Stefan-ZweigHabía nacido en Viena, Austria, en el seno de una familia acomodada de origen judío, pero la inquietud de su corazón lo llevó a dedicarse a la escritura. Se doctoraría en filosofía, y es que nada amaba más que la cultura. Aunque de origen judío, nunca vivió esa religión. «Mi madre y mi padre eran judíos solo por un accidente de nacimiento«, decía. Tampoco se sintió nunca atraído por el movimiento sionista. Se consideraba más europeo que ninguna otra cosa. En realidad era un «ciudadano del mundo», capaz de apreciar lo bueno de todos los pueblos y de todos los hombres de buena voluntad. Su situación acomodada le permitió viajar por diversos países, incluso por la India. Desde muy temprano alcanzaría ya el éxito como escritor. Y no es de extrañar, porque cuando uno se familiariza con alguna de la gran cantidad de sus obras, nota su enorme talento y el gran poder descriptivo con un estilo que «engancha» sobremanera, haciendo de su lectura la experiencia más amena. Por ejemplo, su libro Momentos estelares de la humanidad (1927) es un ejemplo de precisión descriptiva falto de redundancias innecesarias.

Stefan Zweig (1881-1942) era, en medio del mundo que le tocó vivir, una rara avis. No comprendía por ejemplo el espíritu bélico de su día; cómo tanto naciones como hombres se preparaban para la guerra e incluso que marcharan con resolución ingenua hacia el campo de batalla. Aunque muchos se oponían a él, tanto de modo escrito como en conversaciones intentaba convencer de que todo aquello era realmente una locura. Criticaría con vehemencia las doctrinas nacionalistas y lo cierto es que no se equivocaría, porque en dos guerras mundiales, el número de muertos y tullidos, el hambre y la miseria fueron el día a día casi en toda Europa. En su obra «El mundo de ayer. Memorias de un europeo«, defiende lo que según él ya nunca más regresaría: la verdadera cultura europea. En su prólogo escribe:

Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea“.

Sobre el pueblo judío, Stefan Zweig reconoce lo mucho que había significado su fe durante siglos y de cómo se sentían una comunidad vivieran donde vivieran. Pero sobre los judíos del siglo XX, escribe:

«Los judíos del siglo XX, en cambio, habían dejado de ser una comunidad desde hacía tiempo. No tenían una fe común, consideraban su judaísmo más una carga que un orgullo y no tenían conciencia de ninguna misión. Vivían alejados de los mandamientos de sus libros antaño sagrados y ya no querían hablar su antigua lengua común. Con todo… aspiraban a incorporarse e integrarse en los pueblos que los rodeaban, disolverse en la colectividad, sólo para tener paz y no tener que sufrir persecuciones, descansar en su eterna huida. Y así, los unos ya no comprendían a los otros, refundidos con los demás pueblos: desde hacía tiempo eran más franceses, alemanes o rusos que judíos«.- El mundo de ayer, pág. 535.

El pensamiento pacifista de Stefan Zweig se había forjado gracias a la amistad de hombres de paz, como Rainer Maria Rilke, Thomas Mann, Hermann Hesse, Josep Roth o Romain Rolland (1866-1944). Éste último era un escritor francés y Premio Nobel de Literatura en 1915 concedido «como tributo al elevado idealismo de su producción literaria y a la simpatía y el amor por la verdad con el cual ha descrito diversos tipos de seres humanos«. Rolland se caracterizaba por siempre buscar modos diversos de comunión entre los hombres. Era admirador de León Tolstoi, Rabinranath Tagore y Mohandas Gandhi de quien había escrito un libro y al que conoció en 1931. Era un pacifista militante convencido. No es por eso nada de extrañar que Stefan Zweig lo admirara tanto y que pasara largas temporadas con él.

Declarado «no ario» por el régimen nazi, sus obras fueron proscritas y el propio Hitler ordenó que se quemaran. Y es que casi nadie estaba más alejado de toda aquella barbarie ni era más amante de la paz y la cultura que Stefan Zweig. Obligado a desterrarse de la tierra que tanto amaba (como había hecho antes Albert Einstein con quien se había encontrado en 1930 en Princeton, Estados Unidos), peregrinaría por París, Londres, Estados Unidos, República Dominicana, Argentina y Uruguay, para recabar finalmente en Petrópolis (Brasil), donde tanto él como su segunda esposa fueron acogidos con hospitalidad. Sin embargo, una pena inmensa por aquel destierro embargaba siempre su corazón. Sentía que ya no volvería a ver aquella Europa llena de cultura que había conocido en su juventud. Horrorizado por el avance del nazismo en Europa, llegó a convencerse de que éste acabaría conquistando el mundo entero,  y no quería seguir viviendo para verlo, ni sufrir la falta de libertad que causaba tanta opresión en su espíritu. Escribió entonces varias cartas de despedida a sus amigos y después de meditarlo mucho, tanto su esposa como él eligieron irse de este mundo ingiriendo veneno. Había dejado escrito:

«Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra«.

El mundo había perdido a uno de los hombres más cultivados y pacíficos de todos los tiempos. Es como si en esta existencia no hubiera lugar para el espíritu y la sensibilidad. Sin embargo, su obra permanece y seguirá impregnando muchos corazones con sus impulsos positivos. Como afortunadamente muchos otros seres humanos en la historia, Stefan Zweig será siempre un referente de lucha contra la barbarie, anhelo de libertad y amor por lo mejor del espíritu humano.

En sus propias palabras

El dolor lleva a buscar las causas de las cosas, mientras que el bienestar induce a la pasividad”.

«Si hoy, reflexionando con calma, nos preguntamos por qué Europa fue a la guerra en 1914, no hallaremos ni un solo fundamento razonable, ni un solo motivo. No era una cuestión de ideas… De repente todos los Estados se sintieron fuertes, olvidando que los demás se sentían de igual manera; todos querían más y todos querían algo de los demás”.

– Stefan Zweig, 1881-1942, “El mundo de ayer”, 254.

Con poca formación europea, viviendo en un horizonte plenamente alemán, la mayoría de nuestros escritores creía que su mejor contribución consistía en alimentar el entusiasmo de las masas y en cimentar la presunta belleza de la guerra con llamadas poéticas o ideologías científicas… los filósofos… los médicos… los sacerdotes de todas las confesiones tampoco querían quedar rezagados y se unían al coro; a veces era como oír a una horda de poseídos… lo más estremecedor de ese desvarío era la sinceridad de la mayoría de estos hombres… Y todo ello sin pensar ni por un momento que de este modo traicionaban la verdadera misión del escritor, que consiste en defender y proteger lo común y universal en el hombre”.

«Para mí el axioma de Emerson, según el cual los buenos libros sustituyen a la mejor universidad, no ha perdido vigencia, y sigo convencido hasta hoy de que se puede llegar a ser un extraordinario filósofo, historiador, filólogo, jurista y cualquier otra cosa sin tener que ir a la universidad, ni siquiera al instituto. Incontables veces he visto confirmado en la vida práctica… que buena parte de las iniciativas y los descubrimientos en todos los campos provienen de fuera de la universidad«.

«Varias veces se me había presentado la ocasión de ir al frente: periódicos importantes me habían pedido por tres veces que me fuera con el ejército como corresponsal. Pero cualquier descripción de la guerra habría implicado la obligación de presentarla en un sentido exclusivamente positivo y patriótico, y yo me había jurado (un juramento que también mantuve en 1940) no escribir jamás una palabra que aprobara la guerra o desacreditara a otra nación«.

No se puede armonizar la guerra con la razón y el sentimiento de justicia. La guerra, que necesita de un estado de exaltación sentimental, exige entusiasmo por la causa propia y el odio al enemigo… No hubo una sola ciudad ni un solo grupo que no cayera en esa espantosa histeria del odio. Los curas lo predicaban desde los altares y los socialdemócratas, que un mes antes habían estigmatizado el militarismo como el peor de los crímenes, ahora alborotaban más que nadie para no parecer “sujetos sin patria”, según palabras del emperador Guillermo. Era la guerra de una generación desprevenida, y su mayor peligro radicaba precisamente en la fe intacta de los pueblos en la justicia unilateral de su causa”.

«Mi desconfianza me había vacunado contra una infección de entusiasmo patriótico y… me mantuve firme y decidido a no permitir que una guerra fratricida, provocada por torpes diplomáticos y brutales industrias bélicas, hicieran tambalear mi convicción y fe en la necesaria unidad de Europa… en mi fuero interno me sentí seguro como ciudadano del mundo; más difícil me resultó encontrar la actitud idónea como ciudadano de una nación«.-Stefan #Zweig (1881-1942), «Memorias de Ayer«, pág. 292, Acantilado.

«Las pruebas son un reto, que la persecución fortalece y el aislamiento eleva, siempre y cuando no haga trizas la existencia. Como todas las cosas esenciales de la vida, estos conocimientos no se aprenden de la experiencia ajena, sino única y exclusivamente del destino propio».

«Huye, refúgiate en la espesura más íntima de tu ser, en tu trabajo, ahí donde sólo eres tu «yo» anhelante, no un ciudadano, no el objeto de ese fuego infernal, ahí, el único lugar donde la poca razón que te queda todavía puede actuar con sensatez en un mundo que ha enloquecido«.

«Entre los numerosos enigmas del mundo, el más profundo e inexpugnable sigue siendo el misterio de la creación. En este ámbito la naturaleza no se deja subyugar; jamás revelará ese ingenio supremo que da origen al mundo, que permite que nazca una flor, una poesía o un hombre. Despiadada e indiferente ha corrido el velo. Ni siquiera el poeta ni el músico, podrán explicar a posteriori el instante de su inspiración».

«Creíamos en el grandioso programa de Wilson, que suscribíamos por entero… Quien vivió aquella época (al finalizar la Gran Guerra en 1918) recuerda que las calles de todas las ciudades retronaban de júbilo al recibir a Wilson como salvador del mundo, y que los soldados enemigos se abrazaban y besaban; nunca en Europa había existido tanta fe como en aquellos primeros días de paz, pues por fin había lugar en la Tierra para el reino de la justicia y la fraternidad, prometido durante tanto tiempo; era ahora o nunca la hora de la Europa común que todos habíamos soñado».

– Stefan #Zweig (1881-1942) «El mundo de ayer. Memorias de un europeo«.

Esteban López