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mujer-reflexionandoCuando la gente le conocía, quedaba prendada de él. Cautivaba por completo. Era diferente como maestro porque, como dice el registro, “lo hacía con verdadera autoridad, algo completamente diferente de lo que hacían los maestros de la ley religiosa” (Mt 7:29, NTV). Si es verdad que conocer hoy día su obra y hechos sorprende agradablemente, uno puede imaginar cuál era el efecto en las gentes que lo vieron y escucharon personalmente. Transformó completamente sus vidas. Se sentían tan agradecidos que en cierta ocasión pusieron sus prendas de vestir en el suelo sólo para que él pasara y decían “Bendito el rey que viene en nombre del Señor“. Y el relato sigue diciendo:

Entonces algunos de los fariseos de la multitud, le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Y él respondiendo, les dijo: Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían“.- Lucas 19, VV1995.

Pero no fue necesario nunca que tuvieran que hablar las piedras. Durante siglos, personas de todas las naciones que pusieron fe en él nunca pudieron evitar tenerlo como referencia permanente en sus vidas. Mostraban tanto de palabra como en buenos hechos que su corazón había sido tocado para vivir ahora con pleno sentido y esperanza plena en el futuro. Entendían que esta vida no es todo cuanto hay y esperaban “nuevos cielos y nueva tierra donde la justicia habrá de morar” (2 Pedro 3:13). Como dijeron los apóstoles cuando fueron apresados y conminados a que dejaran de hablar de Jesús de Nazaret, “No podemos dejar de hablar de todo lo que hemos visto y oído“.

Sin embargo, Jesús de Nazaret había mostrado en la parábola del trigo y la mala hierba,  que a lo largo del tiempo la luz del espíritu de sus enseñanzas se ofuscaría debido a la “mala hierba” plantada. Esta parábola es así:

La siguiente es otra historia que contó Jesús: «El reino del cielo es como un agricultor que sembró buena semilla en su campo. Pero aquella noche, mientras los trabajadores dormían, vino su enemigo, sembró hierbas malas entre el trigo y se escabulló. Cuando el cultivo comenzó a crecer y a producir granos, la maleza también creció.

 »Los empleados del agricultor fueron a hablar con él y le dijeron: “Señor, el campo donde usted sembró la buena semilla está lleno de maleza. ¿De dónde salió?”.

»“¡Eso es obra de un enemigo!”, exclamó el agricultor.

»“¿Arrancamos la maleza?”, le preguntaron.

 »“No —contestó el amo—, si lo hacen, también arrancarán el trigo. Dejen que ambas crezcan juntas hasta la cosecha. Entonces les diré a los cosechadores que separen la maleza, la aten en manojos y la quemen, y que pongan el trigo en el granero

Luego, Jesús dejó a las multitudes afuera y entró en la casa. Sus discípulos le dijeron:

—Por favor, explícanos la historia de la maleza en el campo.

Jesús respondió:

—El Hijo del Hombre es el agricultor que siembra la buena semilla. El campo es el mundo, y la buena semilla representa a la gente del reino. La maleza representa a las personas que pertenecen al maligno. El enemigo que sembró la maleza entre el trigo es el diablo. La cosecha es el fin del mundo, y los cosechadores son los ángeles.

 »Tal como se separa la maleza y se quema en el fuego, así será en el fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y ellos quitarán del reino todo lo que produzca pecado y a todos aquellos que hagan lo malo.  Y los ángeles los arrojarán al horno ardiente, donde habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. ¡El que tenga oídos para oír, que escuche y entienda!” – Mt. 13:24-30, NTV.

Como se muestra en esta historia explicada por Jesús, sólo será al final de los tiempos, cuando él vuelva a impartir justicia en su segunda venida, que se separará el trigo de la mala hierba, haciendo que la diferencia se vea claramente.

Mientras tanto, hay que reconocer que hoy día hay aspectos que oscurecen la luz del cristianismo y sus mejores impulsos. Por ejemplo, el mal registro histórico de la religión organizada y de opresión espiritual ha hecho que muchas personas hayan tropezado y perdido incluso la fe. Muchas otras, sin haberla perdido totalmente la viven sólo en su intimidad. Por otro lado, el avance de la secularización y el laicismo en Occidente junto con un gran adoctrinamiento en los medios de comunicación y en la enseñanza, ha relegado la religión casi al olvido, haciendo incluso que hablar de Dios, Jesús de Nazaret o el cristianismo se vea como algo en el fondo lejano y extraño. Según el teólogo Paul Tillich a ello contribuye lo que él llama ‘falta de profundidad‘, es decir, una existencia en la que no hay ninguna clase de espiritualidad y que se vive sin esperanza. Una sociedad en la que impera el reino de la banalidad, el ‘cinismo de la obviedad‘, que carece incluso de capacidad de asombro y que se resiste a reconocer con humildad que todo lo que nos rodea nos supera absolutamente porque es en realidad un enorme misterio. Por eso escribió: “Espero el día en que todo el mundo pueda volver a hablar de Dios sin vergüenza”. – Paul Tillich, 1886-1965, filósofo y teólogo alemán cuya obra procura mediar entre el pensamiento religioso y el filosófico usando del método de correlación, donde lo finito interroga y lo infinito responde. Junto a Karl Barth fue uno de los teólogos más influyentes del siglo XX.

Por otro lado, la filosofía también ha contribuido en cierta medida a obnubilar la seria oferta de sentido y de esperanza del mensaje de Jesús de Nazaret. Porque Dios no es sólo una idea o un simple concepto mental, no es un simple “problema“. En el espíritu de las enseñanzas del Nazareno, Dios es una persona real, “el Padre” con quien todo el que lo desee puede tener una relación íntima y personal. Como escribió el filósofo Martin Buber (1878–1965):

La filosofía moderna ha contribuido al proceso por el cual Dios se ha vuelto irreal para el hombre contemporáneo… La filosofía, al negar el carácter real de la idea de Dios, destruye la realidad de nuestra relación con Él. Esa es la diferencia entre la religión y el Dios de la filosofía. Un Dios examinado y sostenido desde la objetividad del pensamiento y de la abstracción no es expresión del encuentro religioso, y por tanto no es Dios. Un principio abstracto jamás puede ser el contenido de la fe, porque en el sentido más exacto del término, creer significa creer en un tú. La fe es la ‘decisión personal’ por el tú.

“La idea de un eclipse de Dios significa la reducción de Dios a un mero objeto de discusión, de duda, de reflexión; ese tratamiento que oculta a nuestros ojos su presencia real e impide que el hombre se relacione con Él como un yo con un tú, en vez de un yo con un ello. El eclipse de Dios es pues, la ausencia de la relación con Él. Esta es la enfermedad espiritual básica de nuestro tiempo”.

“La intención orientada hacia un ser existente, hacia Uno, es común a todos los hombres creyentes a través de su variada experiencia, aunque no tengan ninguna otra cosa en común… ni la ciencia psicológica ni ninguna otra es competente para investigar el contenido de la verdad de la fe en Dios. Lo que sus representantes deben hacer es mantenerse a distancia, pues no les corresponde emitir juicios sobre la fe en Dios, como si la conocieran. Y quienes lo hacen, es que no la conocen”.- Martin Buber (1878 – 1965), Eclipse de Dios, Sígueme 2003.

En una línea parecida, el filósofo español Julián Marías (1914-2005) escribe:

La infidelidad más grave al cristianismo es la que tiene mayor actualidad en nuestro tiempo: el olvido de la otra vida, la atenuación de la perspectiva de la muerte y la perduración de la vida personal. Para muchos hoy lo cismundano es el único horizonte. Como consecuencia de varios factores, se ha ido disipando la referencia a la perduración, la proyección hacia una vida con la cual se deja de contar… Nuestros contemporáneos prefieren lo único de que se puede tener seguridad: la nada. Acaso la escasez de amor es un factor que entibia el deseo, la necesidad de otra vida: si no se ama, ¿para qué? Otro factor es la politización que ha dominado a grandes porciones de la humanidad…. Esta situación, la idea de que no hay más que esta vida, reduce a Dios a una mera referencia nominal en la que apenas se piensa. Aunque no se renuncie al cristianismo, se le vacía de contenido. Esta es la situación de gran número de personas que se consideran cristianas, católicas, protestantes u ortodoxas, pero en las que esa condición no es decisiva, no es lo que sirve de apoyo a sus vidas“.- Julián Marías (1914-2005), “La perspectiva cristiana,” Alianza Editorial, 1999.

En las redes sociales suele manifestarse ese síntoma. Se muestra mucho más aprecio por lo que escriben los filósofos que por lo que dice Jesús de Nazaret. Ni Dios ni el cristianismo entusiasman, ni siquiera entre muchos creyentes y a pesar de todo lo que ello significa: un modo de vida feliz y lleno de sentido ahora y firme esperanza para el futuro; que esta vida no es todo lo que hay y que como dijo el nazareno, “todo el que tiene fe en mí, tiene vida eterna“. No cabe duda de que la filosofía ayuda a pensar, a reflexionar y a vivir una vida buena; pero no toda. Hay que cribar. Por eso hay que analizarlo todo pero elegir lo mejor. Porque no se puede pensar y vivir como si Cristo Jesús no hubiera irrumpido ya en la historia. Lo ha hecho y forma ya parte de nuestra cultura. Miembros de otras religiones como la islámica, incluso los más radicales, dicen a veces que Occidente ha perdido la fe. Por tanto le toca al cristiano y sólo a la persona de fe sincera expresarse y defender su fe tanto de palabra como en buenos hechos, y que así  las piedras nunca tengan necesidad de hablar. Como dijo el Maestro, “Del mismo modo, procuren ustedes que su luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que ustedes hacen, todos alaben a su Padre que está en el cielo“.- Mt. 5:16, DHH.

Por tanto, ¿quién defenderá de verdad Su nombre y no se avergonzará?

Esteban López