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“¿No nos ardía el corazón?”

Durante los pasados dos mil años de historia humana, el cristianismo ha sido fuente de sentido y esperanza para mucha gente. Su principal poder tiene una base espiritual. Por eso han sido tantas las personas a lo largo del tiempo  que se han sentido profundamente motivadas por sus impulsos positivos.

Desde Antioquía, donde por primera vez a los seguidores de Jesús se les empezó a llamar ‘cristianos’ hasta nuestros días, en la historia del cristianismo se ha podido encontrar todo junto, ‘cizaña, espinos y buen trigo’, y solo Dios podrá ser, al final de todo, el único juez. Pero hoy día, según afirman distintos pensadores de la religión, parece que habría llegado el tiempo en el que sería necesario vivir y compartir el cristianismo con otros de un modo más espiritual y sencillo, que no se basara tanto en dogmatismo cerrado o en simple ‘conocimiento‘ como en un sentido reverente abierto a Dios y a Su Misterio. Esto no significaría tener que renunciar a investigar y buscar la verdad desde una perspectiva científica, al contrario; hacer eso tiene en sí cierto grado de importancia porque en la defensa del cristianismo debe entrar también la razón. Pero el conocimiento intelectual debería ser solo un simple medio, un instrumento, nunca el fin principal en la búsqueda de Dios.

El ser humano es un ser religioso por naturaleza, con ‘sed de Dios’, y necesita respuestas que se basen no sólo en razones intelectuales, sino sobre todo, en razones que tengan como base la fe, la esperanza y el amor. Alguien podría saber muchísimas cosas sobre esta vida, sobre sus ciencias y sus artes, pero sin verdadero amor ni esperanza se seca y muere como una planta sin agua. Por eso, cuando entre creyentes surgen diferencias teológicas, lo deseable sería que se pudieran expresar con respeto profundo. De hecho, es posible disentir con humildad y empatía. El modo cristiano no conocería ninguna otra forma de hacerlo. Debería ser impensable que, entre creyentes, se usaran expresiones despectivas o que hubiera agrios enfrentamientos entre personas o entre distintas iglesias.

El adoptar en el corazón un sentido más espiritual del cristianismo es una posibilidad real. Toda persona tiene derecho a elegir el tipo de iglesia o comunidad religiosa que desee. Hay que ser realistas y reconocer que en todas las iglesias pueden encontrarse personas de fe y con excelentes cualidades que dan buen fruto. Es cierto que hay diferencias doctrinales entre ellos, pero es verdad también que en el caso de la gente, lo que permanece en el fondo de su corazón es un profundo deseo de adorar y agradar a Dios. De modo que, en aras de la unidad, la clave podría ser la de encontrar una base común en fe o confianza en Dios, en esperanza y en amor (vea la primera carta de Pablo a los cristianos corintios, capítulo trece). El libro del Apocalipsis muestra que había distintas congregaciones o iglesias en el primer siglo, pero todas estaban unidas por un mismo espíritu. La situación hoy día podría ser igual entre todas las iglesias existentes: profundo respeto y trabajo conjunto por la unidad espiritual.

La importancia de Getsemaní

Getsemaní 3Es verdad que la oración de Jesús en Getsemaní, tan profunda y llena de sentimiento, ‘Padre, te ruego por ellos (sus discípulos), para que sean uno, como tú y yo somos uno,’ es todavía y de muchas maneras, una ‘asignatura pendiente’ en la comunidad cristiana de creyentes. Karl Barth dijo que la división entre los cristianos ‘es un escándalo.’ Pero parece que el asunto es importante, sobre todo si se tiene en cuenta lo que sigue diciendo Jesús en oración: “permite que ellos también sean uno, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Juan 17). Si ese fue su profundo deseo antes de sufrir tanto y finalmente morir, entonces merece nuestra especial atención y sensibilidad el trabajar enérgicamente en ese sentido. Los cristianos necesitan formar una hermandad sincera ante el mundo porque donde hay hermandad está Dios. Y mientras esto no sea así, ‘el mundo no creerá en él.’ Si los cristianos pudieran estar enfrente de Jesús de Nazaret en persona, es casi seguro que olvidarían sus diferencias. Se ha prometido que todo se revelará a su debido tiempo, pero que mientras tanto, la ‘fe, la esperanza y el amor’ deberían ser EL CAMINO para todos.

Quizá se recuerde cuando dos discípulos de Cristo caminaban juntos hacia un pueblo llamado Emáus y que estaba a unos pocos kilómetros de Jerusalén. Después de recibir luz por el mismo Jesús acerca de sí mismo y de las buenas nuevas, dijeron: “¿No ardía nuestro corazón mientras conversaba con nosotros en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lucas 24) ¿Por qué no permitir hoy día también que el corazón arda siempre con su espíritu y su impronta, y todos los creyentes trabajen juntos por la unidad? Jesús de Nazaret lloró y oró por todos sus discípulos encarecidamente. No mencionó el asunto de la unidad en una simple conversación con otros, como de paso. Fue una súplica ferviente a Dios durante la cual hasta ‘sudó sangre.’ Un asunto, pues, de máxima seriedad según el evangelio. Por eso, si el cristianismo quiere convencer y ser una seria oferta de sentido en medio de un mundo descreído e indiferente en sentido religioso, ¿no deberían dirigentes y creyentes pensar seriamente en ello?

Esteban López

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