Pensar antes de juzgar

juzgar a los demásJuzgar a los demás con prontitud tiene sus riesgos, porque como humanos limitados no tenemos acceso a toda la información. Tenemos la tendencia a ser superficiales o a dejarnos influenciar indebidamente por otros sin analizar en profundidad el cuadro completo de las cosas. Quizá por eso Carl Jung dijo que «Pensar es difícil. Por eso la mayoría de la gente prefiere juzgar”.

Dicen que los seres humanos pasamos mucho tiempo hablando sobre los demás, y eso incluye a menudo el juzgar fácil. Y si alguien al que se conoce comete un error, suele cumplirse aquello de que «de un árbol caído todo el mundo hace leña«. Quizá por eso el filósofo español Rafael Argullol (1949) escribió esta interesante reflexión relacionado sobre la tendencia de juzgar con facilidad a otros:

«¡Juzgar es lo más fácil! Intentar comprender sin juzgar es el arte que siempre se nos escapa por cobardía: sabemos que nosotros podríamos haber actuado igual que aquel a quien, por comodidad, juzgamos».- Danza humana, de Rafael Argullol.

Porque bien pensado, cuando se juzga a alguien con facilidad y sin la debida reflexión, ¿quién podría asegurar que bajo las mismas circunstancias no hubiéramos actuado nosotros igual? No podemos saberlo. De ahí por tanto la importancia de no usar la lengua impropiamente. Como dice un sabio proverbio de hace mucho tiempo, «precipitarse a responder antes de escuchar los hechos es a la vez necio y vergonzoso».- Proverbios 18:13, NTV.

Y no es extraño que también en el Evangelio se encuentren estas palabras:

«No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados. Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, déjame sacar la paja que está en tu ojo, no mirando tú la viga que está en el ojo tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja que está en el ojo de tu hermano».- Lucas 6:37-40.

Solo Dios puede juzgar sin equivocarse

Cuando uno mismo es víctima del juzgar injusto de otros, puede sobrevenir una sensación de tristeza y frustración porque la verdad es que a nadie le gusta que le asignen malos motivos. Sin embargo, nada hay como una conciencia tranquila por haberse adherido a lo recto y verdadero, porque puede hacer que se entienda con claridad que lo más importante es la paz interior de uno mismo y sentir que solo Dios es la única fuente de soporte y consuelo.

Las siguientes palabras llenan de confianza porque se indica que sí hay alguien que está al tanto de todo, que es capaz de ver lo que el resto no ve y que no juzga solo según las simples apariencias. Es cuando el Evangelio describe a Jesucristo con el mismo atributo que tiene Dios de poder ver el corazón humano:

«Jesús los conocía a todos; no necesitaba que nadie le informara nada acerca de los demás, pues él conocía el interior del ser humano«. -Juan 2:23-25, Nueva Versión Internacional.

Saber eso confiere equilibrio y mesura a la hora de valorar a los demás porque nos exime del papel de jueces quedando todo en manos de Dios.

El pasaje de la viuda pobre en el templo de Jerusalén también muestra muchísimo sobre esto mismo. Mientras que los más ricos contribuían en las arcas del templo con lo que les sobraba, Jesús observó a una viuda dando todo lo que tenía. Vio en ella su confianza radical en Dios y cómo le había entregado su corazón por completo. Y Jesús lo sabía, dice el registro. Por eso dijo:

Esa pobre viuda echó más que todos demás a la caja del tesoro del templo. Porque los demás dieron de lo que les sobraba, pero ella, a pesar de su pobreza, entregó todo lo que tenía para vivir”.- Marcos 12:41-44, PDT.

Por eso se dice en el Evangelio también que ‘ni un gorrión cae sin que Dios lo sepa’. Semejante perspectiva llena de esperanza porque se ajusta plenamente a lo que anhela el corazón en justicia. Es como si todo se pusiera en su sitio y nada se escapara de su atención. Anima a poner la confianza en quien realmente lo merece, incluso cuando ha tenido lugar una profunda decepción en la vida. Es cuando se coloca esa confianza en su sitio, en Dios mismo, que los psicólogos tienen poco que hacer. El ejemplo de personas de fe de todos los tiempos muestra que la paz interna y la confianza plena pueden ser una firme realidad.

Otro ejemplo que merece ser recondado es cuando David huía de Saúl y tuvo que refugiarse en el desierto de Judá como un vil proscrito. Pero fue precisamente allí donde escribió algunos de sus más bellos salmos. O el ejemplo del profeta Jeremías, quien se vio avocado al desprecio y a la persecución por parte de los que él nunca hubiera imaginado, los mismísimos líderes religiosos de su pueblo Israel. Y tampoco la vida fue un camino de rosas para Jesús de Nazaret, quien al final de su vida terrestre se vio «más solo que la una» y abandonado por todos.

En el caso de todos ellos, cualquiera podría decir que no lo tuvieron nada fácil. Sin embargo, todos tenían en común que desde el mismo principio sabían de quién podían fiarse plenamente y dónde estaba su soporte y referencia vital. Todo esto llena el corazón de gozo y de paz. Pone todo en su sitio, porque muestra que todo lo bueno que hacemos en nuestras vidas, todo el bien impulsado desde nuestro corazón, no pasa totalmente desapercibido, no se pierde en el tiempo para siempre, sino que queda escrito en algún sitio, no solo en nuestro fuero interior, sino cerca de la presencia de Dios, el único que ve mejor que nadie los motivos de nuestro corazón.

Por eso antes de juzgar a otros con demasiada dureza, haríamos bien en recordar las palabras de Jesús:

«No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados».- Lucas 6:37 (LBLA).

Esteban López

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