El perdón como olvido

 

perdónDice el dicho que «de un árbol caído todo el mundo hace leña«. Puede verse eso a veces en la vida social, política o en otros entornos. El mínimo error de alguien hace a menudo que se destroce por completo su reputación y que se arruine su buen nombre, en ocasiones con verdadero ensañamiento y sin ninguna misericordia.

También en las relaciones familiares o de amistad, si alguien se equivoca o comete un error, el rigor y la dureza con que se enjuicia al cónyuge, al amigo o al hermano es a menudo contundente y desamorado, sin dejar espacio apenas para el perdón sincero.

Y es que a veces somos justos en demasía. Juzgamos con prontitud a los demás sin conocer todos los detalles o circunstancias de sus acciones, y nos erigimos como jueces rigurosos e implacables.

Es muy interesante, sin embargo, la definición de perdón según el Diccionario de la Lengua Española:

«Olvidar [una persona] la falta que ha cometido otra persona contra ella o contra otros y no guardarle rencor ni castigarla por ella, o no tener en cuenta una deuda o una obligación que otra tiene con ella («perdonar una deuda»)».

De modo que perdonar es olvidar, pero olvidar de verdad. Como lo expresa Enrique Rojas (1949), médico psiquiatra español, en el caso de desavenencia entre dos personas:

«El perdón es fundamental, pero el perdón significa, por un lado, «Te perdono, me perdonas»: recibir el perdón de la otra persona, y, después, me esfuerzo por olvidar. Cuando una persona dice: «Perdono, pero no olvido», eso no es casi nada. El perdón se acompaña, a corto plazo, de un esfuerzo por no recordar esas páginas negativas».

Un contraste refrescante

Es en el evangelio donde se muestra que a menudo «el modo en que el hombre mira, no es el modo en que mira Dios«.

Por ejemplo, la parábola del hijo pródigo es toda una lección que invita a pensar seriamente acerca del modo en que solemos juzgar a otros. Se recomienda su lectura tranquila y meditada. Dice el registro:

«Un hombre tenía dos hijos. Un día, el hijo más joven le dijo a su padre: “Papá, dame la parte de tu propiedad que me toca como herencia”. Entonces el padre repartió la herencia entre sus dos hijos.

«A los pocos días, el hijo menor vendió lo que su padre le había dado y se fue lejos, a otro país. Allá se dedicó a darse gusto, haciendo lo malo y gastando todo el dinero. Ya se había quedado sin nada, cuando comenzó a faltar la comida en aquel país, y el joven empezó a pasar hambre. Entonces buscó trabajo, y el hombre que lo empleó lo mandó a cuidar cerdos en su finca. Al joven le daban ganas de comer aunque fuera la comida con que alimentaban a los cerdos, pero nadie se la daba.

«Por fin comprendió lo tonto que había sido, y pensó: “En la finca de mi padre los trabajadores tienen toda la comida que desean, y yo aquí me estoy muriendo de hambre. Volveré a mi casa, y apenas llegue, le diré a mi padre que me he portado muy mal con Dios y con él. Le diré que no merezco ser su hijo, pero que me dé empleo, y que me trate como a cualquiera de sus trabajadores.” Entonces regresó a la casa de su padre.

«Cuando todavía estaba lejos, su padre corrió hacia él lleno de amor, y lo recibió con abrazos y besos. El joven empezó a decirle: “¡Papá, me he portado muy mal contra Dios y contra ti! ¡Ya no merezco ser tu hijo!” Pero antes de que el muchacho terminara de hablar, el padre llamó a los sirvientes y les dijo: “¡Pronto! Traigan la mejor ropa y vístanlo. Pónganle un anillo, y también sandalias. ¡Maten el ternero más gordo y hagamos una gran fiesta, porque mi hijo ha regresado! Es como si hubiera muerto, y ha vuelto a vivir. Se había perdido y lo hemos encontrado». Y comenzó la fiesta. 

«Mientras tanto, el hijo mayor estaba trabajando en el campo. Cuando regresó, se acercó a la casa y oyó la música y el baile. Llamó a uno de los sirvientes y le preguntó: ‘¿Qué pasa?El sirviente le dijo: “Es que tu hermano ha vuelto sano y salvo, y tu papá mandó matar el ternero más gordo para hacer una fiesta». Entonces el hermano mayor se enojó mucho y no quiso entrar. Su padre tuvo que salir a rogarle que entrara. Pero él, muy enojado, le dijo: 

“He trabajado para ti desde hace muchos años, y nunca te he desobedecido; pero a mí jamás me has dado siquiera un cabrito para que haga una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que vuelve ese hijo tuyo, después de malgastar todo tu dinero con prostitutas, matas para él el ternero más gordo!” El padre le contestó: “¡Pero hijo! Tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo. ¡Cómo no íbamos a hacer una fiesta y alegrarnos por el regreso de tu hermano! Es como si hubiera muerto, pero ha vuelto a vivir; como si se hubiera perdido, pero lo hemos encontrado».

– Lucas capítulo 15:11-32, Traducción al lenguaje actual, TLA.

Esta Parábola del Hijo Pródigo muestra que solo Dios es el verdadero juez de todos y que cuando el arrepentimiento de alguien es realmente sincero, su misericordia no tiene límites. Nosotros juzgamos superficialmente. Dios en cambio, como gran conocedor del corazón humano, es el que realmente puede evaluar hasta lo más recóndito, sin equivocarse en absoluto. Pero por si fuera poco, es que además, perdona.

«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?», preguntó Pedro. «Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Es decir, se nos anima a imitar a Dios y si hay arrepentimiento sincero, perdonar siempre. No es de extrañar que Hannah Arendt (1906-1975) dijera que «el descubridor del papel del perdón en la esfera de los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret. El hecho de que hiciera este descubrimiento en un contexto religioso no es razón para tomarlo con menos seriedad en un sentido estrictamente secular». – A vueltas con la religión, Manuel Fraijó, EVD, 2005.

Pero alguien podría decir, «bueno, bueno, pero es que en esta sociedad nuestra las cosas no suelen ser así«. Es verdad, por eso el cristianismo es rompedor y se nos invita a que el espíritu y buena voluntad venza por completo al resentimiento. Por ejemplo, en un mundo en el que parece que se pleitea más que nunca, hay un concepto que supera por mucho al de “a cada uno lo suyo”. Es la “ley del amor”, de Jesús de Nazaret: una invitación a más actos de conciliación entre las partes que a la despiadada lucha en los tribunales. He ahí lo elevado de su impulso positivo.

Por cierto, en cierta ocasión el rey David de Israel pecó contra Dios. Entonces se le dio a elegir entre tres clases de castigos, dos procedentes del hombre y uno procedente de Dios. La respuesta de David fue clara: “prefiero el castigo directo de parte de Dios que el de los hombres, porque grandes son sus misericordias” (2º Samuel 24).

Esteban López

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