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miguel-delibes2Se dice que Miguel Delibes (1920-2010) tenía que elegir un epitafio para su tumba, y que uno de los que contempló elegir decía, “Espero que Cristo cumpla su palabra“. Con esas palabras, Miguel no lo cerraba todo, dejaba una puerta abierta a la esperanza.

De modo que, profundizando un poco más en la inevitabilidad de la muerte, habría que decir, como Delibes presentía, que “vida eterna” y “resurreción” son dos conceptos intrínsicamente relacionados en el cristianismo. Jesucristo dijo en varias ocasiones que “el que cree en mí, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Juan 6:40). Es decir, que si se afirma que se es cristiano no solo de nombre sino de corazón, se espera con convicción la resurrección de todas las personas fallecidas.

Sobre la importancia de entender esto así, Jürgen Moltmann (Hamburgo, 1926), teólogo y profesor de teología dogmática en Tubinga, Alemania, en su obra “Teología de la esperanza”, escribe: “No existe en el Nuevo Testamento ninguna fe que no arranque “a priori” de la resurrección de Jesús… La fe cristiana que no sea fe en la resurrección no puede, en consecuencia, ser llamada ni cristiana ni fe”.

Muchas expresiones profético-poéticas que aparecen en las Escrituras Hebreas hablan acerca de que los “justos poseerán la tierra“, etc, como expresión de la realización, bendición y dicha plena del ser humano. En el cristianismo, eso mismo se representa como “el cielo” en muchos lugares (Lucas 10:20; Col.1:5). Pedro también usa la expresión “nuevos cielos y nueva tierra” para describir la nueva dicha que les espera a los que confían en la justicia de Dios (2ª Pedro 3:13). En las Escrituras puede verse que la esperanza del cristiano está relacionada con “la restauración de todas las cosas” (Hechos 3:21), y la liberación de la creación “en la libertad de los hijos de Dios” (Romanos 8:19-23).

¿Inmortalidad del alma?

La primera carta de Pablo a los corintios capítulo 15 trata sobre cómo será la resurrección. Según se indica allí, después del cuerpo físico, quienes están ‘en unión con Cristo Jesús’ reciben uno espiritual y glorificado. Filipenses 3:20 y 21 también está en la misma línea de pensamiento:

Nosotros somos ciudadanos del cielo, y estamos esperando que del cielo venga el Salvador, el Señor Jesucristo, que cambiará nuestro cuerpo miserable para que sea como su propio cuerpo glorioso. Y lo hará por medio del poder que tiene para dominar todas las cosas“.

Sobre este asunto, el teólogo Paul Althaus, en su libro “Las últimas cosas. Manual de escatología”, dice que la fe cristiana en general “no habla de inmortalidad del alma, sino simplemente de ‘inmortalidad’, de la irrevocabilidad de la relación personal con Dios; pues esta relación afecta al hombre en la totalidad de su existencia anímico-corporal. No se trata del ‘alma’, sino de la persona en cuanto unidad viva del ser corpóreo-espiritual, unidad fundamentada en la llamada de Dios”.

Sobre este mismo tema, el teólogo Hans Küng comenta en su libro ¿Vida Eterna?:

Cuando el Nuevo Testamento habla de resurrección, no se refiere a la pervivencia natural de un alma espiritual independiente de las funciones corporales. Más bien se refiere -en la línea de la teología judía- a la nueva creación, a la transformación del hombre entero por obra del Espíritu vivificante de Dios… La gloria de la vida eterna es del todo nueva, insospechada e inaprensible, impensable e indecible: “Lo que ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha imaginado: eso ha preparado Dios para los que le aman (1ª Cor.2: 9)”. -Pág. 188.

También Xavier Zubxavier zubiriiri (1898-1983), quien dedicó buena parte de su obra a reflexionar sobre el hombre y Dios, escribe en su libro “El hombre y su cuerpo” (1973),

Cuando el cristianismo habla de supervivencia e inmortalidad, quien sobrevive y es inmortal no es el alma, sino el hombre, esto es, la sustantividad humana entera. Y esto tendría que ser por obra de una acción recreadora, resurreccional”.

En la misma línea se expresa Oscar Cullmann (1902-1999), teólogo francés impulsor del diálogo ecuménico entre católicos y luteranos:

Si preguntásemos a un cristiano medio hoy en día (ya fuese un informado católico o protestante, o no) cual es la concepción que tiene de la enseñanza del Nuevo Testamento acerca del destino del hombre después de la muerte, con pocas excepciones obtendríamos la respuesta: “La inmortalidad del alma”. Sin embargo, esta ampliamente aceptada idea es uno de los mayores malentendidos del cristianismo… el vínculo establecido entre la expectativa de la “resurrección de los muertos” y la creencia en “la inmortalidad del alma” no es de hecho una vinculación, sino una renuncia de una en favor de la otra… las enseñanzas de los grandes filósofos Sócrates y Platón no pueden, en modo alguno, armonizarse con las del Nuevo Testamento“.

– Oscar Cullmann,”La inmortalidad del alma o la resurrección de los cuerpos: el testimonio del Nuevo Testamento“.

¿Qué dicen las Escrituras?

Hay que tener en cuenta que el cristianismo y todo lo que ello significa, lo conocemos por lo que dicen las Escrituras (Nuevo y Antiguo Testamento) incluida la esperanza de resurrección y vida eterna que ofrece. De modo que si se respeta lo que éstas dicen, no es necesario depender de teorías o doctrinas ajenas al espíritu que manifiestan.

En primer lugar hay que decir que la cultura hebrea en la que se escribieron las Escrituras desconocía por completo la idea griega (Platón) de la inmortalidad del alma. Por tanto, ¿qué es exactamente lo que encontramos en ellas?

Jesús de Nazaret:

No se asombren de esto, porque viene la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán de allí. Los que han hecho el bien resucitarán para tener vida, pero los que han practicado el mal resucitarán para ser juzgados“.- Juan 5:28, 29, NVI.

Hechos 24:15 se parece mucho a lo que dijo Jesucristo con respeto a los resucitados en Juan 5:29. Saldrán los que hicieron cosas buenas a una resurrección de vida, los que practicaron cosas viles, a una resurrección de juicio.” Esto mostraría que todos los seres humanos tendremos que rendir cuentas de nuestra trayectoria de vida ante Dios.

Pablo de Tarso (1 Corintios 15, NVI):

Ahora, hermanos, quiero recordarles el evangelio que les prediqué, el mismo que recibieron y en el cual se mantienen firmes. Mediante este evangelio son salvos, si se aferran a la palabra que les prediqué. De otro modo, habrán creído en vano.
Porque ante todo les transmití a ustedes lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras, y que se apareció a Cefas, y luego a los doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía, aunque algunos han muerto. Luego se apareció a Jacobo, más tarde a todos los apóstoles, y, por último, como a uno nacido fuera de tiempo, se me apareció también a mí.

Ahora bien, si se predica que Cristo ha sido levantado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de ustedes que no hay resurrección? Si no hay resurrección, entonces ni siquiera Cristo ha resucitado. Y, si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación no sirve para nada, como tampoco la fe de ustedes. Aún más, resultaríamos falsos testigos de Dios por haber testificado que Dios resucitó a Cristo, lo cual no habría sucedido si en verdad los muertos no resucitan. Porque, si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y, si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es ilusoria y todavía están en sus pecados. En este caso, también están perdidos los que murieron en Cristo. Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera solo para esta vida, seríamos los más desdichados de todos los mortales.

“Pues así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos volverán a vivir, pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; después, cuando él venga, los que le pertenecen. Entonces vendrá el fin, cuando él entregue el reino a Dios el Padre, luego de destruir todo dominio, autoridad y poder. Porque es necesario que Cristo reine hasta poner a todos sus enemigos debajo de sus pies. El último enemigo que será destruido es la muerte, pues Dios «ha sometido todo a su dominio». Al decir que «todo» ha quedado sometido a su dominio, es claro que no se incluye a Dios mismo, quien todo lo sometió a Cristo. Y, cuando todo le sea sometido, entonces el Hijo mismo se someterá a aquel que le sometió todo, para que Dios sea todo en todos.

Tal vez alguien pregunte: «¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo vendrán?» ¡Qué tontería! Lo que tú siembras no cobra vida a menos que muera. No plantas el cuerpo que luego ha de nacer, sino que siembras una simple semilla de trigo o de otro grano. Pero Dios le da el cuerpo que quiso darle, y a cada clase de semilla le da un cuerpo propio. No todos los cuerpos son iguales: hay cuerpos humanos; también los hay de animales terrestres, de aves y de peces. Así mismo hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres; pero el esplendor de los cuerpos celestes es uno, y el de los cuerpos terrestres es otro. Uno es el esplendor del sol, otro el de la luna y otro el de las estrellas. Cada estrella tiene su propio brillo. Así sucederá también con la resurrección de los muertos. Lo que se siembra en corrupción resucita en incorrupción; lo que se siembra en oprobio resucita en gloria; lo que se siembra en debilidad resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual. Si hay un cuerpo natural, también hay un cuerpo espiritual. Así está escrito: «El primer hombre, Adán, se convirtió en un ser viviente»; el último Adán, en el Espíritu que da vida. No vino primero lo espiritual, sino lo natural, y después lo espiritual. El primer hombre era del polvo de la tierra; el segundo hombre, del cielo. Como es aquel hombre terrenal, así son también los de la tierra; y como es el celestial, así son también los del cielo. Y, así como hemos llevado la imagen de aquel hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.

“Les declaro, hermanos, que el cuerpo mortal no puede heredar el reino de Dios, ni lo corruptible puede heredar lo incorruptible. Fíjense bien en el misterio que les voy a revelar: No todos moriremos, pero todos seremos transformados, en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque final de la trompeta. Pues sonará la trompeta y los muertos resucitarán con un cuerpo incorruptible, y nosotros seremos transformados. Porque lo corruptible tiene que revestirse de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad. Cuando lo corruptible se revista de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: «La muerte ha sido devorada por la victoria» «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley. ¡Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano”.

1 Tesalonicenses 4:13-18, PDT:

Hermanos, queremos que sepan lo que va a suceder con los muertos para que no estén tristes como los demás, que no tienen esperanza. Creemos que Jesús murió y resucitó, y de igual manera, Dios hará que todos aquellos que murieron y que creían en Jesús resuciten para estar con él. Lo que anunciamos ahora es un mensaje del Señor. Los que estemos vivos cuando regrese el Señor, nos iremos con él, pero los que ya hayan muerto irán antes de los que estén vivos. El Señor mismo vendrá de los cielos. En ese momento dará su orden con voz de mando, de arcángel, sonará la trompeta de Dios y los que hayan muerto en Cristo resucitarán primero. Luego, nosotros los que estemos vivos en ese momento, subiremos a las nubes con los resucitados para encontrarnos con el Señor en el aire, y así estaremos con el Señor para siempre. Anímense entonces unos a otros con estas palabras“.

Nótese que Pablo no usa la expresión “alma” sino “espíritu” y que en griego son dos palabras con sentido diferente . Es decir, en el momento de morir el espíritu o fuerza de vida de la persona vuelve a Dios en el sentido de que a partir de ese mismo momento queda en manos de Él volver a darle vida o no. Como ya decía Eclesiastés 12:7,

Tu cuerpo vino de la tierra, y cuando mueras, regresará a la tierra.
Pero tu espíritu (no alma) vino de Dios y cuando mueras, regresará a Dios“.

Puede que la resurrección de la persona tenga lugar en una dimensión diferente de lo que hoy el ser humano conoce. Será su completa realización como persona, la contestación plena a su esperanza y anhelo por justicia. Las Escrituras pudieran muy bien referirse precisamente a eso cuando hablan acerca del “cielo“, o de “un nuevo cielo y una nueva tierra“, es decir, la plena bendición de Dios para la humanidad y para “que Dios sea todas las cosas para con todos“. – 1ªCor.15:28.

El libro de Revelación o Apocaslipsis es un libro lleno de simbolismos y hay varias “corrientes” teológico interpretativas de su significado. Una de ellas explica que su culminación ya se ha realizado en parte en la iglesia o congregación cristiana, y que los “mil años” tienen que ver con la existencia de la iglesia de Cristo antes de su “parousía“. Sin embargo, su culminación completa todavía tendría lugar en el futuro.

Vida eterna

Cuando algunos afirman que la vida eterna podría ser en la tierra, esto hace que surjan algunas preguntas. Sería honrado, por ejemplo, que textos como Hebreos 1:10-12 y 2ª Pedro 3:10-13 también se tuvieran en cuenta, porque en ellos se indica que llegará un día en que la tierra y cielos actuales dejarán de existir. Lo difícil aquí parece ser que es poder saber con exactitud qué quiso decirse con la expresión ‘nuevos cielos y nueva tierra’.

La mayoría de los eruditos bíblicos reconocen que la llamada “escatología“, es decir, las cosas que tienen que suceder al final de los tiempos, es un asunto difícil. Por eso, ¿no parece presuntuoso el que alguien afirme que se tienen todas las respuestas? ¿no sería mejor y más honrado reconocer que hay muchas cosas que no conocemos y que es mejor esperar en Dios? Es verdad que ahora ningún hombre puede saber los detalles precisos de cómo será la ‘vida eterna’ prometida; por eso se dice también en las Escrituras que  “ahora vemos como confusamente en un espejo de metal, mientras entonces veremos cara a cara; ahora conozco limitadamente, entonces comprenderé como Dios me ha comprendido”. – 1ª Corintios 13:12.

Sobre estas palabras, Charles Hodge, en su Comentario a la Primera Epístola a los Corintios, escribe:

Vemos enigmáticamente, es decir, oscuramente. La idea podría ser también que vemos las cosas divinas en enigmas, por así decirlo. No vemos las cosas mismas, sino su representación en símbolos y palabras que las expresan imperfectamente”. – Pág. 253.

Sin embargo, aunque no se hayan dado todos los detalles de cómo Dios bendecirá finalmente a la humanidad, lo contenido en las Escrituras donde se registran varias resurrecciones, así como el propio deseo del ser humano de trascender, sigue siendo causa de reflexión y una fuente de ánimo para mantener la esperanza. No cabe duda de que lo importante aquí es que Jesucristo prometió vida eterna para todos los que pusieran fe en él. No parece que sea muy significativo saber minuciosamente todos los detalles de cómo será esa vida.

Abrahán, por ejemplo, cuando Dios le pidió que saliera de  Ur de los Caldeos no sabía a dónde iba, no lo sabía todo, ni tenía todas las respuestas. Sin embargo se fió completamente de Dios y fue bendecido. Lo mismo ocurrió con otros hombres de fe en el pasado así como con los primeros discípulos de Jesús; no lo sabían todo y no conocían muchos detalles de cómo sería su vida futura. Pero mantuvieron siempre una confianza radical en Dios y una ‘ignorancia esperanzada’ de que fuera como fuera, seguro que todo sería ‘muy bueno‘. De todos ellos se dice:

En la fe murieron todos ellos, sin haber conseguido el objeto de las promesas: viéndolas y saludándolas desde lejos y confesándose extraños y forasteros sobre la tierra. Los que tal dicen, claramente dan a entender que van en busca de una patria; pues si hubiesen pensado en la tierra de la que habían salido, habrían tenido ocasión de retornar a ella. Mas bien aspiraban a una mejor, a la celestial. Por eso Dios no se averguenza de ellos, de ser llamado Dios suyo, pues les tiene preparada una ciudad”. – Hebreos 11:13-16, Biblia de Jerusalén).

Volver a la vida, ¿debería ser tan extraño?

Es verdad que el concepto de resurrección aparece hoy día como una idea extraña. Sin embargo, en el cristianismo se le considera como absolutamente vital, siendo el firme propósito de Dios el llevarlo a cabo. La idea en sí de que Dios sea capaz de recordar a alguien que estuvo vivo, no debería extrañar demasiado, sobre todo si se tiene en cuenta que todos los días él hace que nazcan millones de seres humanos nuevos en toda la tierra. Si existe alguien capaz de semejante hazaña, entonces es seguro que podrá llevar a cabo cualquier acto suyo que dé vida de nuevo a quien él quiera. Como todos los días se ven, a los nacimientos humanos se les da por sentado; y aunque resurrecciones no se ven, ¿tan descabellado sería pensar que el Creador podría dar de nuevo vida a alguien?

hollywood

Por ejemplo, en esta fotografía aparecen los actores de Hollywood Clark Gable, Van Heflin, Gary Cooper y Jimmy Stewart en una fiesta de Fin de Año en Beverly Hills, 1957. Parecería que la foto es reciente, hecha anoche mismo, llena de esplendor y glamour. Aparecen ante nuestros ojos de nuevo llenos de vida. Si una simple cámara, (mucho más el cine con imágenes en movimiento), artilugio de la inventiva humana, puede hacer eso, ¿qué no podría hacer Dios?

Julián Marías hace unas interesantes reflexiones relacionadas con la resurrección en su libro La perspectiva cristiana:

“La muerte es inevitable; el hombre desemboca en la muerte. Pero la vida no, la vida es proyecto y no hay razón para dejar de proyectar. Lo que quiere decir que la vida humana postula la perduración, postula la vida después de la muerte, y yo creo que el hombre debe seguir proyectando para después de la muerte. Se ha dicho muchas veces que el hombre no se puede llevar nada, como las riquezas o los honores. Pero sí se puede uno llevar los proyectos, lo que uno ha querido ser y no ha podido. Yo pienso en la otra vida como la realización de las trayectorias auténticas”.

Es evidente que el cuerpo se destruye en la muerte; en algunos casos su desaparición puede alcanzar límites increíbles, que harían imposible toda ‘recuperación’ o ‘reconstrucción’. Evidentemente la resurrección de la carne implica una ‘recreación’ de ella. Pero esa nueva ‘creación’ de la carne, unidJulián Maríasa a la persona que sigue viviendo, no parece más misteriosa que la primera.

“La resurrección, inaccesible a la razón, insistamos en ello, incomprensible para los griegos, es núcleo esencial del cristianismo, fundada en la fe de Cristo y prometida por él a todos los hombres”.

“La omisión de la expectativa en la perduración es la máxima infidelidad al cristianismo; si se mira bien, al sentido profundo de toda religión”.

Hay gente que dice que el esperar otra vida, le quita importancia a esta, pero es todo lo contrario. Justamente, el que se espere otra vida, es lo que da verdadera importancia a esta”.

La infidelidad más grave al cristianismo es la que tiene mayor actualidad en nuestro tiempo: el olvido de la otra vida, la atenuación de la perspectiva de la muerte y la perduración de la vida personal. Para muchos hoy lo cismundano es el único horizonte. Como consecuencia de varios factores, se ha ido disipando la referencia a la perduración, la proyección hacia una vida con la cual se deja de contar… Nuestros contemporáneos prefieren lo único de que se puede tener seguridad: la nada. Acaso la escasez de amor es un factor que entibia el deseo, la necesidad de otra vida: si no se ama, ¿para qué? Otro factor es la politización que ha dominado a grandes porciones de la humanidad.

“Esta situación, la idea de que no hay más que esta vida, reduce a Dios a una mera referencia nominal en la que apenas se piensa. Aunque no se renuncie al cristianismo, se le vacía de contenido. Esta es la situación de gran número de personas que se consideran cristianas, católicas, protestantes u ortodoxas, pero en las que esa condición no es decisiva, no es lo que sirve de apoyo a sus vidas… Es increíble el grado en que se ha perdido el sentido de la palabra ‘adoración’, en que no se tiene en cuenta la posible deificación del hombre y de su vida a la luz de la Divinidad”.

– Julián Marías (1914-2005), “La perspectiva cristiana,” Alianza Editorial, 1999.

 

Esteban López