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perdónDice el dicho que “de un árbol caído todo el mundo hace leña“. Puede verse eso a veces en la vida social, política o en otros entornos. El mínimo error de alguien hace a menudo que se destroce por completo su reputación y que se arruine su buen nombre, en ocasiones con verdadero ensañamiento y sin ninguna misericordia. Y es que a veces somos justos en demasía. Juzgamos con prontitud a los demás sin conocer todos los detalles o circunstancias de sus vidas. Los llamamos ‘pecadores‘ o de otras maneras horribles cuando la verdad es que solo Dios es el que conoce bien el corazón humano y el que debería decidir  sobre eso. En lugar de dejar que sea Él quien se encargue del asunto, a menudo nos erigimos como jueces rigurosos, implacables e inmisericordes.

Sin embargo, en el evangelio se muestra que “el modo en que el hombre piensa, no es el modo en que piensa Dios”. Por ejemplo, la manera que tenía Jesús de enseñar en su día, dice el registro que “era diferente“. Transmitía tanta profundidad espiritual, comprensión y amor que la gente se sentía atraída y simplemente no podía evitar acercarse a escucharle. En ese sentido, era un verdadero contraste en relación a los líderes religiosos de su día. Daba la sensación de que sus palabras curaban ya hasta la heridas más profundas del alma. Y se acercaban toda clase de gentes, incluso personas despreciadas por los fariseos, que iban de muy justos a sus propios ojos.

La parábola del hijo pródigo es toda una lección que invita a pensar profundamente acerca del modo en que solemos juzgar a otros. Se recomienda su lectura tranquila y meditada. Dice el registro:

Mientras Jesús enseñaba, se le acercaron muchos de los que cobraban impuestos para el gobierno de Roma, y también otras personas a quienes los fariseos consideraban gente de mala fama.

“Al ver esto, los fariseos y los maestros de la Ley comenzaron a criticar a Jesús, y decían: “Este hombre es amigo de los pecadores, y hasta come con ellos”.

Para que pudieran entender la gravedad del asunto, Jesús les explica varias ilustraciones, entre ellas, la que se conoce como el la Parábola del Hijo Pródigo. Dice así:

Un hombre tenía dos hijos. Un día, el hijo más joven le dijo a su padre: “Papá, dame la parte de tu propiedad que me toca como herencia.” Entonces el padre repartió la herencia entre sus dos hijos.

A los pocos días, el hijo menor vendió lo que su padre le había dado y se fue lejos, a otro país. Allá se dedicó a darse gusto, haciendo lo malo y gastando todo el dinero.

Ya se había quedado sin nada, cuando comenzó a faltar la comida en aquel país, y el joven empezó a pasar hambre. Entonces buscó trabajo, y el hombre que lo empleó lo mandó a cuidar cerdos en su finca. Al joven le daban ganas de comer aunque fuera la comida con que alimentaban a los cerdos, pero nadie se la daba.

Por fin comprendió lo tonto que había sido, y pensó: “En la finca de mi padre los trabajadores tienen toda la comida que desean, y yo aquí me estoy muriendo de hambre. Volveré a mi casa, y apenas llegue, le diré a mi padre que me he portado muy mal con Dios y con él. Le diré que no merezco ser su hijo, pero que me dé empleo, y que me trate como a cualquiera de sus trabajadores.” Entonces regresó a la casa de su padre.

prodigo“Cuando todavía estaba lejos, su padre corrió hacia él lleno de amor, y lo recibió con abrazos y besos. El joven empezó a decirle: “¡Papá, me he portado muy mal contra Dios y contra ti! ¡Ya no merezco ser tu hijo!”

Pero antes de que el muchacho terminara de hablar, el padre llamó a los sirvientes y les dijo: “¡Pronto! Traigan la mejor ropa y vístanlo. Pónganle un anillo, y también sandalias. ¡Maten el ternero más gordo y hagamos una gran fiesta, porque mi hijo ha regresado! Es como si hubiera muerto, y ha vuelto a vivir. Se había perdido y lo hemos encontrado”.

“Y comenzó la fiesta.

Mientras tanto, el hijo mayor estaba trabajando en el campo. Cuando regresó, se acercó a la casa y oyó la música y el baile.  Llamó a uno de los sirvientes y le preguntó: “¿Qué pasa”?

El sirviente le dijo: “Es que tu hermano ha vuelto sano y salvo, y tu papá mandó matar el ternero más gordo para hacer una fiesta”.

Entonces el hermano mayor se enojó mucho y no quiso entrar. Su padre tuvo que salir a rogarle que entrara. Pero él, muy enojado, le dijo: “He trabajado para ti desde hace muchos años, y nunca te he desobedecido; pero a mí jamás me has dado siquiera un cabrito para que haga una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que vuelve ese hijo tuyo, después de malgastar todo tu dinero con prostitutas, matas para él el ternero más gordo!”

El padre le contestó: “¡Pero hijo! Tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo. ¡Cómo no íbamos a hacer una fiesta y alegrarnos por el regreso de tu hermano! Es como si hubiera muerto, pero ha vuelto a vivir; como si se hubiera perdido, pero lo hemos encontrado”. 

– Lucas capítulo 15:11-32, Traducción al lenguaje actual, TLA.

La Parábola del Hijo Pródigo muestra que solo Dios es el verdadero juez de todos y que cuando el arrepentimiento de alguien es realmente sincero, su misericordia no tiene límites. Nosotros juzgamos superficialmente. Dios en cambio, como gran conocedor del corazón humano, es el que realmente puede evaluar hasta lo más recóndito, sin equivocarse en absoluto. No es de extrañar que Hannah Arendt (1906-1975) dijera que “el descubridor del papel del perdón en la esfera de los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret. El hecho de que hiciera este descubrimiento en un contexto religioso no es razón para tomarlo con menos seriedad en un sentido estrictamente secular”. – A vueltas con la religión, Manuel Fraijó, EVD, 2005.

Por cierto, en cierta ocasión el rey David de Israel pecó contra Dios. Entonces se le dio a elegir entre tres clases de castigos, dos procedentes del hombre y uno procedente de Dios. La respuesta de David fue “prefiero el castigo directo de parte de Dios que el de los hombres, porque grandes son sus misericordias” (2º Samuel 24).

Esteban López