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Suele decirse que “las palabras se las lleva el viento“, pero no ocurre así cuando se escriben porque pueden expresarse con exacta y elegante precisión; además el registro indeleble siempre permanece pudiendo incluso alcanzar a un inimaginable numero de personas. Las ideas y los sentimientos expresados hasta han movido el mundo entero. Qué diferente sería nuestra sociedad actual sin por ejemplo la Ilíada y la Odisea de Homero, la Eneida de Virgilio, los Evangelios, las Confesiones de Agustín de Hipona, la Divina Comedia de Dante Alighieri, el Quijote de Miguel de Cervantes, Hamlet y Romeo y Julieta de William Shakespeare, los Ensayos de Michel de Montaigne, El Espíritu de las Leyes de Montesquieu, La interpretación de los sueños de Sigmund Freud o El Capital de Karl Marx.

Y es que la escritura no surgió hace unos cinco mil años solo por necesidades económicas de la sociedad humana; surgió más bien como resultado de una necesidad espiritual, la necesidad del ser humano de comunicarse, de expresar su sentir sobre infinidad de asuntos que le preocupaban, en definitiva, de dar a conocer acontecimientos que con el tiempo se convertirían en verdaderos testimonios de personas y en reveladora historia escrita. De modo que la gran contribución del escritor en la historia de la humanidad ha sido la de describir de mil maneras el mundo que le tocó vivir, y así sigue siendo hoy día.

Muchos escritores a lo largo de la historia arriesgaron su vida por escribir y traducir diferentes textos que consideraban importantes, porque creían que lo que hacían era absolutamente vital para la sociedad de su día. Por ejemplo muchos que intentaron traducir la Biblia a los lenguajes vernáculos de la gente de su tiempo sufrieron persecución o martirio. Otros escribieron con la sincera intención de mejorar la sociedad en la que les tocó vivir y causar quizá una revolución; otros escribirían apasionantes novelas que cautivarían el corazón, y los más inspirados la más bella poesía o simplemente palabras de amor.

El caso Dreyfus

El siguiente ejemplo ilustra también el tremendo poder que puede tener la escritura en una sociedad. El 22 de diciembre 1894 comenzaba en Francia el caso Dreyfus que conmocionó al todo el país durante 12 años. Un ejemplo de antisemitismo, prensa prejuiciada e iniquidad judicial por “razón de Estado” contra el oficial inocente Alfred Dreyfus (1859-1935) de origen judío, quien es injustamente condenado por espionaje a cadena perpetua en la isla del Diablo en la Guayana francesa.

En ese mismo año el escritor francés Émile Zola (1840-1902) goza de un gran prestigio entre la opinión pública, y ante semejante injusticia escribe al entonces presidente de Francia denunciando el caso con un firme alegato a favor de Dreyfus, y además se publica en la portada del diario L’aurore con el título “Yo acuso” (J’accuse). La energía de este escrito provoca una de las mayores crisis políticas en Francia y fuerza a una serie de investigaciones que pone en evidencia la corrupción de los militares que ocultaron la verdad. Finalmente, pruebas irrefutables muestran la completa inocencia de Dreyfus motivando su inmediata liberación de la prisión donde se encontraba injustamente y su restitución completa a la carrera militar de la que tan ignominiosamente fue despojado. Este caso mostró una vez más el poder efectivo que tiene la palabra escrita y precisa.

La huella del alma

Cuando alguien tiene algo que decir, cuando le quema el alma, cuando no puede soportar más esa opresión, es entonces cuando todo irrumpe con verdadero furor. Y es entonces ahí donde nace el verdadero escritor. Por eso dice Mario Bellatin (1960), escritor peruano, que “escribir es como mostrar una huella digital del alma“. O Miguel de Cervantes (1547-1616), “la pluma es huella del alma”. Algunos lo han comparado con un parto: necesita desesperadamente dar a luz a esa ‘criatura’ y no parará hasta que la vea hecha realidad. Como responde Rainer María Rilke (Praga, 1875-Suiza, 1926) a un joven aspirante a poeta cuando le pregunta qué es lo que debería hacer para llegar a serlo:

Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Sólo hay un medio. Entre en sí mismo. Investigue el fundamento de lo que usted llama escribir; compruebe si está enraizado en lo más profundo de su corazón; confiésese a sí mismo si se moriría irremisiblemente en el caso de que se le impidiera escribir“.

Y es que el escritor, el que ama de verdad serlo, es alguien que está completamente enamorado de su vocación. Por ejemplo, Isabelle Eberhardt (1877-1904), escritora y exploradora suiza lo expresó muy bien cuando dijo que, “escribir es algo precioso y espero que con el tiempo, cuando vaya adquiriendo la sincera convicción de que la vida real es hostil e inextricable, sabré resignarme a vivir esa otra vida, tan dulce y placentera“.

También, las siguientes palabras de Richard Ford (1944), escritor estadounidense, Premio Princesa de Asturias 2016, muestran cuán significativa es la labor del escritor a la hora de contribuir al contenido cultural de la sociedad,

“Escribir no es un arte sino un oficio… (‘La vida se nos da vacía, sólo existir es una tarea poética’), … El oficio de escritor es una vocación gozosa y optimista porque permite crear algo bueno para los demás… Escribir es un acto que elijo hacer para ser útil en el mundo“. – Entrevista El mundo, 20/11/1019.

El buen escritor es el que cautiva, el que llega a captar absolutamente la atención del lector; el que ‘secuestra’ agradablemente su corazón hasta el extremo de que llega a creer que lo escrito fue solo para él. El escritor español Ramón Gómez de la Serna (1888-1963, creador del género literario de las greguerías (frases poético humorísticas), lo expresó muy bien cuando dijo, “el escritor sabe que el libro que escribe es para todos, pero hay algún lector que cree que acaba en él y lo llena de notas” (Total de Greguerías, Aguilar, 1962). Un escritor así suele ser también tan original en su estilo, que es muy difícil que alguien lo pueda imitar. Tiene su propio sello o su propia impronta personal. Del mismo modo se considera un buen escritor a aquel que hace pensar o que se interesa sinceramente en la humanidad.

Poesía

Pero no solo se aprecia la escritura que hace reflexionar o que informa. También y con gran aprecio se valora mucho la escritura descriptiva pero que también es sublime. Y en eso sin duda se lleva todos los honores la poesía. Jacques Maritain (1882-1973) lo expresa muy bien cuando escribe,

La poesía procede de la totalidad del hombre: el sentido, la imaginación, el intelecto, el amor, el deseo, el instinto, la sangre y el espíritu juntos”.

Y María Zambrano lo tenía claro:

La pura razón es la pura monotonía… Es necesario adentrarse en la fuerza de la palabra. Y quienes mejor descifran la fuerza de la palabra son los poetas, los inventores (poiesis) de la palabra. El instrumento que apoya al conocimiento” (Blanco Martínez, 2009, p. 31).

Porque no es lo mismo describir por ejemplo el amor como lo hace la RAE en una de sus acepciones, “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser“, que como lo expresa Lope de Vega en su Soneto 12,

“Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso; huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe”.

Nada extraña por tanto que María Zambrano (1904-1991) exclamara, “¿Es de extrañar que el amor haya preferido casi siempre el derrotero poético al filosófico?” O como decía entrañablemente el poeta Paul Celan (1920-1970), “la poesía es una especie de regreso a casa“. Además, la poesía también puede ser un modo de luchar contra la oscuridad del mundo. Como lo expresó Aimé Césaire (1913-2008), poeta y político francés creador del concepto ‘negritud’ en defensa de sus raíces africanas, “El último gesto del poeta: ofrecer sus palabras para invocar la lucidez y oponerse sin descanso a un mundo inaceptable”.

El libro bíblico del Cantar de los Cantares escrito por el rey Salomón es una de las más bellas poesías dedicadas al amor romántico:

El amado

“Como azucena entre las espinas
es mi amada entre las mujeres”.

La amada

“Cual manzano entre los árboles del bosque
es mi amado entre los hombres.
Me encanta sentarme a su sombra;
dulce a mi paladar es su fruto”.

El amado
 
“Yo les ruego, mujeres de Jerusalén,
por las gacelas y cervatillas del bosque,
que no desvelen ni molesten a mi amada
hasta que ella quiera despertar”.

– El Cantar de los Cantares 2, NVI.

Romeo y Julieta” de William Shakespeare es el bello arquetipo de un canto al amor romántico por antonomasia en la forma de poesía más bella:

“¿Y si los ojos de ella estuvieran en el firmamento y las estrellas en su rostro? ¡El fulgor de sus mejillas avergonzaría a estos astros, como la luz del día a la de una lámpara! ¡Sus ojos lanzarían desde la bóveda celeste unos rayos tan claros a través de la región etérea, que cantarían las aves creyendo llegada la aurora!

Con ligeras alas de amor franqueé estos muros, pues no hay cerca de piedra capaz de atajar el amor”

¡Oh, ingrato! ¡Todo lo apuraste, sin dejar una gota amiga que me ayude a seguirte! ¡Besaré tus labios!… ¡Quizá quede en ellos un resto de ponzoña para hacerme morir con un reconfortante“.

Amor excelso a Dios

La poesía ha recogido también, de manera excelsa y superlativa, el amor a Dios mismo. Por ejemplo Teresa de Ávila (1515-1582) escribió preciosos cantos poéticos a lo que era toda la razón de su vida. Éste es uno de los más bellos jamás escritos:

Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda,
La paciencia
Todo lo alcanza;
Quien a Dios tiene
Nada le falta:
Sólo Dios basta.
Eleva el pensamiento,
al cielo sube,
por nada te acongojes,
Nada te turbe.
A Jesucristo sigue
con pecho grande,
y, venga lo que venga,
Nada te espante.
¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana;
nada tiene de estable,
Todo se pasa.
Aspira a lo celeste,
que siempre dura;
fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.
Ámala cual merece
Bondad inmensa;
pero no hay amor fino
Sin la paciencia.
Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
Todo lo alcanza.
Del infierno acosado
aunque se viere,
burlará sus furores
Quien a Dios tiene.
Vénganle desamparos,
cruces, desgracias;
siendo Dios su tesoro,
Nada le falta.
Id, pues, bienes del mundo;
id, dichas vanas,
aunque todo lo pierda,
Sólo Dios basta“.

Y también Juan de la Cruz (1542-1591), que junto a Teresa de Ávila es considerado no solo el principal exponente de la mística española sino de la misma poesía en esa bella lengua:

Vivo sin vivir en mí
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.

En mí yo no vivo ya,
y sin Dios vivir no puedo;
pues sin él y sin mí quedo,
este vivir ¿qué será?
Mil muertes se me hará,
pues mi misma vida espero,
muriendo porque no muero.

Esta vida que yo vivo
es privación de vivir;
y así, es continuo morir
hasta que viva contigo.
Oye, mi Dios, lo que digo:
que esta vida no la quiero,
que muero porque no muero.

Estando ausente de ti
¿qué vida puedo tener,
sino muerte padecer
la mayor que nunca vi?
Lástima tengo de mí,
pues de suerte persevero,
que muero, porque no muero”.

Un registro escrito de suma trascendencia

Por otro lado, importantes acontecimientos en la historia han hecho correr “ríos de tinta”, es decir multitud de escritos informando queriendo transmitir un hecho de trascendencia concreto. Es el caso de la aparición en la historia de la humanidad de Jesús de Nazaret. Solo era de esperar que un acontecimiento de tal magnitud y envergadura estuviese profusamente documentado en una época donde no existían ni la imprenta ni Internet. Esa es la razón de que hayan llegado hasta nosotros unos cinco mil manuscritos griegos antiguos del Nuevo Testamento o Escrituras Griegas Cristianas. Mientras que el manuscrito más antiguo que se conserva de los poemas de Homero procede del siglo XIII y el texto de las tragedias de Sófocles se basa en un único manuscrito del siglo VIII o IX, para el Nuevo Testamento la distancia es mucho más corta, los manuscritos conservados mucho más numerosos y su concordancia mucho mayor que en cualquier otro libro de la Antigüedad. Es decir, que el impacto o impronta en la historia de Jesús de Nazaret fue tan profundo que activó la pluma de multitud de escritores ávidos por dar a conocer semejante evento. Y en este caso, hay que decir que escribir fue vital para llenar de esperanza a la humanidad.

No hay por tanto mejor instrumento para explicar el mundo o para incidir en él que las palabras, sobre todo si están escritas. Y es que lo indeleble perdura para siempre. Por eso el escritor ilustrado y jurista español Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), autor de infinidad de escritos sobre toda clase de temas, escribió:

Es muy general la ilusión de creer que cuando un hombre tiene un buen pensamiento, ya es lo que en aquel momento piensa que es. Bien están los buenos pensamientos; pero resultan tan livianos como burbujas de jabón, si no los sigue el esfuerzo para concretar la acción”. 

Es como el sentir del escritor irlandés Samuel Beckett (1906-1989) al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1969, “Esto es una catástrofe. Nunca me han interesado los focos, ni la fama. Lo único que cuenta es la escritura”. O el de María Zambrano (1904-1991), “Hay cosas que no pueden decirse”, y es cierto. Pero esto que no puede decirse, es lo que se tiene que escribir“.- Revista de Occidente, 1934.

Éste es el discurso del escritor norteamericano Richard Ford (1944) al recibir el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2016. De niño era disléxico y lento al leer. Como él mismo reconocía entonces: “Para hacer algo bien, tengo que trabajar más duro que otra gente. No puedo hacer muchas cosas al mismo tiempo, puedo concentrarme en una sola… Soy lento. Nunca he hecho una sola cosa importante en mi vida en la que ser rápido funcione”. Debido a su dislexia no había leído ningún libro hasta los 18 años. Sin embargo, con el tiempo se licenciaría en Literatura en la Universidad de Michigan y en una maestría en escritura creativa en la Universidad de California. Su primera novela “Un trozo de mi corazón” aparece en 1976 siguiéndole muchas otras obras. La revista Time selecciona su obra “El periodista deportivo” entre las 100 mejores novelas desde 1923. Además de muchos otros premios, recibe los Premios Faulkner y Pulitzer en 1996 por “El día de la Independencia“. Todo un ejemplo de voluntad contra los elementos adversos de su vida, de superación y de amor por la escritura.

Esteban López