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«¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios» (7-11), Biblia de Jerusalén.

Con lo sucedido en el Pentecostés, lo que pareció un triste final con la muerte de Jesucristo se tornó en un maravilloso principio. El Espíritu de Dios impulsaba con una fuerza irresistible la buena noticia acerca de Cristo. Aquellos galileos en principio temerosos, hablaban ahora fuerte y claro acerca de la resurrección de Jesús y de su bendito significado para toda la humanidad. La oscuridad deja por fin de serlo y se establece para siempre la luz de la esperanza. Y no era para menos. Sus enseñanzas y ejemplo habían sido de calidad, un contraste con el legalismo existente entonces. Como escribió Juan Ramón Capella, profesor de filosofía política y social de la Universidad de Barcelona, en su libro Fruta Prohibida, (Trotta, 1997):

Esta doctrina, que sus discípulos entendieron oscuramente, ponía el énfasis no ya en los ritos externos de la religión judaica, sino en un cambio fundamental en las relaciones entre las personas: éstas debían pasar a basarse en el desprendimiento y en la generosidad, en la rectitud de conducta con los demás y no en la estrechez del legalismo. Señalaba sabiamente que se conoce a los seres humanos no por sus afirmaciones sino por sus acciones. Negaba que hubiera un pueblo particularmente elegido. Afirmaba la igualdad de todos -incluido él mismo- como hijos de la divinidad. Pretendía la paz y la fraternidad. Fundamentaba una moral de la comprensión del otro”.

Por tanto, la gente en Jerusalén, tanto los vecinos como los que han viajado a ella con un profundo aprecio por las cosas de Dios, está alborotada y tremendamente sorprendida: resulta que unos galileos hablan, pero como indican las palabras de arriba, todo se les entiende. No son necesarios intérpretes: los partos entienden exactamente el mismo mensaje que los peregrinos de Roma, y los cretenses asienten también junto con los árabes. Dios estaba asegurándose de que todo aquello se entendiera bien desde el principio, que todo el mundo viera que él tenía un plan específico que bendeciría a todos los seres humanos.

Ese interés para que se le entendiera bien, lo ha seguido manteniendo desde entonces, porque siempre ha habido personas que “fulgurando en el espíritu”, han llevado el evangelio a muchos lugares de la tierra. Otros lo han vivido día a día. Con un misterioso impulso irresistible, misioneros de muchas iglesias diferentes no solo proclamaron aquella luz con palabras, sino que abnegadamente se entregaron por los pobres del mundo. Hubo hombres que arriesgaron su vida para poder traducir la Biblia a los idiomas de la gente. Distintas sociedades bíblicas lograron distribuir la Biblia o porciones de los evangelios a cientos de países del mundo entero. El resultado ha sido que “las buenas nuevas acerca de Jesucristo” se han escuchado en casi todo rincón de la tierra. La luz de la esperanza sigue ahí como una llamada al corazón y a la razón, y parece que es solo cuestión de abrir los ojos para poder verla y atesorarla para siempre.

Se diría que Dios sigue muy interesado en que se le siga entendiendo bien, como lo hicieron los partos, los cretenses y los de la Libia Cirenaica.

Esteban López

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