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“¿No nos ardía el corazón?”

Durante los pasados dos mil años de historia humana, el cristianismo ha sido fuente de sentido y esperanza para muchas personas porque su principal poder tiene una base espiritual y lleno de esperanza.

Desde Antioquía, donde por primera vez a los seguidores de Jesús se les empezó a llamar ‘cristianos’ hasta nuestros días, en la historia del cristianismo se ha podido encontrar todo junto, ‘cizaña, espinos y buen trigo’, y solo Dios podrá ser, al final de todo, el único juez. Pero hoy día, según afirman distintos pensadores de la religión, parece que habría llegado el tiempo en el que sería necesario vivir y compartir el cristianismo con otros de un modo más espiritual y sencillo, que no se basara tanto en dogmatismo cerrado o en simple ‘conocimiento‘ sino en un sentido más reverente, abierto a Dios y a Su Misterio. Esto no significaría tener que renunciar a investigar y buscar la verdad desde una perspectiva científica, al contrario; hacer eso tiene en sí mismo cierto grado de importancia porque en la defensa del cristianismo y la búsqueda de Dios, la razón juega también su papel, aunque sea reconocer que hay muchos aspectos que se le escapan.

El ser humano es un ser religioso por naturaleza, lo reconozca o no, con ‘sed de Dios’, y necesita respuestas que se basen no sólo en la razón, sino también en ‘la fe, la esperanza y el amor’. Por eso, cuando entre creyentes surgen diferencias teológicas, lo deseable sería que se pudieran expresar con respeto profundo. De hecho, es posible disentir con humildad y empatía. El modo cristiano no conocería ninguna otra forma de hacerlo. Debería ser impensable que, entre creyentes, se usaran expresiones despectivas o que hubiera agrios enfrentamientos entre personas o entre distintas iglesias.

El problema de la división

El apóstol Pablo ya mostró en el primer siglo su preocupación por el problema de la división entre los cristianos con estas palabras:

“Hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo les ruego que todos estén siempre de acuerdo y que no haya divisiones entre ustedes. Vivan en armonía, pensando y sintiendo de la misma manera… Quiero decir, que algunos de ustedes afirman: «Yo soy de Pablo»; otros: «Yo soy de Apolo»; otros: «Yo soy de Cefas»; y otros: «Yo soy de Cristo.» ¿Acaso Cristo está dividido? “– 1 Cor. 1:10-13, DHH. 

La situación se parece a la que existe hoy día cuando se mantiene, “Yo soy del Papa”; otros: “Yo soy de Lutero”; otros: Yo soy de John Wesley”; otros: “Yo soy de Ellen White; otros: “Yo soy de José Smith”; otros:”Yo soy de Russell”, etc. Incluso dentro del mismo catolicismo: “Yo soy de Ratzinger”; otros: “Yo soy de Arrupe”; otros: “Yo soy de Escrivá de Balaguer”, etc. ¿Está entonces Cristo dividido?

O abundando un poco más: ¿dónde se indica que los cristianos deberían ser “de izquierdas” o “de derechas”? El espíritu de Jesús de Nazaret inspira a la fe, a la esperanza, al amor y a la verdadera justicia para todos, sobre todo para los más débiles, y eso nada tiene que ver con ser de “derechas” o de “izquierdas”; más bien tiene que ver con el impulso del Espíritu de Dios, el cual siempre significará bendición para quienes lo busquen sinceramente, además de tener que ver con “una ciudadanía (una patria) mejor que está en los cielos”.- Hebreos 11:10, 16; Filipenses 3:20.

Por supuesto, una cosa es la existencia de movimientos que signifiquen perspectivas diferentes que aporten riqueza espiritual para la entera comunidad de creyentes, pero otra bien distinta es la división ideológica, el enfrentamiento, la indiferencia o incluso la crítica agria o condena de unos contra otros. Porque siendo sinceros, hay que reconocer que nada de todo eso entraba en los planes de Jesús de Nazaret en su sentida oración en Getsemaní.

Adoptar en el corazón un sentido más espiritual del cristianismo es una posibilidad real. Toda persona tiene derecho a elegir el tipo de iglesia o comunidad religiosa que desee. Hay que ser realistas y reconocer que en todas las iglesias pueden encontrarse personas de fe y con excelentes cualidades que producen buen fruto en sus vidas. Es cierto que hay diferencias doctrinales entre ellos, pero es verdad también que en el caso de la gente, lo que permanece en el fondo de su corazón es un profundo deseo de adorar y agradar a Dios. De modo que, en aras de la unidad, la clave podría ser encontrar una base común en fe o confianza en Dios, en esperanza y en amor (vea la primera carta de Pablo a los cristianos corintios, capítulo trece). El libro del Apocalipsis muestra que había distintas congregaciones o iglesias en el primer siglo, pero todas estaban unidas por un mismo espíritu. La situación hoy día podría ser igual entre todas las iglesias existentes: profundo respeto y trabajo conjunto por la unidad espiritual de todos los cristianos.

La importancia de Getsemaní

Getsemaní 3Es verdad que la oración de Jesús en Getsemaní, tan profunda y llena de sentimiento, ‘Padre, te ruego por ellos (sus discípulos), para que sean uno, como tú y yo somos uno,’ es todavía y de muchas maneras, una ‘asignatura pendiente’ en la comunidad cristiana de creyentes. Karl Barth dijo que la división entre los cristianos ‘es un escándalo.’ Pero parece que el asunto es importante, sobre todo si se tiene en cuenta lo que sigue diciendo Jesús en oración: “permite que ellos también sean uno, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Juan 17). Si ese fue su profundo deseo antes de sufrir tanto y finalmente morir, entonces merece nuestra especial atención y sensibilidad el trabajar enérgicamente en ese sentido. Los cristianos necesitan formar una hermandad sincera ante el mundo porque donde hay hermandad está Dios. Y mientras esto no sea así, ‘el mundo no creerá en él.’ Si los cristianos pudieran estar enfrente de Jesús de Nazaret en persona, es casi seguro que olvidarían sus diferencias. Se ha prometido que todo se revelará a su debido tiempo, pero que mientras tanto, la ‘fe, la esperanza y el amor’ deberían ser EL CAMINO para todos.

Quizá se recuerde cuando dos discípulos de Cristo caminaban juntos hacia un pueblo llamado Emáus y que estaba a unos pocos kilómetros de Jerusalén. Después de recibir luz por el mismo Jesús acerca de sí mismo y de las buenas nuevas, dijeron: “¿No ardía nuestro corazón mientras conversaba con nosotros en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lucas 24) ¿Por qué no permitir hoy día también que el corazón arda siempre con su espíritu y su impronta, y todos los creyentes trabajen juntos por la unidad? Jesús de Nazaret lloró y oró por todos sus discípulos encarecidamente. No mencionó el asunto de la unidad en una simple conversación con otros, como de paso. Fue una súplica ferviente a Dios durante la cual hasta ‘sudó sangre.’ Un asunto, pues, de máxima seriedad según el Evangelio. Por eso, si el cristianismo quiere convencer y ser creíble en medio de un mundo a menudo tan indiferente en sentido espiritual, ¿no se debería pensar seriamente en ello?

Esteban López