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la-gran-depresiónEn su obra “El Crac del 29“, el economista estadounidense John Kenneth Galbraith afirmaba que sería muy difícil que una crisis económica como la que tuvo lugar en 1929 pudiera volver a repetirse, pues existían ya suficientes mecanismos de control que podrían evitarla. Por supuesto, esto sería así siempre y cuando esos mecanismos de control por parte de los gobiernos se respetaran.

Pero parece que minusvaloró un grave riesgo existente: la avaricia humana. El caso es que en años recientes, una grave y profunda crisis financiera ha asolado a una buena parte de países del mundo sin que nadie en absoluto lo hubiera esperado o previsto con suficiente antelación. Sin un esfuerzo sincero de control definitivo en el que se dé consideración seria a una mayor solidaridad internacional, de poco sirve buscar ahora culpables o causas directas, sobre todo cuando ha habido ya tan enorme sufrimiento en millones de personas de todo el mundo.

Por ejemplo, la situación de crisis económica que sufre desde hace años España, no puede referirse solo a la macro economía, o a simples datos de bolsa o de banca. Existe detrás de ella un profundo drama social y humano. La experiencia ha mostrado una vez más que el sistema no funciona. El sufrimiento que la crisis ha causado en miles de personas y familias afectadas ha llevado a la desesperanza de muchas de ellas, además de a un aumento de separaciones matrimoniales, divorcios, depresiones, alcoholismo y suicidios. Personas que nunca lo hubieran imaginado, se han visto obligadas a acudir a centros de asistencia o a organizaciones caritativas solo para poder conseguir los alimentos más básicos. Muchas incluso fueron desahuciadas de sus hogares porque el sistema existente aplicó el legalismo de turno sin que se les ofreciera la menor alternativa ni el apoyo que necesitaban. Algo así es un verdadero trauma para quien lo sufre porque no se trata solo del hogar donde se vive, sino de la vida misma de las personas. El miedo y la incertidumbre son los sentimientos más generalizados, sobre todo para padres de familia en el paro laboral o para jóvenes que no ven claro su futuro. En una sociedad en crisis económica pero al mismo tiempo tan competitiva, lo que impera a menudo es la supervivencia del más apto, donde casi siempre suelen ser los más débiles los que se llevan la mayor parte del sufrimiento.

Pero el miedo también está instalado en los que trabajan, porque no saben cuánto tiempo les durará esa situación “privilegiada”. Y es que a menudo el mundo de la empresa representa a una sociedad donde el ser humano es tratado como un simple número, donde la productividad, la competitividad y el frío utilitarismo destrozan vidas como quien tira un papel a la basura con total indiferencia y brutalidad. Pero quizá lo que más náuseas provoca es la facilidad con que todo, absolutamente todo se puede justificar, argumentar y manipular. Es el drama real, lacerante y profundamente doloroso de la crisis económica, esa que cuando tiene lugar está ahí día a día y que tantas personas sufren y padecen la mayoría de las veces en completo silencio. 

Además, la situación de crisis hace que haya una tremenda presión psicológica y real para que haya más producción y el resultado es una mayor explotación y opresión sobre los trabajadores. El concepto de “dignidad” simplemente no existe en algunos entornos y los abusos existentes convierten a las personas en seres frágiles y asustadizos, obligados a tener que soportar una y otra vez vejaciones y humillaciones. Quizá por eso, Henry David Thoreau (1817-1862) escribió que “casi todas las personas viven la vida en una silenciosa desesperación”.

Lo que sigue es una escena del film Up in the air, de Jason Reitman. 2009. Se estrenó casi al principio de la recesión económica. Como una obra premonitoria, el eje central de la trama es el de un tipo extraño con una difícil y cruenta tarea: echar a la gente a la calle, despedirlos con total indiferencia y frialdad después de que durante años hubieran dado lo mejor de ellos en las empresas donde habían estado trabajando. Y sobre todo llama la atención cómo todo eso se pretende justificar con simples falacias. El film es una durísima crítica a una sociedad fría y utilitarista donde el ser humano es solo un “recurso“, un simple número del que se puede prescindir cuando el sistema financiero simplemente deja de funcionar y la realidad social es “sálvese quien pueda“, destrozando así las vidas de tantas personas.

Desde 2008 se celebra la Jornada Mundial por el Trabajo Decente el 7 de octubre. No está mal como esfuerzo y proclama. Pero la realidad sigue asustando. Por ejemplo, según Cáritas siguen siendo atendidas en España miles de familias en sus necesidades más básicas, aunque en muchas de ellas por lo menos uno de sus miembros trabaja. Y aún así, siguen necesitando ayuda debido a sueldos míseros e insuficientes.

Cáritas afirma que la recuperación económica sigue siendo irreal para miles de personas. Se crea empleo, pero con sueldos insuficientes e indignos para cubrir las necesidades más básicas.

Mientras esa situación de penuria para tantas personas siga existiendo, los políticos y sus discursos sonarán huecos e irreales, alejados por completo de las personas y de su vida real. Porque pocas cosas son más humillantes que trabajar largas jornadas y aún así no poder cubrir lo básico para tu vida y la de los tuyos.

Reconocer eso nada tiene que ver con ser de derechas o de izquierdas; es solo constatar la realidad: el sufrimiento silencioso de tantas personas cuya existencia se mueve entre el temor, la incertidumbre y una ansiedad que día a día va consumiendo sus vidas. Y nada tiene de consuelo que sean muchos más los millones de personas en el mundo que todavía están en una situación mucho peor. Siguen vigentes por tanto aquellas palabras escritas por el sabio:

Todo esto he visto, y he puesto mi corazón en toda obra que se hace bajo el sol, cuando el hombre domina a otro hombre para su mal“. – Eclesiastés 8:9, LBLA.

Pero hay otra cuestión a considerar, y es el papel de la política en todo esto. Porque cuando la política no camina de la mano junto con la ética, cuando asoman constantemente casos de corrupción o de injusticia, cuando se conculcan derechos básicos, cuando el político en plena crisis económica lleva una vida cómoda y deja de percibir el sufrimiento de la mayor parte de la población distanciándose fríamente de ella, es entonces cuando la gente se descorazona, pierde la confianza o simplemente se rebela. De ahí que partidos políticos aparentemente sólidos dejen de recibir el apoyo que anteriormente tuvieron. Como se ha dicho tantas veces, “las revoluciones tienen lugar en los callejones sin salida”.

El video que se muestra a continuación corresponde a la intervención de la ministra italiana de trabajo Elsa Fornero cuando tiene que informar sobre las penurias y sacrificios que se avecinan para la mayor parte de la población. Es el 4 de diciembre del año 2011. Sabiendo lo que se aproxima, apenas puede explicarse y sin poder remediarlo rompe a llorar. Seguramente ella no viviría la crisis económica como la mayoría de sus conciudadanos, pero su gesto es por lo menos la expresión de alguien sensible y responsable que entiende el terrible sufrimiento por el que tendrían que pasar tantas personas por culpa de una atroz crisis económica: pérdida de miles de empleos, de negocios propios, de propiedades, de poder adquisitivo incluso para cubrir las necesidades básicas, en definitiva, más pobreza para la mayoría de la gente. Su reacción no surge de la debilidad, sino de la compasión y la empatía. Más políticos deberían sentirse igual y desterrar esa fría y distante lejanía de las verdaderas necesidades de la gente.

Lo que sigue es el artículo de El País del 5 de diciembre de 2011 sobre ese momento:

La ministra no quiso llorar, pero lloró. Y sus lágrimas no buscadas, su gesto sincero de dolor, trazaron una frontera entre un antes y un después. Antes de las lágrimas de la ministra Elsa Fornero tal vez los italianos –como los españoles, como los franceses— no eran del todo conscientes de que, para salir de la crisis, será necesario hacer sacrificios. Ya sí lo saben. Se lo ha dicho, a corazón abierto, la profesora Fornero, catedrática de Economía Política de la Universidad de Piamonte, fundadora del CERP (un prestigioso centro de investigación europeo en políticas de pensiones y seguridad social), una mujer que a sus 63 años no había sentido nunca la tentación de la política hasta que su país –al borde del precipicio—se lo pidió… Es el dolor de alguien que, desde el conocimiento, ha vislumbrado lo oscuro del túnel y a esa hora de la noche del domingo –después de muchas horas de trabajo— tal vez puso rostro a uno de esos pensionistas que tan bien conoce y que, a partir de ahora y por culpa de la maldita crisis, se les vuelve a complicar la vida… Las lágrimas de la ministra de Trabajo, a tenor de lo leído en la prensa italiana, marcan también otra frontera. La de la credibilidad. La de la credibilidad de los ciudadanos hacia la política, tan desprestigiada en Italia –como en España, como en Francia— por quienes la han convertido en un modo de vida y no de servicio. “También los técnicos tienen un alma”, es la primera frase del análisis de Filippo Ceccarelli en la portada de La Repubblica. Ahí está el descubrimiento… Y ahí la otra frontera: además de capear el temporal de la crisis, el Gobierno de Monti tiene la oportunidad de inocular en los políticos la necesidad de establecer una relación más sincera con los ciudadanos, y en los ciudadanos la posibilidad de volver a creer en la política. De que la tierra de la política, tanto tiempo esquilmada por quienes solo la utilizaron a su antojo, puede volver a ser fértil y útil. Las lágrimas de la ministra Fornero –lejos de avergonzarla a ella y a su Gobierno— vienen a regar el futuro.- El País, 5 de diciembre de 2011.

Garrigues

Comentando sobre una de las principales causas por la que se han producido las crisis económicas y que tanto sufrimiento han traído, Antonio Garrigues Walker ( Madrid 1934), político y jurista español afirmó en una entrevista:

“La gente ya no quiere ganar solamente 3 o 4 por ciento, ni el 10, sino el 15, el 25 o incluso el cien. La codicia no tiene límite. La próxima crisis económica, aunque nadie lo crea, va a tener también origen financiero, porque el control a escala global de ese mundo sigue siendo muy débil. Si Estados Unidos vuelve a entrar en crisis nos veremos dañados. Y no nos olvidemos de que en el mundo económico los que tienen el control son los anglosajones; tienen las dos bolsas financieras, tienen las agencias de calificación, tienen los diarios más influyentes. Tienen el idioma y el expertise. Lo tienen todo.” – Forbes, mayo 2015.

He aquí el quid de la cuestión: la inveterada y pertinaz avaricia humana, la que según parece es tan difícil de controlar y que hace que las principales víctimas sean siempre los más débiles y vulnerables. Se impone por tanto, hoy más que nunca, que se fortalezcan mecanismos de control apropiados por parte de los gobiernos, las entidades políticas y jurídicas para que la avaricia humana no siga produciendo despiadadas crisis económicas causantes de tanto sufrimiento individual. Eso debería incluir más educación e inculcar valores éticos sólidos en la gente, en las nuevas generaciones, en aras de que toda la sociedad asuma la responsabilidad colectiva de procurarse el mayor bien recíproco y lograr así una mayor calidad de vida para todos.

Esteban López

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