera transmitirla muchas veces a la infancia misma, y no meterlos en aprendizajes de libros como un castigo. Cuando la lectura es también la libertad.

“En ‘La República’ hay un texto maravilloso de Platón que dice que hay tres niveles en la vida: el económico, el cuerpo y la mente. El dejar en primer lugar lo puramente material, la codicia del tener, y dejar lo de la mente en último lugar es una corrupción que acaba rompiendo la ciudad en donde eso se practique. Por lo tanto, las humanidades es el fruto de nuestro trabajo, de nuestros deseos, de nuestros sueños, de lo que hemos querido ser. La idea de justicia, de bondad, de belleza, de cultura, ha surgido porque los seres humanos lo han necesitado”.

– El País, 21 de mayo de 2015.