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maritain3En cierta ocasión, Eduardo Frei Montalva (1911-1982), quien había sido presidente de Chile entre los años 1964 y 1970, tuvo la oportunidad de conocer a un hombre de cabellos plateados lleno de sabiduría y bondad. Fue un encuentro que, a juzgar por lo que él mismo explica, dejaría en su memoria un recuerdo indeleble:

“Llegó a verme a la embajada de Chile… Estuvo cerca de dos horas haciéndonos gozar con su vivo ingenio y la agudeza de sus juicios. Pocas veces lo vi más alerta y alegre. Bajé a dejarlo hasta el auto y cuando éste ya partía, desde adentro me tomó la mano y me la besó. Escribo estas líneas largos año después y aún me sonrojo al pensar en su gesto, mezcla de bondad y de ternura… El patio estaba lleno de periodistas. Uno de ellos, Luis Hernández Parker, que llenara una época del periodismo en nuestro país, y que era frío y hasta duro, todo cortado, exclamó: – ‘¡Nunca he visto un viejo más lindo!’ Y realmente era hermoso y se desprendía de él un halo espiritual tan limpio, tan puro, que era imposible no sentirlo“.

La descripción que da ahí el presidente Frei es tan bella, que ya casi no sería necesario explicar mucho más sobre la grandeza de espíritu manifestado por su admirado visitante. Pero ni que decir tiene que detrás de todo aquello había mucho más. Se trataba de Jacques Maritain (1882-1973).

Maritain nació en París. Procedía de una familia protestante. En su juventud desarrolló una gran inquietud intelectual. Estudió en la Sorbona y se licenció en letras y en ciencias naturales. También gracias a una beca, cursó dos años (1906-1908) de biología en Heidelberg. Fue por aquel entonces que conoció a una joven rusa de origen judío, Raïssa Urmansov, con la que finalmente se casó. Tenían una tremenda afinidad e interés por las mismas cuestiones, tanta que cuando con el tiempo ambos colaboraban y escribían, era harto difícil reconocer quien era quien el que lo hacía.

Sin embargo el positivismo científico de su día no les convencía. No encontraban el modo de encauzar su sentir filosófico y existencial. Fueron dos conocidos, el filósofo Henri Bergson (1859-1941) y el escritor León Bloy (1846-1917) quienes influyeron lo suficientemente en ellos como para que recobraran la confianza en nuevas trascendencias. Finalmente ambos se bautizaron como cristianos católicos en la iglesia de Saint Jean l’Évangeliste de Montmartre, el 11 de junio de 1906.

raissa_maritainFue Raïssa quien tuvo acceso primero a los escritos de Tomás de Aquino (1224-1274) quien a su vez los hace llegar a Maritain. Éste, quedando prendado de ellos, se dedica entonces al estudio profundo de su obra. Eso representó para él el revulsivo necesario para su personal obra filosófica. A partir de entonces se dedica a una intensa divulgación de lo que él llama un “tomismo vivo”, a través de conferencias y como docente en distintas universidades francesas y de los Estados Unidos. De ahí que a Maritain se le haya llamado el principal exponente del neotomismo contemporáneo.

Su obra escrita es ingente, aunque es más bien poco conocida. Una pena, porque fue capaz de aportar gran valor al pensamiento filosófico y reintroducir el pensamiento cristiano con nuevas perspectivas, cuando por ejemplo escribió, “El cristianismo enseñó a los hombres que el amor tiene mucho más valor que la inteligencia“. Algunas de sus obras son por ejemplo, Humanismo Integral, de 1936; Cristianismo y Democracia, de 1942Principios de una política humanista, de 1946 y La persona y el bien común, de 1947.  Recomiendo esta excelente web en la que se puede tener acceso a su magnífica e interesante obra:  http://www.jacquesmaritain.com/ Aunque sus escritos están muy marginados en medios académicos franceses, está mucho más reconocida su obra en el continente americano.

Algo que quizá poca gente sepa es que Jacques Maritain fue uno de los padres de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948 y uno de los grandes defensores del pensamiento democrático. Además, siempre se opuso tanto al capitalismo liberal como a las sociedades totalitarias; gran mérito el de él ver el asunto con la suficiente perspectiva entonces, sobre todo si se tiene en cuenta lo polarizadas que estaban las ideologías en el terrible siglo XX que le tocó vivir.

Una introducción sobre su obra del Instituto Internacional Jacques Maritain de Roma, dice:

jacques-y-maritainJacques Maritain fue uno de los más grandes pensadores del siglo XX. Fue un hombre de profunda pasión religiosa, filosófica y cívica, así como un testigo activo y participante en los acontecimientos de su tiempo. Fue uno de los padres de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948 y uno de los grandes defensores del ideal democrático amenazado por las ideologías totalitarias del siglo pasado. Sus reflexiones sobre democracia, arte y ciencia constituyen un instrumento sólido y efectivo para la interpretación de los cambios que experimenta el mundo de hoy. Jacques Maritain reintrodujo la riqueza universal y milenaria del pensamiento cristiano al abordar los temas más apreciados por el hombre contemporáneo: desde su sufrimiento a la acción política y social; desde la libertad a la belleza; desde la adhesión a la fe a la autonomía de la razón. El suyo fue un mensaje de libertad y de independencia de la inteligencia, de vigilancia crítica de los tiempos y de compromiso con un futuro de diálogo y cooperación entre los hombres y las culturas. Maritain fue un filósofo de la nueva frontera mundial y su humanismo integral definió el alma de nuestra villa global”.

Cuando su esposa Raïssa falleció en 1960, Jacques Maritain se fue a vivir con los Hermanos de Jesús de Toulouse hasta el día de su fallecimiento el 28 de abril de 1973. Recordando una vez más las palabras de aquel periodista cuando lo conoció: “realmente era hermoso y se desprendía de él un halo espiritual tan limpio, tan puro, que era imposible no sentirlo“.


Algo de su pensamiento

Solo hay tolerancia real y genuina cuando un hombre está firme y absolutamente convencido de una verdad, y cuando al mismo tiempo reconoce el derecho a existir de aquellos que niegan esa verdad, y a contradecirlo, y a decir lo que piensan, no porque ellos sean libres frente a la verdad sino porque buscan la verdad a su propia manera, y porque él respeta en ellos la naturaleza y la dignidad humanas y esos mismos recursos y fuentes vivos del intelecto y de la conciencia que los hacen potencialmente capaces de alcanzar la verdad que él ama”.

– Jacques Maritain, “Verdad y confraternidad humana” en Maritain (Princeton University Press).

La filosofía es la más alta de las ciencias humanas, es decir, de las ciencias que estudian los seres a la luz natural de la razón. Pero hay una ciencia superior a ella. Si en efecto existe una ciencia que sea en el hombre una participación de la ciencia propia del mismo Dios, ella será evidentemente más alta que la más elevada ciencia humana. Y ésta es la teología.

La palabra Teología significa ciencia de Dios: la ciencia o conocimiento de Dios, que nosotros podemos adquirir naturalmente por las fuerzas de la razón, y que nos hace conocer a Dios por medio de las criaturas, como autor del orden natural, es una ciencia filosófica – la parte más elevada de la Metafísica –, que se llama Teodicea o teología natural. La ciencia de Dios, que no podemos adquirir naturalmente por las solas fuerzas de la razón, sino que supone que Dios mismo se ha dado a conocer a los hombres por medio de la revelación, de modo que nuestra razón, esclarecida por la fe, deduce luego de esta misma revelación las conclusiones que ella implica, es la Teología sobrenatural o más brevemente, la Teología.

De esta ciencia queremos hablar ahora. La Teología tiene por objeto algo absolutamente inaccesible a la razón natural de las criaturas todas; a Dios conocido en sí mismo, en su propia vida divina o, como se dice, “bajo la razón de Deidad”, y no a Dios como causa de la criatura y autor del orden natural; y todo lo que ella conoce, lo conoce en función de Dios así considerado, mientras que todo lo que conoce la metafísica, sin exceptuar a Dios mismo, lo conoce en función del ser en general.

Tiene por principios las verdades formalmente reveladas por Dios (dogmas o artículos de fe) y por principal criterio de verdad la autoridad de Dios que revela. Su luz es, no la simple luz natural de la razón, sino la luz de la razón esclarecida por la fe; revelación virtual la llaman los teólogos, es decir, la revelación en cuanto contiene virtualmente las conclusiones que la razón puede deducir de ella.

Por la elevación de su objeto, como por la certeza de sus principios y por la excelencia de su luz, la teología está, pues, por encima de todas las ciencias puramente humanas. Y aunque no posee la evidencia de sus principios, que son creídos por el teólogo, mientras que los principios de la filosofía son vistos por el filósofo, es una ciencia más elevada que la filosofía: el argumento sacado o fundado en la autoridad es en efecto el más pobre de todos los argumentos, cuando se trata de la autoridad de los hombres; pero el argumento basado en la autoridad de Dios, que revela, es el más fuerte y eficaz de todos ellos. La teología, en fin, que considera al Ser que está sobre todas las causas, merece, a título mucho más elevado que la metafísica, el nombre de sabiduría. Es la sabiduría por excelencia.

¿Cuáles son las relaciones de la filosofía con la teología?

1) A título de ciencia superior, la teología JUZGA a la filosofía del mismo modo que la filosofía juzga a las ciencias. Le corresponde, pues, sobre ella el oficio de dirección, pero dirección negativa, que consiste en declarar falsa toda proposición filosófica incompatible con una verdad teológica. La teología comprueba así y tiene bajo su dependencia las conclusiones dadas por los filósofos.

2) Pero los principios de la filosofía son independientes de la teología, ya que esos principios son las verdades primeras cuya evidencia se impone por sí misma a la inteligencia, mientras que los principios de la teología son las verdades reveladas por Dios. Los principios de la filosofía se bastan a sí mismos y no se derivan de los de la teología. De igual modo, la luz por medio de la cual la filosofía conoce su objeto es independiente de la teología, por ser esta luz, la luz de la razón, autónoma en su propio terreno. Esta es la causa por la cual la filosofía no es dirigida positivamente por la teología, ni tiene necesidad de la teología para la defensa de sus principios. Y en su terreno se desenvuelve de una manera autónoma, aunque esté sometida al control externo y a la regulación negativa de la teología.

Se comprende por lo expuesto que la filosofía y la teología son perfectamente distintas, y que sería ridículo en un filosofo invocar, para probar una tesis de filosofía, la autoridad de la revelación, como sería ridículo que un geómetra quisiera demostrar un teorema con la ayuda de un medio físico, pesando, por ejemplo, las figuras que compara. Pero si son perfectamente distintas, la filosofía y la teología, no están separadas; y la filosofía, siendo como es entre todas las ciencias humanas, la ciencia libre por excelencia, en el sentido de que se desenvuelve según principios y leyes que no dependen de ninguna ciencia superior a ella, está sin embargo limitada en su libertad – en la libertad de engañarse –, en el sentido de estar sometida a la teología que la controla externamente.

En el siglo XVII, la reforma filosófica de Descartes tuvo por efecto separar la filosofía de la teología, al negar a la teología el derecho de vigilancia y su función de norma negativa respecto de la filosofía: lo que equivalía a decir que la teología no es una ciencia, sino simplemente una disciplina práctica, y que la filosofía o sabiduría humana es la ciencia absolutamente suprema, que no admite dirección de parte de ninguna otra ciencia. Así el cartesianismo, a pesar de las convicciones religiosas de Descartes, introducía el principio de la filosofía racionalista, que pretende negar a Dios el que pueda hacernos conocer por revelación verdades que sobrepasan el alcance natural de nuestra razón. Si Dios nos revela efectivamente ciertas verdades, entonces necesariamente la razón humana se apoyará en ellas como sobre principios ciertos de conocimiento y constituirá así una ciencia, que será la teología. Y si la teología es una ciencia, se seguirá lógicamente que deberá ejercer funciones de norma negativa con relación a la filosofía, ya que una misma cosa no puede ser verdadera en filosofía y falsa en teología.

3) Por otra parte la filosofía presta a la teología los mayores servicios. La teología en efecto emplea, para sus propias demostraciones, los principios establecidos por la filosofía. En estos casos la filosofía se hace instrumento de la teología, y por esta razón, es decir, cuando se pone al servicio del razonamiento teológico, es llamada arcilla theologiae. Porque en sí misma, y cuando trabaja para establecer sus propias conclusiones, no es sierva, sino autónoma y libre, sometida solamente al control externo y a la dirección negativa de la teología.

a) La filosofía, lo hemos dicho anteriormente, se encuentra en la necesidad natural de hacer uso, como de un instrumento, de la evidencia sensible, y aun, en cierto sentido, de las conclusiones de las ciencias particulares. La teología, considerada en sí misma, como ciencia subalterna de la ciencia de Dios y de los bienaventurados, no tiene esa necesidad de hacer uso de la filosofía; es absolutamente independiente. Sin embargo, de hecho, en razón del sujeto en que radica, es decir, por causa de la pequeñez del espíritu humano que no puede razonar sobre las cosas de Dios sino por analogía con las de las criaturas, no puede desenvolverse sino sirviéndose de la filosofía. Y no del modo como se ha servido el filósofo de las ciencias. Antes hemos visto que debe el filósofo emplear las proposiciones de las ciencias, no para fundar en ellas sus propias conclusiones (al menos cuando se trata de conclusiones metafísicamente ciertas), sino solamente para ilustrar sus principios; y que por consiguiente un sistema filosófico no necesita, para ser verdadero, que sea necesariamente verdadero el material científico que emplea. El teólogo, en cambio, se sirve a cada instante de proposiciones filosóficas para establecer sus propias conclusiones. No es posible que un sistema teológico sea verdadero si la metafísica en que se basa es falsa. De ahí la necesidad absoluta en que se encuentra el teólogo de poseer una filosofía verdadera conforme con el sentido común.

b) La filosofía precede normalmente a la teología. Ciertas grandes verdades de orden natural son, en efecto, como los preámbulos de la fe. Estas verdades, percibidas naturalmente por todos los hombres mediante el sentido común, son conocidas y establecidas científicamente por la filosofía. La teología, ciencia de la fe, supone, pues, el conocimiento filosófico de estas mismas verdades.

c) La filosofía, tomada como instrumento de la teología, sirve a ésta de tres maneras principales. La teología hace uso de ella, primeramente, para establecer las verdades que se refieren a los fundamentos de la fe, en aquella parte de la teología que se llama Apologética y que demuestra, por ejemplo, que los milagros son prueba de la misión divina de la Iglesia; en segundo lugar, para dar alguna noción de los misterios de la fe por medio de analogías sacadas de las criaturas – así es como el teólogo empleará la doctrina filosófica del verbo mental para ilustrar el dogma de la Trinidad; y en tercer lugar, para refutar a los adversarios de la fe – por ejemplo la teología explicará por la teoría filosófica de la cuantidad cómo el misterio de la Eucaristía no repugna en modo alguno a la razón.

d) Nótese que si la filosofía sirve a la teología, a su vez recibe de la teología apreciables servicios. En primer lugar, considerada en sí misma, está regulada y sometida externamente al control y a la regulación negativa de la teología; es protegida por la teología contra gran número de errores: de este modo, si su libertad de engañarse queda así restringida, resulta grandemente fortalecida en su libertad de ir hacia la verdad. En segundo lugar, considerada como instrumento de la teología, se ve obligada a precisar y a afinar ciertos conceptos y ciertas teorías fundamentales que, de otro modo, hubiera acaso descuidado. Así, por ejemplo, la filosofía tomista debe a la teología el haber sido obligada a estudiar y aclarar la doctrina de la naturaleza y de la persona, o a alcanzar la perfección en la teoría de los hábitos, etc”.

– Jacques Maritain, “Introducción a la Filosofía“, 1920.

 

Esteban López

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