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Wolfhart PannenbergWolfhart Pannenberg nació en 1928 en Stettin, en aquel momento ciudad alemana y hoy polaca. Su pensamiento surge del sufrimiento de la II Guerra Mundial; desde entonces concentrará todas sus energías en luchar contra el mal en lugar de insimismarse en él. Realizó estudios en la universidad de Humbolt (Berlin Este), en la de Gotinga, (1948) en la de Basilea (1949), donde es discípulo de Karl Barth, y en la de Heidelberg (1950). Labora en su tesis doctoral sobre J. Duns Scoto y su tesis de habilitación sobre el principio de analogía en el pensamiento medieval. Llega a ejercer como profesor en la Theologishe Hochschule de Wuppertal (1958-1961), en la Universidad de Maguncia (1962-1968), en la de Munich (1968-1993) y es profesor invitado en las universidades de Harvard, Chicago y Claremont.

Aunque cuando era niño sus padres habían abandonado la Iglesia y él personalmente no recibió formación religiosa, Pannenberg llegó a aceptar el cristianismo definitivamente por su encuentro con cristianos coherentes y por una experiencia mística personal al que él llamó “la experiencia de la luz”: mientras volvía un día de recibir clases de piano, se sintió repentinamente inundado por una luz. La reflexión que tiempo después hiciera sobre esa experiencia, le llevó finalmente a interesarse por las grandes preguntas de la existencia humana; al no encontrar respuestas en la filosofía, se decidió a investigar en la tradición cristiana más seriamente de lo que lo había hecho hasta entónces.

Desde sus estudios iniciales ya mostró un interés simultáneo por la filosofía y la teología, característica que será una constante en todo su quehacer intelectual. K. Jaspers, N. Hartmann y K. Löwith figuraron entre sus maestros. Pero los dos filósofos que influenciarían más en su pensamiento fueron Hegel y Dilthey, mientras que Karl Barth y G. Von Rad (intérprete del Antíguo Testamento), le marcarían profundamente como teológos. Pannenberg formó parte del llamado “grupo de Heidelberg” formado en torno a G. Von Rad, pero el grupo se disolvió por discrepancias sobre la resurrección de Jesús. Y es que los miembros del grupo no compartían el énfasis de Pannenberg en la historicidad de ese acontecimiento.

En cierto momento de su vida, Pannenberg tuvo que huir de la Alemania comunista a la Alemania occidental. Más tarde lo harían sus padres también. Es posible que sea esa la razón por la que siempre ha mantenido una posición crítica con el marxismo, una ideología que, según él, fue significativa en el siglo XIX pero anclada en aquel tiempo y sin relevancia para el nuestro. Quizá por eso también ha objetado tanto a la teología de la liberación, por entender que el cristianismo ya tiene sus propios recursos para ser sensible con los pobres.

Fue en 1961 cuando Pannenberg publicó un libro que sorprendió por su novedosa densidad teológica: “La revelación como historia” (Sígueme, Salamanca, 1977). Aunque al principio tuvo un amplio rechazo, con el tiempo su obra suscitó tal interés que numerosas facultades de teología organizaban seminarios para examinar su contenido y alcance. A diferencia de Karl Barth, Pannenberg no ve necesario posicionarse por encima del mundo para hablar de Dios, sino que partiendo desde una humilde posición, la humana, la única que conocemos, su teología es “ascendente”, es decir, intentará elevarse hasta el origen y fundamento de esa realidad que es Dios mismo.

Para semejante labor, el teólogo debe estar dispuesto a dialogar con la filosofía, la historia, la antropología, la sociología y otras ciencias del hombre. En definitiva, el teólogo no puede prescindir de la razón para intentar dar razón de la fe. El cristianismo tiene que argumentar si quiere convencer; sin embargo Pannenberg reconoce que la razón muchas veces fracasa ante las fuerzas instintivas y emocionles del ser humano; pero una fe que reclama para sí la verdad no puede limitarse a simplemente esgrimir la “fe del carbonero.” Debe dar razones aunque eso conlleve esfuerzo conceptual y si ha de ser una respuesta en la sociedades secularizadas. Como escribe el profesor Manuel Fraijó, decano de la facultad de filosofía de la UNED:

Para Pannenberg, la fe no puede ser asunto de valientes arrojos personales. El cristiano no ha sido llamado a heróicos asentimientos fideístas. No se trata de decisiones ciegas, sino de si existen razones que avalen la legitimidad de la fe… Nos topamos aquí con un rasgo esencial de la teología pannenberguiana: su pasión por la argumentación. Su confianza en las posibilidades argumentativas del cristianismo es ilimitada… Ningún teólogo de este siglo confió tanto en la racionalidad y en la argumentación como él. Confianza en la que se siente apoyado por Jesús y Pablo que tampoco se ahorraron la argumentación”.

– “A vueltas con la religión“, Verbo Divino, 1998, pág. 331.

“Pannemberg es a la teología protestante lo que Karl Rahner a la católica. Ambos comprendieron que no es posible hacer teología refugiándose en un ‘espléndido aislamiento’. De ahí que sus teologías mirasen a otros saberes, sobre todo a la filosofía. Pannemberg se adentró también, con increíble poder sistemático, en la antropología, en la historia y teoría de la ciencia y en otras disciplinas afines. Llena de profunda tristeza saber que en sus últimos años, Pannemberg, que tanto había profundizado en los abismos del conocimiento, había olvidado hasta su propio nombre. El Alzheimer no le perdonó. Su muerte llenó de luto y tristeza la teología europea”.

– “Avatares de la creencia en Dios”,   Manuel Fraijó, Trotta 2016.

Una de las tesis de Pannenberg que más discordia causó es que Dios no se manifiesta solo en ciertos acontecimientos aislados, sino en todo lo que ocurre. De hecho nada se explica bien sin Dios y hablar responsabemente de él es relacionarlo con todo lo que acontece. No obstante, en tiempos recientes Pannenberg ha reconocido que Dios aún tiene que acreditarse en la experiencia de la humanidad y que solo al final de la historia concluirán los debates sobre Dios. Sin embargo, la convicción que el teólogo cristiano debe tener en la existencia de Dios no debe evitar que tema someter sus convicciones a un análisis racional objetivo. En ese sentido se podría decir que Pannenberg es uno de los grandes apologetas ilustrados de los últimos años.

Y aunque la última palabra sobre Dios solo se podrá pronunciar al final de la historia, Pannenberg vislumbra una salida airosa: anticipar “provisionalmente” el final de la historia por lo que ya le ocurrió a Jesús de Nazaret: su resurrección, algo que para nosotros todavía está en el futuro; se repetirá a escala universal lo que ya le ha acontecido a Jesús de Nazaret; en ese sentido, Jesús ya ha anticipado ese final, y no estará completo hasta su unión definitiva con la humanidad. Por eso Jesús no tiene solo un significado solamente ejemplar; no solo resucitaremos como Jesús, sino en él. Lo ocurrido a Jesús ofrece confianza. El final será bueno. Como el mismo expresa: “Sin la fe en la resurrección de los muertos y en la resurreción de Cristo, el cristianismo, antes o después desaparecería”.

Sobre la aportación del cristianismo a la sociedad, Pannemberg escribe:

La aportación del cristianismo consiste, ante todo, en aquello que el mundo no puede decirse a sí mismo, es decir, en su mensaje de redención y superación del pecado y de la muerte a través de la cruz y resurrección de Jesús. De esta forma, incluso los problemas profanos de la humanidad cambian de perspectiva, porque dejan de ser los únicos o los más importantes temas de la vida humana.

“La contribución del cristianismo a solucionar los problemas del mundo solo puede consistir en ofrecer al mundo su mensaje religioso sin adaptarlo a la mentalidad secular ni, menos aún, ponerlo al servicio de fines puramente profanos, especialmente políticos”.

Wolfhart Pannenberg, citado en “El sentido de la historia. Introducción al pensamiento de Wolfhart Pannenberg” por Manuel Fraijó, pág. 280, Ediciones Cristiandad.

Sirvan las siguientes palabras del profesor Manuel Fraijó como colofón a esta pequeña introducción sobre Wolfhart Pannenberg:

“Lo que sí ha hecho Pannenberg es confrontar el legado cristiano con la cultura moderna. Y lo ha hecho con energía, brillantéz y rigor. Profundamente alérgico a las modas, se ha centrado siempre en lo esencial. Parte integrante de lo esencial es para él el ecumenismo, al que tantas energías ha consagrado… Pannenberg teme que la teología y la predicación se ocupen cada vez más de temas profanos y marginen lo específicamente cristiano. Le preocupa que los cristianos estén en todos los frentes y contribuyan a solucionar los problemas de la sociedad, pero se queden mudos si alguien les pregunta qué es el cristianismo. Se objetará, tal vez, que esto no es un impulso práctico. Es posible. Pero práctico o no, parece importante. El futuro de la fe cristiana consiste, también, en que sigamos sabiendo qué es el cristianismo. Las tareas de fundamentación, a las que Pannenberg ha dedicado su vida, son irrenunciables. Hoy, desde su recién estrenada jubilación en la universidad de Munich, mirará serenamente hacia atrás: el trabajo realizado ha sido bueno”.

Ibid, 340.

Pannenberg siempre temió que la teología y predicación se ocupen cada vez más de temas profanos y marginen lo específicamente cristiano. Le preocupa que cristianos que abnegadamente están en todos los frentes y contribuyen a solucionar los problemas de la sociedad se queden mudos si alguien les pregunta qué es el cristianismo. Coincido con Pannenberg: el futuro de la fe cristiana consiste en que sigamos sabiendo qué es el cristianismo… Si el cristianismo desea perdurar, tendrá que argumentar su fe. Sin una cierta pasión por la argumentación no es posible otorgar valor intersubjetivo a la esperanza y fe cristianas… No basta, creo, con apelar a la experiencia personal. En asunto tan esencial nada puede ser solo subjetivo… Tampoco es suficiente la huida al compromiso social o humanitario, ni es posible refugiarse en el fideísmo. Es verdad que hay quien cree sin razones ni argumentación; algo respetable, pero no deseable… Muchos cristianos dieron por perdida la batalla del pensamiento y se refugiaron en la emoción, la liturgia y el compromiso… Considero que una rendición generalizada en el ámbito de la razón no haría justicia a la herencia genuinamente cristiana… el cristianismo debería aceptar de buen grado los humildes servicios de la razón. Horkheimer decía de que la razón se preocupa de que no nos ‘timen’. Y, como muestra la historia, los timos en el ámbito religioso pueden revestir especial gravedad”.

– Manuel Fraijó, “Avatares de la creencia en Dios“, pág. 49. Trotta, 2016.

Bibliografía:

– Diccionario de teólogos contemporáneos, Juan Bosch, Editorial Monte Carmelo, 2004.
– A vueltas con la Religión, Manuel Fraijó, Verbo Divino, 1998.

Entre las muchas obras de Wolfhart Pannenberg, cabe destacar Revelacion como historia (1963), Fundamentos de cristologia (1964), Antropología en perspectiva teológica (1983), Una historia de la filosofía desde la idea de Dios 2001, y Teoría de la ciencia y teología, 1981. Una excelente introducción al pensamiento de Pannemberg es la que se encuentra en el libro de Manuel Fraijó “El sentido de la historia. Introducción al pensamiento de Wolfhart Pannenberg, Madrid, 1986, Ediciones Cristiandad.

Esteban López