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Una vez a salvo, nos enteramos de que la isla se llamaba Malta. Los isleños nos trataron con toda clase de atenciones. Encendieron una fogata y nos invitaron a acercarnos, porque estaba lloviendo y hacía frío.” Hechos capítulo 28.

Hace algún tiempo conocí a dos turistas de Malta. Me hablaron de su bonita isla, de algunas de sus costumbres y de sus gentes. La verdad es que sentí algo especial y entrañable al saber que eran malteses, porque no pude evitar recordar que fue allí donde Pablo fue recibido con gran hospitalidad después de que el barco que le llevaba a Roma por apelar al César naufragara.

Pablo tenía la ciudadanía romana desde su nacimiento. Había sido acusado por los judíos por cuestiones de su religión ante los gobernantes romanos Félix y Porcio Festo. Pero cuando vio que iba a ser conducido a Jerusalén donde seguramente hubiera sido asesinado por judíos intolerantes que planeaban matarlo, Pablo apeló al César romano para defender su causa delante de él. Fue entonces conducido en barco con la intención de llegar hasta Roma, pero en cierto momento del trayecto éste naufragó cerca de la isla de Malta. El relato de Hechos 28 dice:

Cuando todos estuvimos a salvo, nos dimos cuenta de que nos encontrábamos en una isla llamada Malta. Los habitantes de la isla nos trataron muy bien, y encendieron un fuego para que nos calentáramos, porque estaba lloviendo y hacía mucho frío. Pablo había recogido leña y la estaba echando al fuego. De repente, una serpiente salió huyendo del fuego y le mordió la mano a Pablo.  Cuando los que vivían en la isla vieron a la serpiente colgada de la mano de Pablo, dijeron:  “Este hombre debe ser un asesino porque, aunque se salvó de morir ahogado en el mar, la diosa de la justicia no lo deja vivir”.

 “Pero Pablo arrojó la serpiente al fuego.  Todos esperaban que Pablo se hinchara, o que cayera muerto en cualquier momento, pero se cansaron de esperar, porque a Pablo no le pasó nada. Entonces cambiaron de idea y pensaron que Pablo era un dios.

Cerca de donde estábamos había unos terrenos. Pertenecían a un hombre llamado Publio, que era la persona más importante de la isla. Publio nos recibió y nos atendió muy bien durante tres días.

El padre de Publio estaba muy enfermo de diarrea, y con mucha fiebre. Entonces Pablo fue a verlo, y oró por él; luego puso las manos sobre él, y lo sanó. Cuando los otros enfermos de la isla se enteraron de eso, fueron a buscar a Pablo para que también los sanara, y Pablo los sanó”. – Hechos 28, LBLA.

El relato de Hechos de los Apóstoles es sencillamente apasionante porque cita por nombre lugares como Creta, Siracusa, Chipre, Tesalónica, Roma, etc., lugares que siguen ahí para que puedan ser visitados si se desea y que fueron testigos del comienzo del cristianismo.

Arco de BaráSuelo tener una sensación parecida cuando viajo por la carretera de la costa en dirección a la ciudad de Tarragona, España. Antes de llegar a la ciudad, a unos veinte kilómetros de ella y circulando por la carretera N-340, puede contemplarse el Arco de Bará, construido sobre la antigua  Vía Augusta, y que desde los Pirineos pasaba por la ciudad romana de Tarraco (Tarragona) y llegaba hasta Cádiz, en el sur de España. Fue construido en la época del emperador romano Augusto alrededor del año 13 a. de C. Me resulta inevitable también recordar que el arco ya estaba ahí como testigo mudo del acontecimiento más trascendente de la historia de la humanidad, la venida e impronta de Jesús de Nazaret en la historia y su seria oferta de sentido y salvación. Abarcó todo el periodo apostólico y el fascinante inicio del cristianismo hasta nuestros días.

Tarragona está llena de vestigios romanos. En época romana recibía el nombre de Tarraco y además del teatro y circo romanos (donde se ejecutó a muchos cristianos) pueden hallarse infinidad de palacios y casas romanas. En el museo de la ciudad pueden contemplarse todavía bustos de distintos emperadores romanos, entre ellos, algunos mencionados en las Escrituras, como Tiberio César, César Augusto, Claudio, etc. Para Roma, esos bustos expuestos en todas las ciudades lejanas que Roma había conquistado, era como si el mismo emperador estuviera presente.

Entrañables sensaciones, también por hablar de Malta.

Esteban López