carrera singular

Suele decirse que uno de los factores que más contribuyen a una vida feliz es tener metas u objetivos concretos o alcanzables. Tener una razón por la cual luchar día a día puede ser un poderoso acicate y todo un estímulo que curta y dignifique la existencia. Por ejemplo aprender un idioma nuevo o vencer asignatura tras asignatura hasta finalizar estudios concretos. Puede venir a la mente esas imágenes memorables de atletas que en la especialidad de su carrera luchan lo indecible hasta llegar a la meta.

Como seres humanos procuramos nuestra felicidad y la de nuestros seres queridos. Como un buen proyecto de vida feliz, el psiquiatra español Enrique Rojas (1949) escribió:

La felicidad consiste en tener un proyecto de vida coherente y atractivo, con cuatro grandes notas en su seno: amor, trabajo, cultura y amistad; ingredientes diversos pero que están unidos por una línea esencial: la ilusión. La felicidad consiste en ilusión”.

En la vida cada uno de nosotros tiene sus propias metas o lo que a veces se ha llamado ‘alcanzar la propia trascendencia‘. Sin embargo, un hombre sabio de la antigüedad, Pablo de Tarso, escribió que existe un tipo de carrera todavía más excelsa:

¿No saben que en una carrera todos los corredores compiten, pero sólo uno obtiene el premio? Corran, pues, de tal modo que lo obtengan. Todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina. Ellos lo hacen para obtener un premio que se echa a perder; nosotros, en cambio, por uno que dura para siempre. Así que yo no corro como quien no tiene meta; no lucho como quien da golpes al aire”. -1ª Corintios 9:24-26, NVI.

Según el Evangelio, hay un derrotero que es toda una oferta de sentido. No es un simple pasatiempo; es un modo de vida que entiende que todo lo que se hace ahora en la vida tiene plena trascendencia en el futuro. Nada hay de “absurdo” en su razón de ser. Por eso, una vez que se ha aceptado en el corazón, una vez que se ha entendido su espíritu y su profundidad, se vive la vida como si fuera una carrera cuya meta es la plena realización de todo ser humano. Una vez que se acepta en el fuero interior, ese derrotero representa una carrera de por vida y para la vida. Da sentido pleno a todo lo que se hace ahora porque se orienta, no solo para una vida de setenta u ochenta años, sino para toda la eternidad. Como muy bien lo había expresado Karl Rahner, “el hombre siempre se tomará lo suficientemente en serio como para no renunciar a un futuro absoluto”.

Por eso alguien con esa clase de meta lucha no para ‘dar golpes en el aire‘; no corre como ‘quien no tiene meta’. Se crece, se avanza, se progresa sabiendo que al final se recogerá el mejor premio.

Ese sentido trascendente hace que sea mucho más fácil fundamentar, por ejemplo, aspectos tan importantes como esforzarse por ser mejor persona, superarse día a día en cualquier ámbito de la vida o ser una ayuda para otros. Fundamenta también, por ejemplo, la razón de ser del derecho y su relación con la justicia, o la ética misma (por qué hacer el bien). La esperanza que ofrece el Evangelio no olvida tampoco a las víctimas de la historia; deja claro que todavía hay asuntos pendientes que resolver y que todos ellos merecen de nuevo otra oportunidad. Por tanto, esa carrera singular incluye también una firme esperanza, la de ver finalmente “nuevos cielos y nueva tierra donde la justicia habrá de morar” (2 Ped. 3:13), la feliz perspectiva de finalmente contemplar cómo al final ‘se pone todo en su sitio‘. No parece mal asunto ese, ¿verdad? De ahí que muchas personas hayan entendido que una carrera así, sí merece la pena correrse. Como escribió Pablo de Tarso a sus amigos de Filipos (Filipenses 3:8, DHH),

A nada le concedo valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por causa de Cristo lo he perdido todo, y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a él”.

Esteban López