En cierta ocasión, un amigo me comentaba reflexionando, que le parecía que los seres humanos no somos todos iguales en sentido moral. Decía que le asombraba la capacidad que tienen muchos individuos para hacer el mal a sus congéneres. Como escribió hace mucho tiempo un hombre sabio, «todo esto he visto al entregarme de lleno a conocer lo que se hace en este mundo y el poder que el hombre tiene de hacer daño a sus semejantes» (Eclesiastés 8:9, DHH). Su reflexión acababa diciendo que le parecía que, en realidad, existimos «distintos seres humanos morales«. Reconozco que me hizo pensar profundamente.
No cabe duda de que la conciencia humana puede formarse a través de la educación y el ejemplo ético de padres y educadores. Pero hay que reconocer que intentar educar en altos principios éticos a toda la población actual del mundo, es una tarea ingente e imposible. A menudo ver las noticias en televisión, por ejemplo, descorazona absolutamente debido a la maldad que puede verse en la forma de guerras horrorosas y sin sentido, asesinatos, robos de toda clase, odios racistas, nacionalistas o luchas de todo tipo por alcanzar el poder.
Sin embargo, cuando en el universo de la humanidad aparece alquien que brilla con luz propia por su bondad y amor por la humanidad, el alma se llena de un gozo absoluto. Y una de estas estrellas luminosas fue sin duda Romain Rolland.
Romain Rolland (1866–1944) fue un escritor, dramaturgo, musicólogo e intelectual francés, conocido especialmente por su defensa del pacifismo, el humanismo y la independencia de pensamiento. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1915 como tributo a su elevado idealismo, su amor por la verdad y su forma de describir la naturaleza humana.
Nació el 29 de enero de 1866 en Clamecy, Francia, en una familia de clase media. Estudió en la École Normale Supérieure de París y posteriormente se especializó en Historia. Su interés por la música y la cultura europea fue muy temprano, lo que ilustra su inclinación natural y sensibilidad.
Las almas buenas buscan otras almas parecidas o por lo menos se sienten inclinadas hacia ellas. Durante su vida Romain Rolland estuvo profundamente influido por figuras como Tolstói, Beethoven, Goethe y Gandhi. Trabajó como profesor de Historia del Arte y de Historia de la Música, y escribió estudios sobre grandes compositores, entre ellos Beethoven, Händel y Miguel Ángel.
Su obra literaria más importante es Jean-Christophe (1904–1912), una extensa novela en diez volúmenes que narra la vida de un músico alemán. A través de su protagonista, Rolland reflexiona sobre el arte, la amistad, las diferencias entre Francia y Alemania y la búsqueda de una fraternidad entre los pueblos.
Durante la Primera Guerra Mundial, Rolland mantuvo una posición pacifista. Mientras buena parte de los intelectuales europeos apoyaba a sus respectivos países, él defendió la necesidad de superar el nacionalismo y escribió textos contra la guerra. Su postura le valió críticas, pero también contribuyó a su reconocimiento internacional.
En los años posteriores se interesó cada vez más por Gandhi, la India y los movimientos de transformación social. También mantuvo relaciones intelectuales con figuras como Stefan Zweig, Sigmund Freud y Hermann Hesse.
Pensamiento
En Romain Rolland llama poderosamente la atención su sincero Humanismo. Consideraba que la dignidad humana debía estar por encima de las fronteras nacionales, las ideologías y los conflictos políticos.
También sobresale en él su convencido Pacifismo. Rechazó la guerra y el nacionalismo agresivo. Para él, la verdadera grandeza de Europa dependía de la cooperación entre sus pueblos. En eso coincidía exactamente con el propio Stefan Zweig, al igual que con el concepto de Libertad intelectual, defendiendo el derecho del intelectual a conservar una conciencia independiente incluso cuando sus opiniones fueran impopulares.
Sobre el Arte Romain lo entendía no solo como un simple entretenimiento, sino como una fuerza capaz de elevar al ser humano y favorecer la comprensión entre las personas, convirtiéndolo en un hecho profundamente moral.
Llama la atención en él también su sentido Universalista: buscó un diálogo entre las culturas occidentales y orientales. En este sentido, admiró especialmente a Gandhi.
Aunque su pensamiento evolucionó a lo largo de su vida, Romain siempre sostuvo que el intelectual debía preocuparse por los grandes problemas de la humanidad, demostrando así su gran compromiso social.
Una idea fundamental de su obra es que la cultura puede servir para unir a los seres humanos en lugar de separarlos. Su admiración por Beethoven, por ejemplo, no se limitaba a la música: veía en él un símbolo de la lucha interior, la libertad y la fraternidad.
Estas son algunas de sus obras principales:
- Jean-Christophe (1904–1912)
- Vida de Beethoven (1903)
- El teatro de la Revolución
- Clérambault (1920)
- Mahatma Gandhi (1924)
- Vida de Tolstói
- Los grandes hombres de la India
Romain Rolland representa la figura del intelectual humanista y pacifista europeo de comienzos del siglo XX. Su pensamiento intentó superar el enfrentamiento entre naciones y culturas mediante el arte, la espiritualidad y la solidaridad humana.
Su Premio Nobel de Literatura de 1915 reconoció precisamente la fuerza idealista de su producción literaria y su capacidad para transmitir valores de humanidad y comprensión entre los pueblos.
Romain Rolland murió el 30 de diciembre de 1944, en Vézelay, Francia.
La relación entre Stefan Zweig y Romain Rolland
Stefan Zweig sintió por Romain Rolland una admiración extraordinariamente profunda, hasta el punto de considerarlo uno de sus maestros intelectuales y morales. Lo conoció a través de Jean-Christophe hacia 1910 y poco después comenzó entre ambos una amistad que duraría hasta la muerte de Zweig, acompañada por una correspondencia de más de mil cartas.
Hay varias ideas especialmente significativas en los comentarios de Zweig sobre Rolland:
Zweig veía en él a un hombre capaz de situarse por encima de las fronteras nacionales. En su biografía escribió que, en su presencia, uno se sentía «en el corazón de la verdadera Europa».
Le atribuía una especie de unidad interior excepcional: vida, pensamiento, música, literatura y compromiso moral formaban en Rolland una sola cosa.
Admiraba especialmente su independencia espiritual. En 1936 lo describió como «el hombre que ha dado a nuestra generación el mayor ejemplo de independencia humana y libertad espiritual».
Para Zweig, Rolland no era simplemente un escritor pacifista: era alguien que había convertido la fraternidad entre los pueblos en una exigencia moral.
«La conciencia moral de Europa»: así se ha resumido una de las caracterizaciones más célebres que Zweig hizo de Rolland. Para él, Rolland representaba una voz independiente frente al nacionalismo y al odio que desencadenó la Primera Guerra Mundial.
Hay además un aspecto muy hermoso en la relación entre ambos. Zweig era el más joven y, en cierto modo, veía a Rolland como una figura de orientación. Pero no se trataba de una relación de discípulo y maestro convencional: Zweig admiraba a Rolland precisamente porque éste se negaba a crear discípulos.
En El mundo de ayer, al recordar a Rolland, Zweig dice que habían tenido «un único hombre que nos amonestaba, un único hombre que veía muy por delante de nosotros».
Y quizá lo más interesante es que Rolland no fue solamente un personaje admirado por Zweig: fue decisivo en la formación de su propia conciencia europea y pacifista. La influencia de Rolland se percibe en el Zweig posterior, especialmente en su defensa de una Europa supranacional frente a los nacionalismos.
Es muy de agradecer que hombres así hayan existido. Porque son como una luz en el más oscuro de los mundos. Recuerdan aquellas bellas palabras que suenan realmente como un bálsamo:
«La vida de los hombres buenos brilla como la luz de la mañana: va siendo más y más brillante, hasta que alcanza todo su esplendor”.
– Proverbios 4:19, TLA.
Esteban López

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