Reflexiones sobre el aborto

Antonio GuterresLa cuestión del aborto es una cuestión eminentemente moral que cada uno debe juzgar según sus convicciones. De acuerdo con las mías, no tengo ninguna duda en decir que no soy partidario de la liberalización del aborto tal y como está previsto en dos proyectos de ley (el comunista y el de las Juventudes Socialistas). Esta es una opinión de acuerdo con mis convicciones, con mi vida moral y con mis valores. Pienso que la vida es un valor extremamente importante que debemos preservar”.

Antonio Guterres (1949), anterior ministro de Portugal y secretario general de la ONU.

He hablado de tres derechos. El primero, el del concebido, es el fundamental; los otros, el de la mujer y el de la sociedad, son derechos derivados. Por otro lado, y para mí este es el punto central, el derecho de la mujer y el de la sociedad, que suelen esgrimirse para justificar el aborto, pueden ser satisfechos sin necesidad de recurrir al aborto, evitando la concepción. Pero una vez hay concepción, el derecho del concebido sólo puede ser satisfecho dejándole nacer.” (…)

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«Este asunto del aborto es el típico problema en el que nos encontramos frente a un conflicto de derechos y deberes. Ante todo el derecho fundamental del concebido, el derecho a nacer, sobre el cual, creo yo, no se puede transigir. Es el mismo derecho en cuyo nombre soy contrario a la pena de muerte. Se puede hablar de despenalización del aborto, pero no se puede ser moralmente indiferente frente al aborto… Está también el derecho de la mujer a no ser sacrificada por un hijo que no quiere. Y el de la sociedad (…) a ejercer el control de la natalidad. Son derechos incompatibles. Y cuando uno se encuentra frente a derechos incompatibles, la elección siempre es dolorosa. He hablado de tres derechos. El primero, el del concebido, es el fundamental; los otros, el de la mujer y el de la sociedad, son derechos derivados. Por otro lado, y para mí este es el punto central, el derecho de la mujer y el de la sociedad, que suelen esgrimirse para justificar el aborto, pueden ser satisfechos sin necesidad de recurrir al aborto, evitando la concepción. Pero una vez hay concepción, el derecho del concebido sólo puede ser satisfecho dejándole nacer. Reenviar la solución al momento en el que la concepción ya se ha producido es huir del fondo del problema».

«El hecho de que el aborto esté extendido es un argumento debilísimo desde el punto de vista jurídico y moral. Me sorprende que se adopte con tanta frecuencia. Los hombres son como son, pero precisamente por eso existen la moral y el derecho. El robo de automóviles, por ejemplo, está muy extendido y es algo ya casi impune, pero ¿eso legitima el robo?

«Dice también Stuart Mill: “Sobre sí mismo, sobre su mente y sobre su cuerpo, el individuo es soberano”. Las feministas dicen: ‘Mi cuerpo es mío y lo gestiono yo’. Pero yo digo que aplicar ese razonamiento al aborto es aberrante. El individuo es uno, singular, pero en el caso del aborto hay un ‘otro’ en el cuerpo de la mujer. El suicida dispone de su propia vida. Con el aborto se dispone de una vida ajena. No veo qué sorpresa puede haber en el hecho de que un laico considere como válido en sentido absoluto, como un imperativo categórico, el ‘no matarás’. Y a mi vez me sorprende que los laicos dejen a los creyentes el privilegio y el honor de afirmar que no se debe matar».
Norberto Bobbio (1909-2004), jurista y filósofo italiano. Entrevista en «Il Corriere della Sera«, 8 de mayo de 1981.

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«En 1991, tres años antes de su muerte, el doctor Lejeune fue llamado a comparecer ante la Asamblea de Francia en relación al aborto.

«Cuando se le otorgó la palabra, preguntó qué debía hacerse con el cuarto hijo de una mujer desnutrida y tuberculosa y un hombre sifilítico y alcohólico. Rápidamente, un senador socialista replicó desde su bancada que la única fórmula posible era realizar un “aborto terapéutico”.

«Lejeune guardó silencio. Y antes de que los rumores de la cámara pudieran ahogarlo, proclamó solemne: “Señores, pónganse en pie, porque este caballero acaba de matar a Ludwig van Beethoven«.

Jérôme Lejeune (1926-1994), médico francés padre de la genética moderna. Fuente Actuall.

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«Defender el aborto es como defender la esclavitud«.

Gustavo Bueno (1924-2016), filósofo español.

«El verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados. Por eso se debe proteger más a los más débiles”. – Tabaré Vázquez (1940), expresidente de Uruguay.

«Que hagan lo que quieran, yo jamás aprobaré la despenalización del aborto”.

Rafael Correa (1963), Presidente de Ecuador.

«Los argumentos de corrección política y mapas comparativos no me valen. Me precio de ser políticamente incorrecto, pero intelectualmente honrado. A la vista están mis publicaciones a favor de la igualdad de derechos de lesbianas y gays, a favor de los inmigrantes, en contra de la violencia machista, contra las corridas de toros y la crueldad para con los animales, y en general mi continua implicación en causas radicales a favor de la igualdad y contra la marginación y el sufrimiento de los seres humanos. Nadie me puede acusar de ser un extremista de derechas ni de representar los intereses del clero. Quede eso claro, porque mi sentido de la honradez moral e intelectual me exigen en este momento posicionarme claramente a favor de la reforma Gallardón. Si callara ahora, mi silencio estaría salpicado con la sangre de seres inocentes».

Juan Antonio Herrero Brasas, profesor de Ética y Política Pública en la Universidad de California.

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«El contexto en el que hay que considerar el problema del aborto es mucho más amplio y va mucho más allá de la ideología de partidos”.

Pier Paolo Pasolini (1922-1975). Poeta y cineasta italiano.

«El progresismo busca simplemente presentar el asesinato de una criatura indefensa como algo moderno. Calificar una postura como clerical o integrista es un enfoque sesgado”.

Pedro Godoy, historiador y educador chileno y director del Centro de Estudios Chilenos CEDECH.

Llevo décadas oponiéndome al aborto, que me parece un acto de terrorismo, como lo es todo aquello que repercute sobre un inocente, aunque no defiendo la aplicación de medidas penales contra quienes lo perpetran.¿Quién dice que en España no existe la pena capital? El aborto lo es, por ejecución sumaria en la que no se escucha al acusado».

Fernando Sánchez Dragó, escritor y periodista español.

El liberalismo debe estar contra el derecho al aborto”.

Albert Esplugas Boter (1984), licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Pompeu Fabra.

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Quien justifica el aborto, justifica la pena de muerte, y yo estoy en contra de la pena de muerte y en contra del aborto. Ser progresista significa defender la vida y nada más”.

Adolfo Pérez Esquivel (1931), escritor argentino Premio Nobel de la Paz en 1981.

La destrucción del embrión en el seno de la madre es una violación del derecho a vivir que Dios le ha conferido a esta vida naciente. Suscitar la pregunta de si ya se trata o no de un ser humano supone sencillamente confundir la cuestión. El simple hecho es que la intención de Dios era crear una persona y que este ser naciente ha sido deliberadamente privado de su vida. Y esto no es otra cosa que asesinato».

«Para mi está claro que el aborto sería un crimen«.

Mohandas Karamchand Gandhi (1869-1948), Todos los hombres son hermanos, pág. 231. Sociedad de Educación Atenas (1988).

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«Hay que plantear la abolición del aborto como lo que es: un objetivo progresista, de avance de la civilización, pues el reconocimiento jurídico de los derechos humanos y su ampliación es fruto del progreso del ser humano en la comprensión de su realidad y de su dignidad como persona… el objetivo no está sólo en evitar una nueva ley en el sentido que se dice, sino en convencer con argumentos a la mayoría de los ciudadanos y, apoyados en la ciencia, de que el aborto se opone a los derechos humanos y es impropio de una sociedad civilizada, y que esto ha de tener una plasmación jurídica en el medio plazo”.

Mercedes Aroz (1944), doctora en economía y ex senadora socialista.

«Afirmamos que toda vida humana tiene una dignidad y un valor inviolables. Ninguna consideración legal, cultural, política, científica o económica puede autorizar a disponer de esa vida y mucho menos a eliminarla. Ninguna votación puede legitimar un atentado contra la vida humana… Desde el momento de la concepción estamos en presencia de una vida humana diferente a la de la madre que la alberga y del padre que contribuyó a engendrarla. Esta realidad es indiscutible. Por la aplicación del principio de prudencia, bastaría incluso con que cupiese la menor duda al respecto para que, por precaución, se protegiera esa vida humana. Por lo tanto, es a aquellos que defienden que esa vida humana puede ser eliminada a voluntad a los que corresponde la carga de la prueba: si no pueden probar, más allá de cualquier duda razonable, que no estamos tratando con una vida humana diferente de la madre, tampoco pueden defender la legitimidad de su eliminación«.

Instituto Emmanuel Mounier, Manifiesto contra el aborto.

La destrucción del embrión en el seno de la madre es una violación del derecho a vivir que Dios le ha conferido a esta vida naciente. Suscitar la pregunta de si ya se trata o no de un ser humano supone sencillamente confundir la cuestión. El simple hecho es que la intención de Dios era crear una persona y que este ser naciente ha sido deliberadamente privado de su vida. Y esto no es otra cosa que asesinato”.

Dietrich Bonhoeffer, “Ética”. Citado por: Eric Metaxas. Bonhoeffer: pastor, mártir, profeta, espía. Nashville, Grupo Nelson, 2012, p. 472.

Julián Marías

«La espinosa cuestión del aborto voluntario se puede plantear de maneras muy diversas. Entre los que consideren la inconveniencia o ilicitud del aborto, el planteamiento más frecuente es el religioso. Pero se suele responder que no se puede imponer a una sociedad entera una moral «particular». Hay otro planteamiento que pretende tener validez universal, y es el científico. Las razones biológicas, concretamente genéticas, se consideran demostrables, concluyentes para cualquiera. Pero sus pruebas no son accesibles a la inmensa mayoría de los hombres y mujeres, que las admiten «por fe»; se entiende, por fe en la ciencia.

«Creo que hace falta un planteamiento elemental, accesible a cualquiera, independiente de conocimientos científicos o teológicos, que pocos poseen, de una cuestión tan importante, que afecta a millones de personas y a la posibilidad de vida de millones de niños que nacerán o dejarán de nacer.

«Esta visión ha de fundarse en la distinción entre «cosa» y «persona», tal como aparece en el uso de la lengua. Todo el mundo distingue, sin la menor posibilidad de confusión, entre «qué» y «quién», «algo» y «alguien», «nada» y «nadie». Si se oye un gran ruido extraño, me alarmaré y preguntaré: «qué pasa?» o ¿qué es eso?». Pero si oigo unos nudillos que llaman a la puerta, nunca preguntarés «¿qué es», sino «¿quién es?».

«Se preguntará qué tiene esto que ver con el aborto. Lo que aquí me interesa es ver en qué consiste, cuál es su realidad. El nacimiento de un niño es una radical «innovación de la realidad»: la aparición de una realidad «nueva». Se dirá que se deriva o viene de sus padres. Sí, de sus padres, de sus abuelos y de todos sus antepasados; y también del oxígeno, el nitrógeno, el hidrógeno, el carbono, el calcio, el fósforo y todos los demás elementos que intervienen en la composición de su organismo. El cuerpo, lo psíquico, hasta el carácter, viene de ahí y no es rigurosamente nuevo.

«Diremos que «lo que» el hijo es se deriva de todo eso que he enumerado, es «reductible» a ello. Es una «cosa», ciertamente animada y no inerte, en muchos sentidos «única», pero al fin una cosa. Su destrucción es irreparable, como cuando se rompe una pieza que es ejemplar único. Pero todavía no es esto lo importante.

«Lo que» es el hijo puede reducirse a sus padres y al mundo; pero «el hijo» no es «lo que» es. Es «alguien». No un «qué», sino un «quién», a quien se dice «tú», que dirá en su momento «yo». Y es «irreductible a todo y a todos», desde los elementos químicos hasta sus padres, y a Dios mismo, si pensamos en él. Al decir «yo» se enfrenta con todo el universo. Es un «tercero» absolutamente nuevo, que se añade al padre y a la madre.

«Cuando se dice que el feto es «parte» del cuerpo de la madre se dice una insigne falsedad porque no es parte: está «alojado» en ella, implantado en ella (en ella y no meramente en su cuerpo). Una mujer dirá: «estoy embarazada», nunca «mi cuerpo está embarazado». Es un asunto personal por parte de la madre. Una mujer dice: «voy a a tener un niño»; no dice «tengo un tumor».

«El niño no nacido aún es una realidad «viniente», que llegará si no lo paramos, si no lo matamos en el camino. Y si se dice que el feto no es un quién porque no tiene una vida personal, habría que decir lo mismo del niño ya nacido durante muchos meses (y del hombre durante el sueño profundo, la anestesia, la arteroesclerosis avanzada, la extrema senilidad, el coma).

«A veces se usa una expresión de refinada hipocresía para denominar el aborto provocado: se dice que es la «interrupción del embarazo». Los partidarios de la pena de muerte tienen resueltas sus dificultades. La horca o el garrote pueden llamarse «interrupción de la respiración», y con un par de minutos basta.

«Cuando se provoca el aborto o se ahorca, se mata a alguien. Y es una hipocresía más considerar que hay diferencia según en qué lugar del camino se encuentre el niño que viene, a qué distancia de semanas o meses del nacimiento va a ser sorprendido por la muerte.

«Con frecuencia se afirma la licitud del aborto cuando se juzga que probablemente el que va a nacer (el que iba a nacer) sería anormal física y psíquicamente. Pero esto implica que el que es anormal «no debe vivir», ya que esa condición no es probable, sino segura. Y habría que extender la misma norma al que llega a ser anormal por accidente, enfermedad o vejez. Y si se tiene esa convicción, hay que mantenerla con todas sus consecuencias; otra cosa es actuar como Hamlet en el drama de Shakespeare, que hiere a Polonio con su espada cuando está oculto detrás de la cortina. Hay quienes no se atreven a herir al niño más que cuando está oculto -se pensaría que protegido- en el seno materno.

«Y es curioso cómo se prescinde enteramente del padre. Se atribuye la decisión exclusiva a la madre (más adecuado sería hablar de la «hembra embarazada»), sin que el padre tenga nada que decir sobre si se debe matar o no a su hijo. Esto, por supuesto, no se dice, se pasa por alto. Se habla de la «mujer objeto» y ahora se piensa en el «niño tumor», que se puede extirpar como un crecimiento enojoso. Se trata de destruir el carácter personal de lo humano. Por ello se habla del derecho a disponer del propio cuerpo. Pero, aparte de que el niño no es parte del cuerpo de su madre, sino «alguien corporal implantado en la realidad corporal de su madre», ese supuesto derecho no existe. A nadie se le permite la mutilación; los demás, y a última hora el poder público, lo impiden. Y si me quiero tirar desde una ventana, acuden la policía y los bomberos y por la fuerza me lo impiden.

«El núcleo de la cuestión es la negación del carácter personal del hombre. Por eso se olvida la paternidad y se reduce la maternidad a soportar un crecimiento intruso, que se puede eliminar. Se descarta todo uso del «quién», de los pronombres tú y yo. Tan pronto como aparecen, toda la construcción elevada para justificar el aborto se desploma como una monstruosidad.

«¿No se tratará de esto precisamente? ¿No estará en curso un proceso de «despersonalización», es decir, de «deshominización» del hombre y de la mujer, las dos formas irreductibles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida humana? Si las relaciones de maternidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna significación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generaliza, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe hasta cuándo, esa misma condición humana? Por esto me parece que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final.

Julián Marías, ABC, 19/3/2009.

Bernard Nathanson

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Bernard Nathanson nació en Nueva York el 31 de julio de 1926. Su padre ya era ginecólogo/obstetra. Bernard se graduó en 1949 en la Facultad de Medicina de la Universidad McGill (McGill University Facility of Medicine) de Montreal, Canadá, ejerciendo con licencia desde 1952 y llegando a especializarse en ginecología en 1960.

Creció como judío aunque con el tiempo él mismo reconoció que se convirtió en «un judío ateo«. Llegó a ser director del Centro de Salud Sexual y Reproductiva (Center for Reproductive and Sexual Health), por entonces el mayor centro de prácticas de aborto en el mundo, realizando él mismo multitud de ellos. Sin embargo, llegó un momento en que su actitud y punto de vista cambiaron por completo debido al uso generalizado de ecografías en la década de 1970, teniendo así la oportunidad de observar abortos en tiempo real.

Determinado entonces a combatir lo que le pareció un verdadero horror y genocidio de seres humanos a los que no se les permite nacer, escribió el libro Abortando en Estados Unidos (Aborting America) y a través de documentales dirigidos por él mismo denunció cómo se orquestó la campaña a favor del aborto en los Estados Unidos y de cómo se llevaban abortos incluso en avanzado estado de gestación.

En 1996 escribió en su autobiografía, «La Mano de Dios» (Hand of God): «Yo soy uno de los que ayudaron a marcar el comienzo de esta era de barbarie», defendiendo que una fuerza guía la vida humana desde el mismo momento de la concepción y que «el aborto debe verse como la interrupción de un proceso que de otro modo habría producido un ciudadano del mundo. Negar esta realidad es el más craso tipo de evasión moral».

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Esta es la carta de su denuncia:

Soy responsable directo de 75.000 abortos, lo que me empuja a dirigirme al público poseyendo credibilidad sobre la materia.

Fui uno de los fundadores de la Asociación Nacional para Revocar las Leyes sobre el Aborto en los Estados Unidos, en 1968. Entonces una encuesta veraz hubiera establecido el hecho de que la mayoría de los norteamericanos estaban en contra de leyes permisivas sobre el aborto. No obstante, a los 5 años conseguimos que la Corte Suprema legalizara el aborto, en 1973. ¿Como lo conseguimos? Es importante conocer las tácticas que utilizamos, pues con pequeñas diferencias se repitieron con éxito en el mundo Occidental.

Nuestro primer gran logro fue hacernos con los medios de comunicación; les convencimos de que la causa proaborto favorecía un avanzado liberalismo y sabiendo que en encuestas veraces seríamos derrotados, amañamos los resultados con encuestas inventadas y las publicamos en los medios; según ellas el 60% de los norteamericanos era favorable a la implantación de leyes permisivas de aborto. Fue la táctica de exaltar la propia mentira y así conseguimos un apoyo suficiente, basado en números falsos sobre los abortos ilegales que se producían anualmente en USA. Esta cifra era de 100.000 (cien mil) aproximadamente, pero la que reiteradamente dimos a los medios de comunicación fue de 1.000.000 (un millón). Y una mentira lo suficientemente reiterada, la opinión pública la hace verdad.

El número de mujeres que morían anualmente por abortos ilegales oscilaba entre 200 y 250, pero la cifra que continuamente repetían los medios era 10.000 (diez mil), y a pesar de su falsedad fue admitida por muchos norteamericanas convenciéndoles de la necesidad de cambiar las leyes sobre el aborto.

Otro mito que extendimos entre el público, es que el cambio de las leyes solamente implicaría que los abortos que se practicaban ilegalmente, pasarían a ser legales. Pero la verdad es que actualmente, el aborto es el principal medio para controlar la natalidad en USA. Y el número anual de abortos se ha incrementado en un 1500%, 15 veces más.

La segunda táctica fundamental fue jugar la carta del anticatolicismo. Vilipendiamos sistemáticamente a la Iglesia Católica, calificando sus ideas sociales de retrógradas; y atribuimos a sus Jerarquías el papel del “malvado” principal entre los opositores al aborto permisivo. Lo resaltamos incesantemente. Los medios reiteraban que la oposición al aborto procedía de dichas Jerarquías, no del pueblo católico; y una vez más, falsas encuestas “probaban” reiteradamente que la mayoría de los católicos deseaban la reforma de las leyes antiaborto. Y los tambores de los medios persuadieron al pueblo americano de que cualquier oposición al aborto tenía su origen en la Jerarquía Católica y que los católicos proaborto eran los inteligentes y progresistas. El hecho de que grupos cristianos no católicos, y aún ateos, se declarasen pro-vida, fue constantemente silenciado.

La tercera táctica fundamental fue denigrar o ignorar, cualquier evidencia científica de que la vida comienza con la concepción.

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Frecuentemente me preguntan que es lo que me hizo cambiar. ¿Cómo pasé de ser un destacado abortista a un abogado pro-vida? En 1973 llegué a ser Director de Obstetricia en un gran Hospital de la ciudad de Nueva York, y tuve que iniciar una unidad de investigación perinatal; era el comienzo de una nueva tecnología que ahora utilizamos diariamente para estudiar el feto en el útero materno. Un típico argumento pro aborto es aducir la imposibilidad de definir cuando comienza el principio de la vida, afirmando que ello es un problema teológico o filosófico, no científico.

Pero la fetología demuestra la evidencia de que la vida comienza en la concepción y requiere toda la protección de que gozamos cualquiera de nosotros.

Ud. podría preguntar: ¿Entonces, por qué algunos doctores, conocedores de la fetología, se desacreditan practicando abortos?

Cuestión de aritmética: a 300 dólares cada uno, un millón quinientos cincuenta mil (1.550.000) abortos en los Estados Unidos, implican una industria que produce 500 millones de dólares anualmente.

De los cuales, la mayor parte van a los bolsillos de los doctores que practican el aborto.

Es un hecho claro que el aborto voluntario es una premeditada destrucción de vidas humanas. Es un acto de mortífera violencia. Debe de reconocerse que un embarazo inesperado plantea graves y difíciles problemas. Pero acudir para solucionarlo a un deliberado acto de destrucción supone podar la capacidad de recursos de los seres humanos; y, en el orden social, subordinar el bien público a una respuesta utilitarista.

Como científico no creo, yo se y conozco que la vida humana comienza en la concepción. Y aunque no soy de una religión determinada, creo con todo mi corazón que existe una divinidad que nos ordena finalizar para siempre este infinitamente triste y vergonzoso crimen contra la humanidad”.

  • Dr. Bernard Nathanson (1926-2011). Carta de 1992. Doctor en medicina y ginecología, fundador de la Asociación Nacional para la Derogación de las Leyes de Aborto.

Escena del filme Unplanned (2019), la historia de Abby Johnson.

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