
Pudiera haber circunstancias en la vida en las que uno se viera absolutamente solo. La vida da muchas vueltas y los amigos que uno creía verdaderos pueden “volar” por razones varias, a menudo cuando acontece adversidad y cuando más apoyo se necesita. Y es que la experiencia muestra que a veces hay mucho de relativo y temporalidad en las relaciones humanas. Por eso se suele decir que quien tiene un amigo, uno de verdad, “tiene un tesoro”. O como dice la Escritura, el amigo verdadero es aquel que siempre está cerca, “en todo tiempo«.
La soledad puede tener lugar también cuando sobreviene una larga enfermedad. Sólo quienes han pasado por ello lo saben realmente; cuando tiene lugar un agrio divorcio, que puede ser una experiencia atroz; por la muerte de un cónyuge amado, o por alguna causa de marginación social o ideológica, etc. Resulta chocante también que se haya dicho que la mayoría de las personas que más solas se sienten viven en las grandes ciudades, y que muchas de ellas son ya de edad avanzada. En un reciente informe radiofónico se decía que sólo en la ciudad de París, la mitad de la población vive sola o con una mascota. Muchas sociedades han establecido arreglos de asistencia social para atender las necesidades físicas y afectivas de muchas de esas personas. Pero es sobre todo en el núcleo familiar donde muy a menudo encuentran el apoyo y el afecto que tanto necesitan.
Un sentimiento de extrema soledad puede tener lugar también cuando una relación matrimonial se deteriora tanto, que la convivencia diaria se convierta en algo extremadamente difícil. Suele ocurrir que el crecimiento como pareja haya sido desigual, que cada uno haya evolucionado de modo diferente en su modo de pensar y hayan llegado a perspetivas existenciales totalmente divergentes. Pero eso en realidad es algo que no ocurre de la noche a la mañana sino que va produciéndose de manera progresiva, día a día. Es como ir añadiendo ladrillo a ladrillo a un muro cada vez más alto y real de incomunicación donde cada uno vive su vida independientemente del otro. Suele ocurrir que apenas hay expresiones de cariño o afectivas, y nula sexualidad. Es verdad que el divorcio puede ser una solución a esa clase de conviviencia absurda, pero no todas las parejas pueden permitírselo por tener a que afrontar gastos económicos conjuntamente. Y es mucho peor si hay niños de por medio. De modo que viven juntos pero «divorciados» en el día a día. El resultado puede ser una profunta sensación de soledad a pesar de que oficialmente se viva en una relación «estable». Y sin embargo, hay que decir que esa sensación de extrema soledad suele ser causa de gran infelicidad. Hemos sido creados para dar y recibir cariño y amor sincero en reciprocidad, pero cuando eso falta la soledad invade y no sentirse querido puede hacer que se llegue incluso a enfermar. Como escribió Joan Marsé (1933-2020), Premio Cervantes en 2008,
“Si lo piensas bien, lo único que se necesita en esta vida es un poco de calor en el momento adecuado, un poquitín nada más, ¿no crees?”
Otro ejemplo en el que podría instalarse un profundo sentido de soledad es cuando tiene lugar una ruptura o decepción amorosa. Es posible que la persona haya invertido mucho emocionalmente en una relación, para descubrir finalmente que fue víctima de una ilusión que al final se desvaneció. Eso puede partir el corazón hasta tal grado que se necesite incluso ayuda psicológica para superarlo con éxito y poder retomar de nuevo las riendas de su propia vida. Es verdad que en muchos casos la experiencia enseña a ser más fuerte, pero eso no significa que se puedan tener momentos de extrema soledad.
Ser despedido de un trabajo donde uno había sido reconocido durante años por su labor y buen hacer, también suele ser un trauma que conduzca a un profundo sentimiento de soledad. Uno percibe que se había estado trabajando en una organización que al final trata a la gente como un número del que se puede prescindir fríamente. Y normalmente los «compañeros» con los que se colaboró durante años suelen «desaparecer», lo que hace que uno se dé cuenta de lo relativo que es todo aunque haya ocupado puestos de responsabilidad. Suele aquí aparecer también un profundo sentimiento de soledad así como la incompresión de quienes lo valoraban a uno por el puesto que ocupaba, no por sus cualidades humanas.
Es la soledad impuesta, la no deseada y a menudo producida por alguna decepción en el trato con otros en el pasado. Como decía la leyenda escrita en la camiseta de una joven: «La música es mejor que las personas«.
Una amable lectora que trabaja en un instituto de enseñanza media en un país europeo fuera de España, me escribió cuando leyó este artículo y me hizo ver un nuevo tipo de soledad. Decía en parte su escrito,
«Esta mañana me llamó la atención su artículo sobre la soledad. Me hizo pensar en una curiosa reflexión sobre otro tipo de soledad. Me refiero a una que no parece existir en la superficie, sino que está ahí debajo. Los cambios de las últimas décadas, me refiero a la gran revolución digital, probablemente estén transformando nuestros hábitos. Vivimos en un mundo donde la gente se siente cada vez más conectada, pero a menudo más sola.
«Las generaciones más jóvenes parecen mucho más frágiles que las anteriores. Por supuesto, esto es sólo una reflexión personal, surgida de observar atentamente lo que sucede a mi alrededor. Trabajo en un instituto con alumnos de entre 11 y 14 años. Lo que emerge es la gran fragilidad de esta nueva generación. Parecen tenerlo todo, pero siempre parece faltar algo.
«Para concluir esta reflexión, bastante larga y quizás un poco aburrida, añadiré algo divertido. He notado que últimamente, cuando los niños discuten, lo primero que dicen es: «Te bloqueo en WhatsApp». Cuando iba al instituto, solíamos decir: «No te hablaré más». Ahora el castigo es digital«.
Reflexiones
Pero la soledad impuesta por las circunstancias de la vida no tiene por qué ser una cadena perpetua. Si se busca buena compañía es casi seguro que se consigue. De hecho son muchas las personas que han podido dejar de estar solas quizá al comenzar alguna nueva relación afectiva, al relacionarse con nuevos amigos en algún tipo de asociación cultural o deportiva o encontrar un nuevo trabajo.
Por otro lado, la soledad no impuesta, la elegida voluntariamente, no tiene por qué ser tan mala. Julián Marías lo expresa muy bien cuando dice:
“Ahora tiene mala prensa la soledad, y cuando es impuesta y permanente es sin duda atroz, uno de los grandes males de nuestra época. Pero sin ciertas dosis de soledad no se puede hacer nada interesante, ni siquiera estar con los demás: la compañía real entre personas no se logra más que cuando se prepara en largas soledades. Hace falta espera, soledad, ejercicio de imaginación, proyección, anticipación de un futuro que se espera imaginándolo”.
Susan Horowitz Cain (1968) es una escritora y conferenciante estadounidense, y autora del libro de 2012 Quiet: The Power of Introverts in a World That Can’t Stop Talking, (Silencio: el poder de los introvertidos en un mundo que no puede dejar de hablar) que sostiene que la cultura occidental moderna malinterpreta y subestima los rasgos y las capacidades de las personas introvertidas. Ella dice que «la soledad es importante. Para algunas personas es el aire que respiran». Y en una reseña de su libro se dice:
«Esta obra presenta la situación de las personas introvertidas inmersas en un mundo ruidoso, en donde la extroversión es premiada. La autora hace una defensa de la introversión, rescatando cualidades favorecedoras que tiene esta forma de carácter, tanto en el ámbito social como personal. Brinda estrategias para lograr una mejor integración al mundo… Los introvertidos son hombres y mujeres que prefieren escuchar antes que hablar, trabajan mejor solos que en equipo y suelen ser discretos con sus méritos y sus logros. En un mundo que potencia el ideal extrovertido, ha llegado el momento de reivindicar las virtudes de la introversión, fundamentales para que la sociedad progrese. Con esta lucida obra, Susan Cain destierra unos cuantos prejuicios, y establece un elogio justificado y documentado de las personas introvertidas, que son mas creativas, decididas y disfrutan de un mundo interior mas rico y reposado«.
Sin embargo, si a pesar de todo, la sensación de soledad se hace a veces insoportable, quizá podría recordarse que grandes hombres en la historia también sintieron el frío acero del sentimiento de estar absolutamente solos. Hasta Jesús de Nazaret que había estado siempre tan acompañado de grandes muchedumbres “se quedó más solo que la una”. Todos volaron. Como dice el evangelio, «todos lo abandonaron» cuando fue arrestado. En poco tiempo pasó de ser una estrella a un paria. Sin embargo aprendió a afrontar su situación con sentido de la realidad y con suficiente hombría como para no desfallecer completamente. Por su enseñanza y obra, animó a que nadie se compadeciera de sí mismo, que fuera un adulto en sentido espiritual y a que no tuviera que depender nunca de nadie que no fuera Dios mismo.
Es verdad que en una sociedad tan secular como la que vivimos, la idea de confiar en Dios puede parecer extraña o anticuada. Sin embargo, lejos de que haya perdido su vigencia, el espíritu de las enseñanzas de Jesús de Nazaret sigue ofreciendo precisamente eso, la oportunidad de una relación personal con Dios como fuente de toda esperanza y fortaleza. Es ahí donde precisamente radica su seria oferta de sentido. Como lo expresó él mismo:
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo«.- Juan 14:27, RVR1995.
Por diversas causas, el sentimiento de soledad invade el corazón de muchas personas y, según las circunstancias, esa soledad puede llegar a ser muy real y atroz. Quizá por eso Octavio Paz decía que «al final, el hombre está solo«. Pero el corazón humano tiene también sus propios recursos, y es posible transformar el sentimiento de soledad en una firme paz interior, sobre todo si se ha aprendido a ser autosuficiente emocionalmente y a mantener una perspectiva espiritual en todas las cosas.
Una soledad buscada donde la reflexión, la meditación y la oración a Dios prevalezcan, puede ser una protección para nuestra paz interior en medio de tanto ruído en un mundo tan agresivo y falto de espitualidad como el nuestro. Como escribió Thomas Merton (1915-1968),
“La soledad es una manera de defender el espíritu contra el ruido asesino de nuestro materialismo”.
En definitiva, aprender a relativizar tantas cosas superfluas de este mundo y a saber disfrutar de la propia soledad. Por eso Blaise Pascal llegó a decir también que «el corazón sabe de cosas que la razón ignora«. Así mismo, Teresa de Ávila sentía que necesitaba más bien pocas cosas y que al final y en todo «solo Dios basta«. O como lo expresó el salmista: «Aunque mi propio padre y mi propia madre de veras de me dejaran, Dios mismo me acogería» (Salmo 27:10,TNM). Con una convicción interna así, no es extraño tampoco que cuando la adversidad le punzaba, cuando parecía que estaba ‘más solo que la una’, Jesús de Nazaret dijera: “Ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo”. – Juan 16:32, Nueva Biblia de Jerusalén.
Esteban López