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Samaritano En cierta ocasión tuve la oportunidad de hablar con el rabino judío de una de las sinagogas de Barcelona, España. Tuvimos una conversación interesante, sobre todo cuando llegamos al inconcebible e inhumano Shoah (holocausto judío). De hecho, una de las causas por la que muchos judíos creen que Israel es el pueblo escogido de Dios es que éste siga ahí, existiendo después de tantos siglos de persecuciones, expulsiones, Progroms y terrible sufrimiento.

Durante la conversación le pregunté si sabía algo acerca de Jesucristo, pero tuve  la sensación de que el nazareno era alguien más bien lejano para él. De hecho, me sorprendió también cuando me dijo que no conocía la Parábola del Buen Samaritano, ni siquiera como narración cultural, algo que intenté subsanar explicándosela de modo somero.

Se podría afirmar que la Parábola del Buen Samaritano es el meollo del cristianismo, su verdadera razón de ser, porque pone el amor al ser humano por encima de cualquier otra consideración. Y es que al final tuvo que ser un extranjero, un extraño, un hombre de otro pueblo y de otra religión (un samaritano), el que marca la pauta y el modelo ético a seguir. Esa parábola es un varapalo al prejuicio, a la discriminación de todo tipo y al egoísmo. Por otro lado es un canto al amor, a la compasión, a la misericordia, a la libertad para hacer el bien y a la verdadera fraternidad humana.

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Para conocerla, nada mejor que leerla tal y como la explicó Jesús de Nazaret:

Entonces un experto de la ley se levantó para probar a Jesús:

—Maestro, ¿qué tengo que hacer para tener vida eterna?

 Entonces Jesús le dijo:

—¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lo entiendes?

 Él contestó:

—“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”  y “ama a tu semejante como te amas a ti mismo”. 

 Entonces Jesús le dijo:

—Tienes razón, hazlo y vivirás.

Pero como quería demostrar que su manera de vivir era correcta, le dijo a Jesús:

—¿Y quién es mi semejante?

 Jesús le respondió:

—Un hombre iba de Jerusalén a Jericó. Unos ladrones lo rodearon, le quitaron la ropa, lo golpearon y lo dejaron medio muerto. Dio la casualidad que venía un sacerdote por el mismo camino. Cuando vio al hombre, siguió por otro lado. De la misma manera, un levita pasó por el mismo lugar, vio al hombre, pero también siguió por otro lado. Pero un samaritano que viajaba por ahí llegó a donde estaba el hombre, y al verlo se compadeció de él. Entonces se acercó al hombre, derramó aceite y vino en las heridas y las vendó. Luego lo montó en su animal de carga y lo llevó a una pequeña posada donde lo cuidó. Al siguiente día, el samaritano le dio dos monedas de plata al encargado de la posada y le dijo: “Cuídalo, y si se necesita más, te pagaré cuando regrese”. ¿Cuál de los tres crees tú que fue el semejante del hombre que estaba medio muerto en el camino?

 El experto de la ley le contestó:

—El que tuvo compasión de él.

Entonces Jesús le dijo:

—Ve y haz tú lo mismo.”

Lucas 10:25-37, (LDT).