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Max HorkhemerMax Horkheimer (1895, Stuttgart – 1973, Nüremberg, Alemania), junto a Theodor W. Adorno, fue uno de los máximos representantes de la Escuela de Francfort, escuela de pensamiento que se planteó la necesidad de desarrollar una reflexión global sobre los procesos que consolidan la sociedad burguesa-capitalista. Con su ‘teoría crítica’ de las condiciones sociales, tanto Adorno como Horkheimer denunciaron desde el principio los estragos de la injusticia. Ambos manifestaron siempre una sensibilidad especial para entender los sufrimientos inevitables como el infortunio, el dolor, la vejez y la muerte. Sobre todo Max Horkheimer siempre apeló a una dimensión realmente distinta que pudiera sustentar la sociedad en un mundo plenamente organizado.

En su obra “Israel o Atenas”, Jürgen Habermas escribe sobre Horkheimer:

La filosofía última de Max Horkheimer se presenta en formas de reflexiones nacidas de una vida maltratada, herida, dañada… busca cuestiones de una religión que aún pudiera colmar la añoranza de una completa justicia… La injusticia infligida a la criatura doliente no puede tener la última palabra. A veces parece que Horkheimer quisiera tomar al servicio de la moral la promesa religiosa de la salvación”. – Jürgen Habermas, “Israel o Atenas. Ensayos sobre religión, teología y racionalidad”, Trotta, 2011.

El teólogo Hans Kung,  en su obra “¿Existe Dios?”, escribe sobre Horkheimer:

Theodor W. Adorno escribió: ‘Max Horkheimer insiste a la vez en que sin el pensamiento de Dios no se da ni sentido absoluto ni verdad absoluta, y la moral se convierte en una cuestión de gusto y capricho. Y en otro pasaje afirma: ‘Es vano tratar de salvar un sentido absoluto sin Dios… Con Dios muere también la verdad eterna'”.

“Horkheimer parte del anhelo de justicia cumplida, característica originaria del hombre. Una justicia que no se da ni puede darse en esta sociedad y en su historia milenaria: que trasciende no solo esta sociedad, sino todas las utopías intramundanas. En ese sentido, para Horkheimer no carece de importancia que exista o no un Dios, que yo crea o no crea en él. Ello es importante, porque las acciones y actitudes humanas, en el fondo, están determinadas teológicamente.

Max Horkheimer (izquierda), Theodor Adorno (derecha), y Jürgen Habermas en el fondo, derecha, año 1965 en Heidelberg, Alemania.

Max Horkheimer (izquierda), Theodor Adorno (derecha), y Jürgen Habermas en el fondo, derecha, año 1965 en Heidelberg, Alemania.

Es decir, para Horkheimer todo lo que tiene relación con la moral se reduce en último término a teología: ‘Desde la perspectiva inicial del positivismo es imposible deducir una política moral. Bajo un punto de vista puramente científico, el odio no es peor que el amor… No hay ningún razonamiento lógico irrefutable por el que yo no deba odiar, cuando de ello no se deriva para mí perjuicio alguno en la vida social. Sin una instancia trascendente y superior al hombre se podría defender de hecho, como lo hace George Orwell en ‘1984,’ que la guerra es tan buena o tan mala como la paz, y la libertad tan buena o tan mala como la opresión. ‘Pues ¿cómo se puede exactamente demostrar que yo no debo odiar, si me gusta?’ El positivismo no encuentra ninguna instancia trascendente al hombre que permita distinguir entre altruísmo y afán de lucro, entre bondad y crueldad, entre codicia y entrega de sí mismo. También la lógica enmudece aquí: no reconoce preeminencia alguna a la intención moral. Todos los intentos de fundamentar la moral en la prudencia terrena y no en la relación con el más allá -el mismo Kant no siempre resistió esa tentación- se basan en ilusiones.

De modo que la religión, o cuando menos el sentimiento íntimo de que Dios existe, tiene una importancia decisiva para la realización de una sociedad más razonable y más justa, para una ordenación plausible de lo existente (que incluya al menos la eliminación de crueldades sin sentido), para la contienda que a escala mundial se dirime entre los grandes núcleos de poder económico y que tantas buenas disposiciones humanas arruina y tantas mentiras y odios desencadenan a expensas del hombre. Existe, es verdad ‘el anhelo de justicia cumplida'”.

Para Horkheimer la religión, en la que se concentran los deseos, anhelos y quejas de innumerables hombres ante la inmensidad del sufrimiento y la injusticia, hace consciente al hombre ‘de que es un ser finito,’ de que tiene que padecer y morir, pero también de que por encima del dolor y la muerte está la añoranza de que esta existencia terrena no sea lo absoluto, lo definitivo.’ Por otra parte, pues, está ‘la añoranza por el otro’. Y esto, para una ‘teología’, significa que ‘el mundo es apariencia, que el mundo no es la verdad absoluta, lo definitivo. La teología es -y lo digo a sabiendas con toda cautela- la esperanza de que esta injusticia que caracteriza al mundo no prevalezca para siempre, de que la injusticia no sea la última palabra, de que el asesino no triunfe sobre la víctima inocente”.– Max Horkheimer, Anhelo de Justicia, Trotta, 2000. Hans Küng, ¿Existe Dios?, págs. 665,666, Cristiandad, 1979.

El hombre, ¿dos sustancias?

Max Horkheimer

Max Horkheimer (1895.1973)

El concepto de un alma separable del cuerpo y llamada a sobrevivirle, la doctrina del hombre formado por dos sustancias, cuerpo y alma, se debe a una evolución independiente del texto bíblico.

“La afirmación de un alma autónoma respecto del cuerpo, tal y como es propia del ser humano, no del animal, remite más bien a fuentes griegas antiguas que a fuentes judeo-cristianas. Entre los inauditos problemas que legó y obligó a plantearse a la Escolástica, pongamos por caso, figura, por citar un ejemplo, el del castigo mediante el fuego eterno, tras la separación, en la muerte, del alma respecto del cuerpo, cuestión ésta a la que Tomás de Aquino dedica un capítulo especial es su Summa contra gentiles (libro IV, cap 91).

Mientras que de acuerdo con el pasaje de Mateo 25:41 -“Apartaos de mí, malditos, e id al fuego eterno“- el lector sin prejuicios pensó en otro tiempo en el hombre entero, en su expulsión a las tinieblas, el aristotélico Tomás se enfrenta al tema especulando que el alma que vivifica el cuerpo en cuanto forma suya, individualizándolo así, una vez que lo ha abandonado como culpable, pasa a verse unida más bien al fuego físico. El espíritu pecador sufre su pena, leemos en Tomás, “pasando a verse atado de algún modo y subordinado a cosas que son más bajas que él, cosas corporales. 

“Por tanto, la idea indio-egipcia de la transmigración del alma que, a través de Pitágoras, Empédocles y Platón, llega a los padres de la iglesia, tuvo su influencia en la Escolástica”.

-Max Horkheimer,  De Anima (1967). Ensayo recogido en Sociedad, Razón y Libertad, Trotta, 2005.

Esteban López

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