
La cruz fue el instrumento de muerte que se usó para matar a Jesús de Nazaret. Provenía de la antigua costumbre de empalamiento, ya que la palabra griega ‘stauros’ significa palo o estaca vertical. Los persas, los fenicios, los griegos, los cartagineses y sobre todo los romanos la usaron a menudo como instrumento de ejecución de toda clase de criminales.
Además de la ‘crux simplex’ o palo vertical se usaban la ‘crux commisa’ en forma de T mayúscula y la ‘crux inmisa’, en la que el palo vertical, de unos dos metros y medio, sobresalía del horizontal (patibulum). Solía tener también un saliente de madera o ‘sedile’ que servía de asiento para sostener el cuerpo del crucificado y prolongar así su agonía.
Los escritores romanos afirman que ‘la crucifixión era el suplicio más cruel y doloroso de todos’. Solía aplicarse a esclavos y libres no romanos por crímenes de robo, homicidio, traición o sedición. Después de la condena, al reo se le aplicaban los azotes prescritos. Solían ser tan violentos, que a menudo le provocaban la muerte. Hasta el lugar de su ejecución se obligaba al reo, custodiado por cuatro soldados, a que portara el ‘patibulum‘ junto al título donde se describía el crimen.
En el lugar de ejecución los pies y las manos podían ser atados o clavados con clavos. Los restos recién descubiertos de un crucificado en Palestina, muestran que un solo clavo había atravesado ambos tobillos. Después se aseguraba una tablilla blanca o título donde se describía el delito, y se dejaba a la víctima en larga y dolorosa agonía. Ese era su aspecto más horrible: la muerte causada por el intenso dolor debido a la flagelación, las heridas de los clavos y la posición incómoda que dificultaba la respiración; además de la deshidratación por pérdida de sangre y la fiebre, lo que producía una sed insoportable. A lo que hay que añadir la vergüenza de verse desnudo y recibir las burlas e insultos de los curiosos.
A veces el crucificado moría al segundo día, pero otras veces mucho más lentamente, al octavo. El exceso de sangre en el corazón debido a la obstrucción de la circulación se combinaba con la fiebre traumática, el tétano y el agotamiento, lo que mataba a la víctima. A veces, para acelerar la muerte del reo, se le ahogaba con humo, se le traspasaba con una lanza o se le quebraban las piernas. Se intentó hacer eso con Jesús de Nazaret como se hizo con los delincuentes clavados a su lado, pero cuando se acercaron los soldados a él comprobaron que ya estaba muerto. Se cumplía así la profecía de que ‘no se rompería ni uno solo de sus huesos’ (Juan 19:32-36). El cordero de la Pascua judía debía comerse sin romperle ningún hueso; tampoco a Jesús, a quien se le llamó «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29).

En 1968 unos trabajadores de la construcción encontraron accidentalmente en un suburbio de Jerusalem (Givat Ha-Mivtar) una tumba judía que según las investigaciones data del primer siglo AD. Tenía la inscripción en hebreo ‘Jehohanan el hijo de HGQWL’. Los restos óseos son de un hombre joven, cuyos pies todavía mantienen los clavos usados para su crucifixión. Roma solía aplicar ese castigo a los criminales más viles o peligrosos, por lo que se cree que pudiera tratarse de un delito político.
Muerte en la cruz de Cristo, no de Dios
«En la cruz«, dice el teólogo Hans Küng, «así lo entiende en todos los casos el Nuevo Testamento, no murió Dios mismo (ho theós), el Padre, sino el ‘Mesías‘ y el ‘Cristo‘ de Dios, la ‘imagen‘, la ‘palabra‘ y el ‘Hijo‘ de Dios. Ese ‘patripasianismo’, la idea de que sufrió Dios Padre, no es bíblico y fue condenado por la Iglesia, ya muy pronto… el testimonio unánime del Nuevo Testamento: lo que se anuncia no es la resurrección de Dios a una nueva vida sino sólo la de Jesús, el Hijo«.- Hans Küng, «Credo, el Símbolo de los Apóstoles explicado al hombre de nuestro tiempo«, págs. 92, 93, Trotta 1994. Véase también Comentario a Juan 1:1.
Para la gente de aquellos tiempos, morir clavado en un madero fuera de los muros de Jerusalén y donde se ajusticiaba a los criminales, era lo más degradado y humillante. Era caer en la maldición de los cadáveres colgados en un lugar público. Y Jesús de Nazaret lo sabía porque momentos antes de morir gritó «Padre, ¿por qué me has abandonado?» O como vierten algunos manuscritos antiguos del evangelio de Marcos: «Por qué me has expuesto a la vergüenza?» o «Por qué me maldijiste?» Por eso se rechazaba vehementemente que la salvación pudiera provenir de algo así. Ninguna otra religión tiene una figura martirizada en su centro. Sin embargo, no era ese el sentir de los cristianos, quienes solo veían en todo aquello la reconciliación con Dios.
«En la cruz, Cristo cargó nuestros pecados en su propio cuerpo para apartarnos de ellos y para que vivamos como le agrada a Dios; por las heridas que él sufrió, ustedes fueron sanados. Ustedes eran como ovejas perdidas, pero ahora han regresado al Pastor y Protector de sus vidas«.
– 1 Pedro 2:24-25, LDP.
Esteban López
El primer símbolo de una cruz que tuve fue de un tamaño muy pequeñito, hecha a mano, de madera, y la llevaba al cuello con un cordón muy fino de cuero.
Hace algunos años, los jóvenes llevábamos ese tipo de cruces con mucho orgullo. Una de mis hermanas me la pidió porque según ella estaba de moda y quiso que se la prestara. Lo hice y la perdió.
Siempre me he acordado de esa cruz. Mi hija tiene una igual, se la regaló un amigo y la guarda con mucho cariño.
La primera vez que vi «La Pasión de Cristo» de Mel Gibson fue en la semana que se estrenó en las salas de cine. Fui sola, ninguno de mis compañeros de trabajo -todos periodistas – tuvieron interés ni siquiera por la puesta en escena. Además se había filtrado información sobre que el público abandonaba la sala por el impacto de algunas escenas.
Con todo, fui a verla. Recuerdo que me iba encogiendo en mi asiento, apenas estábamos una docena de espectadores y todos muy alejados. Lloré, mucho y fui consciente de la barbaridad de la tortura a la que fue sometido Jesús de Nazaret. Su mirada, sus gestos sin defensa, sumisión digna, equilibrio más allá de cualquier comprensión terrenal.
Nunca antes había sido consciente de la Crucifixión de Cristo Jesús. Había leído la Biblia, pero ni con mucho había imaginado cómo realmente ocurrió.
Algo cambió en mi.
Hoy, de entre las entrevistas que circulan en los medios digitales sobre la Semana Santa, he escuchado a un señor decir que el Mensaje de Jesús está enterrado y solo se habla de la Resurrección más allá de otros detalles sobre la igualdad de los hombres y mujeres ante Dios, entre otras cosas.
Yo solo sé, que todos nosotros hemos dado la espalda alguna vez en nuestra vida al mensaje de Amor y al Sacrificio del Hijo de Dios. Aún así Él espera paciente y abre sus brazos curando esas heridas que en ocasiones son consecuencia de precisamente habernos alejado de Él.
Hoy me acuerdo de esa cruz de madera que llevaba al cuello y solo puedo agradecer a Dios el camino andado. Asumiendo que estoy preparada para que Él me guíe al momento y situación donde más necesaria sea. Cómo siempre lo ha hecho
Mil gracias, Esteban López, gracias a tu texto he recordado parte de mi vida. Esperando que sirva a quien lo lea.
Un abrazo .
Teresa Yusta, periodista.
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Muchas gracias, Teresa, por tu testimonio personal y por expresar tu sentir. Estoy seguro de que, para muchos lectores, servirá de ánimo y reflexión.
Un abrazo muy fuerte!
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