Walter Benjamin, la memoria de las víctimas

Walter Benjamin nace en 1892 en el seno de una próspera familia judía de Berlín, Alemania. Estudia filosofía en Berlín y Turingia, y se hace ensayista y crítico literario. Su obra incluye una gran variedad de temas tratados con igual rigor filosófico que penetración imaginativa, y constituye una de las producciones críticas más importantes de la primera mitad del siglo XX.

A pesar del gran entusiasmo de la gente por alistarse para ir a la guerra en 1914, Benjamin siempre mostró una gran indiferencia e incluso oposición tanto a la lucha política como a los asuntos bélicos. Un amigo que conoció en 1915, Gerhard Scholem, escribió que sentía una verdadera «repugnancia» por todo ello.

Era crítico también con mucha de la enseñanza universitaria de su día y afirmaba que para su bienestar y progreso espiritual prefería tener tertulias con sus amigos cercanos o leer a Rilke o a Kierkegaard.

Aunque era judío tampoco comulgaba con el sionismo como movimiento político o social porque lo consideraba nacionalista y opuesto al espíritu del judaísmo como «una voluntad de cultura radical» supranacional. Entendía que el deber del judaísmo era que desarrollara una cultura europea. Deseaba una simbiosis entre alemanes y judíos. Escribió,

«Mi experiencia me condujo a hacer la siguiente consideración: los judíos representan una élite entre la multitud de los hombres del espíritu… pues el judaísmo no es en modo alguno para mí un fin en sí mismo, sino que es antes bien uno de los portadores y representantes más elevados del espíritu«.

Walter Benjamin mantendría esa posición durante toda su vida. Por eso se negaría además a emigrar a Palestina. Mantuvo su deseo utópico de una cultura europea con el espíritu del judaísmo incluso durante la dura realidad del nefasto y sanguinario régimen nazi. Se muestra su convicción al respecto en estas palabras:

«A mi juicio es fútil preguntarse cuál de las dos cosas es más urgente: o una obra judía en Palestina o una obra judía en Europa. Yo tengo mis vínculos aquí. Y por lo demás las cosas irían muy mal en Europa si la abandonaran las energías culturales de los judíos«.

Es interesante vislumbrar su sentir interior en alguna de sus correspondencias,

«Lo que a mí me gustaría llamar juventud es esa perpetua vibración del sentimiento dispuesto a la abstracción del espíritu en su pureza«. – Carta a Carla Seligson, 1913.

Benjamin esperaba una realización que él mismo llama mesiánica. Esa realización no le vendría del comercio práctico con el mundo, pensaba, sino por mediación de la literatura, de la comunidad con aquellos que están animados por los mismos sentimientos, por una búsqueda practicada en su interior. En la misma carta anteriormente citada, también decía,

«Siento hoy la sorprendente verdad de las palabras de Cristo: ved, el reino de Cristo no está aquí, no está allá, está en nosotros. Me gustaría leerle a usted el diálogo de Platón sobre el amor donde esto está muy dicho y pensado con una profundidad que no encontramos en ninguna otra parte«.

Walter Benjamin entendía que la pureza del espíritu ha de buscarse, no en la vida, sino en el lenguaje poéticamente formado y que esa pureza sólo puede ser eficaz y visible mediante el lenguaje de la sobriedad que para él es el de la prosa crítica y no la praxis social. Los caminos por los que Benjamin tiende a encontrar la guía de su propio pensamiento es en la filosofía de la historia, la crítica literaria y la teoría.

Con la ascensión de Hitler al poder, Benjamin se instala en París donde escribe sus principales obras. Al invadir los nazis Francia intenta huir a Estados Unidos a través de la frontera española, pero en esos momentos el gobierno de Franco niega el paso de los refugiados hacia Lisboa. Estando en Port Bou, Benjamin está ya cansado de tanto horror y tanto sufrimiento. Ya no puede más y decide quitarse la vida ingiriendo una gran cantidad de morfina. Era la noche del 25 de septiembre de 1940. Es triste conocer que al día siguiente los compañeros que le acompañaban sí pudieron pasar la frontera. Ellos mismos se habían encargado de su entierro. Pero nadie sabe hoy día dónde está exactamente enterrado en el pequeño cementerio de Port Bou.

Reflexión sobre su persona y obra

Se podría decir que Walter Benjamin es una víctima más de la violencia de la historia. Le tocó vivir dos horribles guerras mundiales y eso afectó profundamente su visión de la vida y su obra. Llegó a crear una visión filosófica del recuerdo de las víctimas prohibiendo vehementemente que se olvidaran. Tenía un gran temor: que la modernidad, que lo que se conoce con el nombre de ‘progreso’ borrase todo el pasado y que la humanidad fuera la única víctima. Criticó el frenesí consumista y la vorágine del mundo moderno e intentó resucitar lo sencillo y lo no contaminado. Su gran obsesión fue la violencia soterrada que suele haber en las transformaciones industriales, sociales, estéticas, culturales y políticas provocadas por la modernidad. Y sobre todo, que la violencia ha convertido la historia humana en un ‘matadero.’ Por eso Walter Benjamin se pregunta: ¿Qué hacemos con las víctimas de la violencia? ¿Qué pasa con los perdedores, con los vencidos, con los desechos de la historia? ¿Podemos concebir alguna esperanza para ellos? ¿Se ha pronunciado ya la última palabra sobre su dolor y su muerte?

En aquel tiempo Benjamín se había aproximado al marxismo, pero reconoce que el simple materialismo es totalmente incompetente para dar respuestas a esas preguntas vitales ya que el pasado está cerrado y los muertos no serán redimidos de ningún modo. Pero Benjamin reconoce aquí que la pregunta por los derechos de las víctimas sí es patrimonio de la tradición religiosa. De ésta, él solo recoge las preguntas, pero no las respuestas que ofrece. Sin embargo, la religión no olvida el pasado. Lo recuerda. La teología deja abierto lo que la ciencia deja cerrado. Sobre ese mismo asunto, Manuel Fraijó, profesor de Filosofía de la Religión de la UNED escribe:

«La tradición bíblica no archiva las causas de las víctimas de la injusticia. Sabe que ahí hay derechos pendientes y mantiene abiertos sus expedientes… La tradición religiosa ofrece una respuesta serena a este dilema. Encomienda las víctimas del pasado al Dios del futuro, al Dios que resucita a los muertos. Desde esa confianza en la instauración de una armonía final, el hombre religioso puede, si no ser feliz, -cosa a todas luces desmesurada-, al menos alcanzar una paz de fondo».

Walter Benjamin muestra una profunda sensibilidad por el sufrimiento de las víctimas de la historia. No es de extrañar que su amigo Theodor W. Adorno se refiriera a él como ‘la mirada que veía el mundo desde la perspectiva de los muertos.’ Para él es necesario que esa memoria no se olvide, pues mientras la causa de los vencidos no triunfe, siempre serán posibles nuevos holocaustos. Esa compasión por los que ya no están es lo que le aproxima a la tradición bíblica. De hecho, él mismo, aunque era marxista, se negaba a descartar completamente una posible redención mesiánica, aunque de forma débil.

«Es imposible dar en pocas palabras ni siquiera una idea de la filosofía de Benjamin… Se desplegará en el tiempo, porque incluso su deseo más secreto es el deseo de todos. Pero se ha perdido la mirada que veía el mundo desde la perspectiva de los muertos… De manera incansable, esta mirada mortalmente triste derramó toda clase de calor y esperanza sobre esta vida gélida». -Theodor W. Adorno.

Pero alguien podría decir, «¿por qué recordar el pasado? Hay que mirar hacia adelante». Y es verdad, hay que mirar hacia adelante, pero sin olvidar a las víctimas inocentes de la historia. Sobre todo por la esperanza de que la injusticia no tenga la última palabra.

¿Qué hacemos con las víctimas de la violencia? ¿Qué pasa con los perdedores, con los vencidos, con los desechos de la historia? ¿Podemos concebir alguna esperanza para ellos? ¿Se ha pronunciado ya la última palabra sobre su dolor y su muerte?’

– Walter Benjamin (1892-1940).

Bibliografía:

  • A vueltas con la religión, Manuel Fraijó, Verbo Divino (1998), 114.
  • Walter Benjamin. Una biografía, Bernd Witte, Gedisa, 1990.

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